Caídos en la llamada “Guerra de Margallo” que le costó la vida al propio General García Margallo y el capitán Juan Picasso y el teniente Miguel Primo de Rivera, consiguieron la Laureada de San Fernando

En 1891, España envió una comisión a Melilla para fijar los límites establecidos en el tratado de Wad-Ras de 1860, limites que debían garantizar la seguridad de la plaza. Para conseguir la defensa y seguridad deseada había que construirse una línea de fuertes exteriores que contuvieran las incursiones de las bandas indígenas sobre Melilla.
Uno de ellos se ubicó en Sidi Guariach junto a la tumba de un santón local y, como es lógico, la cabila que lo veneraba protestó enviando una carta a la Reina Regente, pero el general Margallo, Comandante General y Gobernador militar de la plaza, siguió adelante con la construcción.
El Bajá local se entrevistó con Margallo y le trasmitió el descontento de los cabileños, le pidió que no construyera el recinto defensivo en el lugar elegido, pero el gobernador, que en breve esperaba la llegada de su sucesor para entregarle el mando de la plaza, dio largas al asunto y continuó con la construcción.
A lo largo del verano la tensión aumentó y se produjeron algunos incidentes con los moros, aunque no pasó nada destacable hasta primeros de octubre. El día 2 al amanecer, se produjo el ataque de unos 1.000 marroquíes de las cabilas de Guelaya contra los obreros, la compañía de ingenieros que construían el fuerte y a las fuerzas del Regimiento de Málaga que los custodiaba. El ataque obligó a los obreros y a los soldados que protegían los trabajos a refugiarse tras los muros de fuerte a medio construir.
La respuesta de Margallo fue enviar a una fuerza del Batallón Disciplinario al Fuerte Camellos para proteger la retirada de la pequeña tropa atacada y, dejando la plaza a cargo del coronel Casella, dirigirse al fuerte con fuerzas del 1º Regimiento de África. Después de varias horas de intenso intercambio de disparos, la pequeña guarnición y los obreros se refugiaron en Fuerte Camellos, aunque sufrieron las pérdidas de poco más de una docena de hombres que, entre muertos y heridos, quedaron en poder de los moros. Lo heridos sufrieron una muerte cruel y todos los cadáveres fueron salvajemente profanados. Durante la escaramuza, desde Melilla se bombardeó los emplazamientos rebeldes con la mala suerte que se destruyó una mezquita próxima, lo que sirvió para que los cabileños declararan la yihad, se reunieran unos 20.000 rifeños y se presentaran a las puertas de Melilla.
El día 3 atacaron la ciudad tratando de tomarla a las bravas asaltando y escalando las murallas. La ausencia de armamento pesado en poder de los asaltantes, la artillería de defensa de la plaza y el mejor armamento de los defensores les causaron unas 160 bajas obligándoles a retirarse. Las bajas españolas del día ascendieron a 23 muertos y unos 100 heridos. Ese mismo día llegaron refuerzos de artillería en el cañonero Cuervo.
Margallo puso la situación en conocimiento del Gobierno y solicitó refuerzos urgentes. La Diplomacia española presentó una protesta ante el Sultán Muley Hassan, este respondió que no tenía capacidad para contralar a todos sus súbditos.
El Gobierno decidió castigar a las cabilas rebeldes, pero sin declarar la guerra a Marruecos, por lo que la guerra no fue contra el sultanato, sino contra las cabilas. La Situación era muy peligrosa, por lo que se procedió a enviar urgentemente un par de Regimientos de Infantería, un batallón de cazadores, varias baterías de artillería y el crucero Conde de Venadito. Para el día 12, las fuerzas en Melilla eran el Regimiento de Borbón, el Regimiento de África, el Batallón de Cazadores de Cuba y el Batallón Disciplinario más unos 280 artilleros, 65 ingenieros y 54 jinetes. Tres días más tarde llego el Regimiento de infantería Extremadura.
La llegada de refuerzos fue realizada con cierta lentitud, en parte por consejo del propio general Margallo, debido a las capacidades de alojamiento de la plaza que podían quedar colapsadas. Como había ocurrido en la guerra anterior, la logística era muy deficiente, poco después de la llegada de los primeros refuerzos mandados por el general Manuel Ortega Sánchez Muñoz, las posibilidades de espacio y material estaban sobrepasadas, no había barracones ni tiendas suficientes para las tropas y la escasez de agua era preocupante. En una entrevista publicada en El Imparcial del día 10 de octubre, el ministro de la Guerra explica: ” no se pueden enviar más soldados a Melilla porque no hay allí tiendas de campaña, ni víveres no medios de subsistencia, tampoco se envían más soldados armados de fusiles Mauser ni con más proyectiles, porque no hay ni fusiles ni proyectiles.”
