Cantineras de la Primera guerra de África: Junto a los soldados iban las cantineras, herederas de una larga tradición entre los Tercios españoles y los conquistadores en el Nuevo Mundo

Durante los años 1859 y 1860 se desarrolló la Guerra de África. Para defender la plaza de soberanía de Ceuta hubo que desplazar tropas desde la Península. Junto a los soldados embarcados para luchar en los territorios africanos iban unas mujeres, las cantineras, herederas de una larga tradición entre los ejércitos españoles que se remonta a los vivanderos y vivanderas que acompañaban a nuestros Tercios en Flandes y a nuestros conquistadores en el Nuevo Mundo. Mujeres que, además de proporcionar bebidas y alimentos, eran enfermeras, compañeras y hacían de madres de nuestros jóvenes soldados.
La Guerra de África, o Primera Guerra de Marruecos, fue una guerra entre España y el Sultanato de Marruecos que duró cuatro meses, entre diciembre años 1859 y abril de 1860, durante el reinado de Isabel II y que termino con el Tratado de Wad-Ras
En agosto de 1859, unos grupos de marroquíes atacaron un destacamento español que custodiaba la reparación de algunos fortines de la defensa exterior de Ceuta. El Gobierno exigió del Sultán de Marruecos un castigo ejemplar de los agresores. Este no cumplió lo exigido y el Gobierno español decidió invadir Marruecos.
En diciembre, el ejercito desembarcado en Ceuta el mes anterior, inicio la invasión. Se trataba de un ejército mal preparado, equipado y peor dirigido, con una logística y sanidad muy deficientes. De los cerca de 4.000 muertos españoles en la campaña, más de 2.600 lo fueron por enfermedades entre las que estaba el cólera.
El ejército estaba formado por unos 45.000 soldados con unas 60 piezas de artillería y 3.000 mulos y caballos. Las fuerzas estaban organizadas en cuatro Cuerpos. La flota estaba compuesta por 20 buques y 20 lanchas cañoneras. Los objetivos fijados para la campaña eran la toma de Tetuán y la ocupación del puerto de Tánger.
En el Tercer Cuerpo formaba el Batallón de Cazadores de Baza n.º 12. En el Cuerpo, en el momento del embarque en Málaga, contaba al menos con tres mujeres cantineras. De ellas “una era rubia, joven y bastante agraciada. Los otras dos tenían una apariencia más convencional: enjutas, de aspecto varonil y calzadas con polainas y alpargatas, iban con los Batallones de Cazadores de Zamora y de Baza”.
La cantinera del batallón de Baza se llamaba Ignacia Martínez y llegó a ser la más famosa de todas ellas. Tenía 40 años y 23 de servicio, condecorada con una cruz por un balazo en una pierna recibido en años antes. Después de haber estado en el Ejercito del Norte durante la II Guerra Carlista, siguió al ejército desplazado a África durante toda la Campaña.
Era una mujer con la piel curtida por el sol de los campamentos, de aspecto varonil, portando un barrilito de aguardiente y un cántaro de agua para satisfacer las necesidades de los soldados, incluso, en plena línea de fuego
Las cantineras vendían a los soldados pan, tabaco, aguardiente, embutidos y otros alimentos, además de animarlos, contribuían a mejorar su moral, curar sus heridas y cuidarlos cuando estaban enfermos. Iban equipadas:”con airoso ros, un poncho, pantalón bombacho y una graciosa enagua de paño encarnado que dejaba ver un poco de pantalón y las polainas sobre unas ligeras alpargatas”. Su vestimenta se puede apreciar perfectamente en los dibujos realizados por Mariano Fortuny durante la guerra.
Tenían como oficio fundamental suministrar agua a los soldados, también en pleno combate, cuando estos habían acabado con la que portaban en sus cantimploras. Estaban sometidas al reglamento militar.
La figura de la cantinera no era nueva en el ejército, a todos los ejércitos del mundo siempre le han acompañado civiles que le proporcionaban alimentos y bebidas, diversión, lavaban sus ropas, cocinaban para ello y curaban sus heridas.
