La hepatitis C es la más grave de todas y es necesario detectarla pronto para combatirla con garantías de éxito. Pero hay decenas de miles de enfermos que la tienen y no lo saben. Un artículo del doctor Juan José Granizo

La hepatitis vírica es una infección relativamente frecuente que es causada por varios tipos de virus.
En el momento actual se han identificado 5 virus a los que se ha denominado virus A, B, C, D y E, aunque los más importantes son los 3 primeros. La hepatitis D es una enfermedad bastante rara.
De todos ellos, el que más nos preocupa desde la perspectiva de la Salud Pública, es el virus C.
Hay varios motivos para ello:
Disponemos de vacunas para los virus A y B, pero no tenemos vacuna contra el virus C.
Los virus A y E ocasionan cuadros agudos, leves y de resolución espontánea pero los virus B y C se pueden cronificar.
En el caso del virus B, la cronificación es más frecuente cuanto más temprana es la infección, pero afecta a menos del 5% de los adultos.
Sin embargo, entre el 40 y el 80 % de los infectados por el virus C desarrollarán una hepatitis crónica.
La hepatitis crónica es un asunto serio: el hígado se destruye poco a poco, ocasionando cirrosis, insuficiencia hepática y aumentando considerablemente el riesgo de padecer cáncer de hígado.
La hepatitis C crónica empezó a tener solución hace años cuando la industria farmacéutica desarrolló una importante gama de medicamentos antivirales.
Hasta ese momento, la única opción era el tratamiento con interferón, pero la baja tasa de éxitos y los importantes efectos adversos de este fármaco hacían de la curación algo utópico.
La llegada de una nueva generación de antivirales ha mejorado el pronóstico y la evolución de la hepatitis C crónica, tanto que algunos titulares de prensa aparecidos hace unos días hablan, creo que con falso triunfalismo, de la erradicación de la hepatitis C en España.
En realidad hay tres familias de antivirales, que atacan al virus con mecanismos diferentes. Para lograr la curación se deben asociar todos ellos en un esquema de tratamiento que depende del tipo de virus y de las características del paciente.
El problema es que los seis meses de tratamiento necesario para conseguir un efecto terapéutico cuestan unos 36.000 euros por paciente (tirando por lo bajo).
Hace unos años la Seguridad Social se animó a financiar el tratamiento y hacerlo extensivo a todos los pacientes, con el aval de su eficacia y seguridad.
El tratamiento ha conseguido lo que se llama una respuesta clínica sostenida, es decir, que meses después de finalizarlo no se detectan virus en la sangre del paciente, se detiene el daño hepático, deja de ser contagioso y el paciente, simplemente, deja de ser de serlo.
De esta manera se previenen las graves complicaciones de la cronificación y lo que ello supone en términos de calidad de vida y discapacidad.
El impacto que este nuevo tratamiento ha tenido para reducir la cantidad de enfermos ha sido muy beneficioso. España es, hoy por hoy, el país del mundo que más tasa de pacientes tratados tiene del mundo y tenemos una prevalencia de enfermos conocidos bajíisima. Otro de los éxitos de nuestro sistema de salud.
Con todo, que es mucho, no podemos ser triunfalistas.
Nos queda un trecho para eliminar esta enfermedad, que no es fácil de recorrer.
Los puntos oscuros que tenemos que afrontar son tres: el tratamiento no es infalible, hay reducir el riesgo de contagio y hay que identificar a los pacientes que están infectados pero que todavía no lo saben.
Vayamos por partes.
El tratamiento es exitoso en un 90-95% de los casos, pero el virus de la hepatitis C tiene una gran capacidad de mutación y hay virus resistentes a la medicación.
No hay perspectivas de nuevos fármacos. El virus es un poco “desastroso” fabricando copias de sí mismo para reproducirse, pero este problema es una gran ventaja a la hora de crear un clon resistente a un medicamento.
Otro frente es el de reducir los contagios.
A diferencia de lo que ha pasado con los virus A y B de la hepatitis, del C no hay vacuna eficaz… ni la habrá en décadas. La razón, de nuevo, es la capacidad de mutación del virus.
Actualmente se han identificado 7 genotipos diferentes con un gran número de subtipos. La variabilidad entre virus es tan grande que se habla de cuasiespecies, es decir, que dos virus de la hepatitis C pueden ser tan distintos que parecen dos especies de virus diferentes.
Como nuestro sistema inmunitario es específico para variedad de virus es imposible hacer una vacuna para todos, al menos en el estado actual de la ciencia.
El virus se transmite por la sangre, por vía parenteral: compartiendo agujas, jeringas, maquillas de afeitar o cepillos de dientes, por realizarse tatuajes o perforaciones con material mal desinfectado, en las relaciones sexuales sin preservativo o entrando en contacto con sangre sin protección, algo que a veces le ocurre al personal sanitario que atiende a pacientes con hepatitis C.
En este tema, en los últimos años se ha perdido el miedo al SIDA y se ha relajado el uso del preservativo, favoreciendo los contagios.
Y el último problema es que hay miles de enfermos que todavía no saben que lo son. Los síntomas de la hepatitis crónica se acentúan con el tiempo, pero al principio pueden ser leves: cansancio, malestar, algo de dolor abdominal. Por ello, es fácil que pasen desapercibidos o que se achaquen erróneamente a otros problemas de salud.
Se calcula que en España puede haber entre 40.000 y 70.000 enfermos desconocidos que pueden ser una fuente de infección para otras personas.
Actualmente urge identificar cuanto antes a estas personas y ponerlas en tratamiento mientras estamos a tiempo. Ahí es donde estamos fallando porque hubo un consenso social para dar tratamiento a todos los pacientes pero para este problema, no lo hay. Posiblemente porque no de réditos políticos ni cree grandes titulares. Pero es igual de importante y necesario para que la erradicación esté más cerca.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