Los cabileños seguían cavando trincheras en las proximidades de la ciudad que la aislaban de los fuertes de las defensas exteriores, haciendo muy difícil, peligroso y complicado su abastecimiento. El apoyo a estos fuertes lo proporcionaban el Conde de Venadito desde el mar con sus cañones de grueso calibre. El fuerte que causó el ataque había sido desmantelado por los moros que, además ocupaban casi todo el terreno exterior de la ciudad.
El día 27, el general Margallo mandó una pequeña una columna de infantería con fuerzas del Regimiento de Borbón, una sección de tiradores con Mauser, caballería y una batería de artillería con la intención de emplazar la batería en las vertientes que dominan el fuerte Camellos, era un punto de gran interés para el combate porque constituía la clave de las sendas que comunicaban el campo español con las cabilas más amenazadoras para la plaza.
Estando realizando los trabajos necesarios para el emplazamiento de la batería, en las alturas próximas de la mezquita de Mohamed y Frajana descubren una enorme cantidad de moros que presentaban intenciones hostiles. Margallo ordena a la sección de fusiles Mauser que avancen en guerrilla sobrepasando el fuerte Camellos y llegando hasta el límite del campo español con objeto de proteger mejor los trabajos. En los límites del campo hay unas trincheras moras adonde acuden gran cantidad de moros, concentrándose especialmente en las alturas inmediatas al sitio donde estaba la caseta destruida por los cabileños el pasado día 2 de octubre.
A mediodía, con los ingenieros cavando las trincheras, las fuerzas de protección desplegadas en guerrilla delante de ellos, se observan gran cantidad de moros que acuden a las vertientes del arroyo de Sidi Guariach y que hacen comprender al general Margallo el peligro que corrían sus escasas fuerzas, como medida de precaución ordena que se desplacen al lugar de la operación el batallón de los Cazadores de Cuba.
Sobre las tres, los moros empezaron a tirotear a las tropas. El batallón de cazadores de Cuba llegó en esos momentos y el combate se generalizó. Disparaban las baterías de fuerte, las piezas de campaña que se habían emplazado en las obras que se estaban realizando y la artillería del crucero Conde de Venadito. El afecto de la artillería alejo algo a los cabileños.
El combate se extendió a lo largo de toda la línea de fueres exteriores, siendo atacados los fuertes de Cabrerizas Altas y Fuerte Camellos. Margallo ordenó la retirada de sus tropas avanzadas hacía Melilla, esta maniobra se efectuó con orden desde la zona de Fuerte Camellos, pero no así en la zona norte donde los fuertes de Cabrerizas Bajas y Rostro Gordo estaban siendo fuertemente atacados.
El general Ortega, viendo donde se desarrollaba el combate y pensando que Margallo estaba alejado de la zona donde se combatía, salió para Rostro Gordo con su Estado Mayor. Poco después, el general Margallo, desconociendo el movimiento realizado por Ortega, también se dirigió hacia Rostro Gordo. Como la situación del fuerte de Cabrerizas Alta era critica, asediado por un gran número de enemigos, ordenó al Batallón Disciplinario y al de Cazadores de Cuba, que descendía del Fuerte Camellos, que atacaran las trincheras enemigas para aliviar la presión del ataque. Aunque inicialmente tuvieron algo de éxito, hubieron de retirase hacia la plaza al no poder atravesar la Cañada de la Muerte, replegándose hacia la plaza y el barrio del polígono. Las fuerzas que protegían los trabajos tuvieron que refugiarse en el fuerte de Cabrerizas Altas, donde se encontraron los dos generales, Margallo y Ortega, quien se había desplazado desde Rostro Gordo.
Las fuerzas que había en el campo eran las de los Regimientos de África, del Batallón Disciplinario y de los Cazadores de Cuba. Los fuertes están guarnecidos por los soldados de los Regimientos de Borbón y de Extremadura.
A primeras horas de la noche del día 27, la situación del fuerte de Cabrerizas Altas era muy complicada, no se podía hacer una salida por que los moros estaban muy bien atrincherados, la línea telefónica había sido cortada y no existía comunicación con la plaza ni con los fuertes próximos, el agua y la comida escaseaban y apenas quedaban municiones de fusilería y cargas de cañón. Durante la noche, el fuerte fue rodeado por los cabileños. Los fuertes del sur, con el apoyo de los fuegos del Conde de Venadito, se encontraban en mejor situación y los ataques habían sido rechazados.