La fama de Ignacia fue recogida por la prensa de la época, así, en el periódico La España de 31 de diciembre de 1859, se puede leer:” Una pobre cantinera, la que sigue a los cazadores de Baza, salvó en la acción del 17 a un capitán del mismo batallón de un inminente peligro en medio de una lluvia de balas. Se llama Ignacia Martínez, y en la noche siguiente perdió su escaso patrimonio como consecuencias del aguacero que inundó aquellos campos, y que se llevó la mayor parte de los artículos que tenía en su cantina, inclusos algunos barriles de vino de seis y ocho arrobas que se destrozaron rodando por las vertientes. También se ahogaron dos caballos”.
Los cronistas de la guerra, también la mencionaron en sus crónicas. Pedro Antonio de Alarcón, en su obra Diario de un testigo de la guerra de África, capítulo XX, se puede leer:” Hay pues un momento de descanso. Durante él, todos se recuestan en las peñas, extenuados de fatiga. La cantinera de Baza, la madre de los soldados, Ignacia la benemérita, la aguerrida, la veterana, va y viene entonces por entre las filas repartiendo agua y aguardiente a todo el mundo, enjugando con su delantal la frente bañada de sudor, del jefe o del soldado, dándole cigarros y lumbre, sonriendo a todos, alegre y enternecida, infundiendo respeto y entusiasmo con su semblante varonil, tostado por el sol de las batallas, y noble y hermoso en aquel momento en que ejercita la más bella virtud de la mujer…¡La Caridad!”
Viéndola de aquel modo, yo no puedo menos de recordar a la Verónica.
Su dura fisonomía, su edad provecta, su elevada estatura, su traje militar, todo me infunde veneración. Recibo con inefable gratitud el agua que me ofrece aquella otra Rebeca: y viendo en torno mío algunos jazmines silvestres, grandes y olorosos, que blanquean entre oscuros matorrales, hago con ellos un rústico ramillete y se lo presento a Ignacia – ¡Hermosos jazmines! – exclama ella, colocándoselos en el ojal de su levita -. Pero mira, hijo mío… ¡están llenos de sangre!
Es verdad …. yo no la había visto…. Pero ¿Qué hacer ya?
-Déjalo, Ignacia – le contesto -, ¡será de moros! – ¡Será de moros! – repite ella, encogiéndose de hombros y sonriendo siempre con bondad …”.
Benito Pérez Galdós, en su novela Aita Tettauen, en la segunda parte, capítulo VII, nombra varias veces a Ignacia en términos siguientes: “Allí quedó con la pierna sepultada en parches y vendas, condenado a la inmovilidad absoluta durante luengos días. «Mira, Juan, vas a hacerme un favor -dijo a su amigo-: vete por ahí, y búscame a Señá Ignacia… ¿No sabes?, es la cantinera del Tercer Cuerpo; una mujer muy buena y muy socorrida para todo. Le dices que estoy con una pata hecha cisco; que venga a verme, y me traiga de aquel aguardiente de caña que alegra y cría sangre. Después de la soba que me ha dado el físico, tengo una sed horrible, y necesito del aguardiente para que el agua no me encharque… Corre, hijo, y tráemela prontito»
…… Veo la botella caída. –Es que se nos ha concluido el Sanalotodo… En cuanto aclare bien el día, te vas a buscar a Ignacia. Ten cuidado, Juan, y no compres a ese otro cantinero que llaman Borrascas… Todo lo que ese vende es veneno…Créeme a mí: como mujer de conciencia y que sepa mirar por el Ejército español, no hay otra Ignacia».
Así era Ignacia Martínez, la cantinera que por sus méritos fue condecorada con la cruz de M.I.L, pensionada con 40 reales. (R.O. de 27 de enero último, inserta en el Memorial de 5 de febrero próximo pasado, Memorial de Infantería n.º 65 – 2ª época, martes 20 de noviembre de 1860).
Joaquín de la Santa Cinta, Autor de «50 héroes españoles olvidados»
Para saber más:
- Diario de un testigo de la guerra de África. Pedro Antonio de Alarcón.
- Aita Tettauen. Benito Pérez Galdós.
- La España de 31 de diciembre de 1859.
- Memorial de Infantería N.º 65. Segunda época. Martes 2º de noviembre de 1860.
- La otra dama de Baza. The world news.
- 50 Héroes Españoles Olvidados. Joaquín de la Santa Cinta.
- INternet