Margallo necesitaba urgentemente comunicar la situación a la plaza, con el cable cortado y lloviendo lo que hacía inútiles los heliógrafos, solicitó voluntarios para llevar un parte en mano al Fuerte de Rostro Gordo y escogió para la misión, de entre los que se presentaron, al capitán Picasso de su Estado Mayor. Al amanecer del día 28, se abrieron las puertas del fuerte y por ella salieron a galope Picasso y dos batidores de caballería del Regimiento de Borbón, que, con el apoyo de los fuegos del fuerte, consiguieron llegar hasta Rostro Gordo. Como este fuerte también estaba incomunicado, Picasso decidió seguir su galope hasta Melilla, eran unos tres mil metros de terreno flanqueado de trincheras enemigas. Esta vez decide hacer el camino solo, sin la compañía de batidores para evitar más bajas y no exponer a nadie más a la muerte. Consiguió llegar a Melilla con el parte del general Margallo. Por esta acción, Picasso fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando.
Mientras tanto, Margallo organizó una salida con dos secciones, una del Regimiento Borbón y otra del Extremadura, que pelearon en una lucha a muerte con los moros en un intento de aliviar la presión sobre el fuerte, aunque fue inútil.
En la plaza, el coronal Caselles había organizado un convoy de suministro para abastecer el fuerte de Cabrerizas Altas. A primeras horas de la mañana siguiente, día 28, salió el convoy. Estaba compuesto por 17 carros cargados hasta los topes de agua, víveres, medicinas y municiones, protegido por una fuera de 1.900 hombres.
Nada más salir empezó a ser hostigado, aunque consiguió llegar a Cabrerizas Bajas con tan solo unos pocos heridos. A partir de ahí la lucha fue encarnizada. Margallo decidió sacar a la puerta del fuerte de Cabrerizas Altas dos piezas de artillería de montaña mandadas por el teniente Saltos para apoyar el avance del convoy. La puerta estaba enfilada, y cuando Margallo se puso al frente de los infantes de Borbón y de Extremadura que salieron a proteger las piezas, a penas salir del fuerte, fue alcanzado por tres disparos en la cabeza que le ocasionaron la muerte instantánea. Los infantes que lo acompañaban en el ataque consiguieron alejar a los moros unos minutos, pero finalmente se impuso la fuerza de la masa y los españoles tuvieron que retroceder al interior del recinto. Las piezas de artillería, muertos algunos sirvientes y con su teniente herido, quedaron abandonadas a las puertas del fuerte. En ese momento, el teniente del Extremadura Miguel Primo de Rivera, con un puñado de hombres de su sección, salió del fuerte y recuperó las piezas introduciéndolas a brazo en el recinto. Por esta acción, Primo de Rivera fue condecorado con la Cruz laureada de San Fernando.
Aprovechando los momentos de confusión que se estaban produciendo, los hombres del Batallón Disciplinario consiguieron despejar las inmediaciones del fuerte posibilitando la llegada del convoy una hora y media después de su salida de Melilla. Los combates en las proximidades del fuerte le valieron la Cruz Laureada de San Fernando al capitán Lucas Hernández que estaba destinado en el Batallón Disciplinario y mandaba la segunda compañía. Resultó herido, fue ascendido a comandante por mérito de guerra, pero no se recuperó de sus heridas y pasó al cuerpo de Mutilados.
Ortega y su Estado Mayor bajaron con el convoy a la plaza. Los carros iban llenos de cadáveres, entre ellos el del general Margallo, alrededor de cuarenta muertos costó la operación del día 28. El fuerte quedó cercado, pero ahora contaban con suministros y municiones suficientes, y el enemigo había perdido empuje.
El gobierno nombró como nuevo Comandante General y Gobernador Militar de Melilla al general Manuel Macías Casado, que, el día 29, salió de Málaga con nuevos refuerzos. Nada más llegar preparó un nuevo convoy que consiguió llegar, no sin esfuerzos, a Cabrerizas y Rostro Gordo el día 30.
Aprovisionar los fuertes se convirtió en una tarea complicada debido a las emboscadas que preparaban los rifeños, pero la presencia de la Armada con el apoyo de la artillería de los cruceros Conde de Venadito, Alfonso XII, Isla de Cuba e Isla de Luzón y la continua llegada de refuerzos facilitaban la tarea. Los días del 7 al 9 de noviembre, los cabileños cesaron sus ataques, los fuertes pudieron ser provisionados y se construyó unos campamentos protegidos, a intervalos entre los fuertes y la ciudad, que facilitaron el avance hacía Sidi Guariach
Entre tanto la Diplomacia se puso en funcionamiento, presionando al Sultán, exigiendo el castigo de los culpables y el pago de indemnizaciones, advirtiendo a las potencias europeas de la posibilidad de una guerra con Marruecos.
El día 20 de noviembre, el general Macías se entrevistó con el bajá a quien exigió el castigo inmediato de los culpables, dándole un plazo para su cumplimiento de 24 horas. Como el tiempo transcurrió sin cumplir lo exigido, los rifeños fueron bombardeados desde tierra y mar.
El gobierno, decidió enviar a Melilla las topas necesarias para formar dos Cuerpos de Ejército, había llamado el 4 de noviembre a la primera reserva, unos 114.000 hombres, que fueron incorporándose a sus unidades de destino. Se le dio el mando de las operaciones al general Martínez Campos. De los dos Cuerpos de Ejército formados, uno era expedicionario y otro para quedar de reserva en la península.
El comandante general llegó a Melilla el día 28 de noviembre y se entrevistó con el hermano del Sultán, Muley Arafa, ese mismo día e hizo con el primer Cuerpo de Ejército una demostración de fuerza que provocó la retirada de los moros. Las instrucciones de Martínez Campos era intentar un acuerdo pacífico.
El día 1 de diciembre comenzaron las nuevas obras en el fuerte de Sidi Guariach, fuerte que fue nominado como de la Purísima Concepción, al tiempo que se trabajaba en otros fuertes para completar la defensa de la ciudad y su territorio.
La artillería española había hecho mucho daño en las precarias economías de la comarca, y el hambre se empezaba a notar, a final de año las cabilas habían pedido una tregua. Aunque la parte más belicosa del Gobierno quería una expedición de castigo, Martínez Campos se entrevistó con el sultán en Marrakech. Le pidió el castigo de los culpables y una indemnización de 25 millones de pesetas que, la intercesión de las potencias europeas, hicieron que finalmente ambas naciones aceptaran fijarlas en 20 millones.
El día 5 de marzo de 1894 se firmaba un nuevo tratado con el Sultán en el que se obtenía la indemnización fijada, la promesa de castigo a los culpables y el permiso para el establecimiento de tropas españolas en territorio marroquí.
Las bajas españolas fueron de 123 hombres muertos, 60 en combate, 22 accidentes y 61 por enfermedades contraídas en campaña, y 165 heridos. La fuerza de choque del ejército fue el Batallón Disciplinario, formado por presidiarios que cumplían su condena. Su jefe era el teniente coronel Ángel Mir y uno de sus oficiales más famosos fue el capitán Francisco Ariza, veterano de Cuba y experto en la guerra de guerrilla, que formó una unidad de presidiarios que combatían efectuando salidas para capturar a cabileños. Eran 22 reclusos con delitos de sangre y a los que le prometieron revisar sus causas. Les llamaron la Guerrilla de la Muerte, parecían más una partida de bandoleros que un pelotón del ejército, pero causaron numerosas bajas al enemigo y extendieron el terror entre los cabileños.
Juan García Margallo había nacido en 1839 en Montánchez, Cáceres, y está enterrado en el mausoleo que se levantó en el camposanto de Melilla para los caídos de esta guerra.
Entre los 60 hombres caídos en combate, además del general Margallo, se encontraban los siguientes:
Combates del día 2 de octubre:
- Regimiento de África.
- Juan Hernández Troncado.
- Juan Pérez Fajardo.
- Francisco Martos Carrillo.
- José Ostas Macías.
- Juan Rodríguez Romero.
- José Jiménez Platero.
- Caballería.
- Ramón García Vidal.
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- Juan Toboso.
- Batallón Disciplinario de Melilla.
- Juan Antonio Escobar Vázquez.
- Epifanio Casado Olmo.
- Alejo Francisco Díaz de Prados.
- Pablo Recamo Lomas.
- Pablo Villa Bergues.
- José Ramón Olazábal e Icaza.
- Heridos fallecidos después.
- Ramón Marcos.
Combates de los días 27 y 28 de octubre:
- Batallón Disciplinario de Melilla.
- Teniente Antonio Mejía Orellana.
- Regimiento de Extremadura.
- Teniente Vicente García Cabrelles.
- Teniente Teodoro Valverde Minacho.
Combates de días posteriores:
- Cabo Moscoso.
- Soldado Amado Ontañon, Soldado del Regimiento Pavía.
Joaquín de la Santa Cinta, Ingeniero aeronáutico, economista e historiador
Para saber más:
- Diario El Imparcial de las fechas de los sucesos.
- O. del día 15 de noviembre.
- Gaceta de los días 28 y 30 de octubre y 5 de noviembre.
- Ilustración Española y Americana de las fechas de los sucesos.
- Revista Estela, N.º 3. Fundación Cultural Istolacio.






