¿Hay una guerra contra nuestros hijos?

Hace poco he leído un libro de la autora norteamericana Christina Hoff Sommers titulado “La guerra contra los chicos” (The War Against Boys”. En una reciente entrevista, Sommers asegura que los cada vez peores resultados escolares de los chicos frente a las chicas “se traduce en modos de enseñar, en juegos, que aburren profundamente a los chicos; esto equivale a intentar que los chicos se comporten como niñas. Como resultado, los chicos no cooperan, no les gustan las clases y el sistema no funciona con ellos”.
Con frecuencia se habla en los últimos tiempos de lo que se ha dado en llamar “Trastorno de hiperactividad con déficit de atención”, o THDA. La prestigiosa página de información médica medlineplus.gov, editada por los Institutos de la Salud de EEUU advierte que “El THDA se diagnostica más a menudo en niños que en niñas” y también que “no hay ninguna prueba que pueda diagnosticar el THDA”.
Y sin embargo, muchos niños son imputados de TDHA porque el chico en cuestión “no presta atención cuidadosa a los detalles o comete errores por descuido en el trabajo escolar”, “se distrae fácilmente” o “evita o le disgustan las tareas que requieran esfuerzo mental continuo (como las tareas escolares)”, aunque también si “abandona su asiento cuando debe permanecer sentado” o se observa que “a menudo está en movimiento o actúa como si fuera ‘impulsado’ por un motor”.
Yo no sé cómo son las clases en la actualidad, pero en mis tiempos yo diría que el 95% de los chicos habrían sido entonces diagnosticados de TDHA. El informe médico que acabamos de citar señala que los niños con TDHA suelen ser tratados con psicoterapia, pero añade que “los psicoestimulantes son las medicinas que más comúnmente se utilizan para el THDA. Aunque estos fármacos se denominan estimulantes, realmente tienen un efecto tranquilizante en las personas con este trastorno”.
Me temo que como el enfoque no cambie radicalmente, dentro de poco tendremos a los niños nerviosos o inquietos (¡niños!) atados a su escritorio o absolutamente drogados para que no molesten.
Por eso es digno de analizar el estudio de Hoff Sommers , quien señala, a mi modo acertadamente algunas características que habitualmente se pasan por alto, como que “los chicos son mucho más difíciles de enseñar que las chicas. Las chicas atienden, participan en clase, tienen interés por responder a las preguntas, cooperan. La actitud de los chicos es diferente muchas veces y eso hace más difícil captar su atención. Los chicos necesitan historias, les gustan los héroes masculinos, disfrutan compitiendo, son más activos”.
¿Hay algún modo de remediar la situación actual? Para la autora “el sistema educativo debe garantizar la igualdad de oportunidades y que el ciudadano pueda elegir libremente, también dentro de la enseñanza pública, el modelo que más le convenga, ya sea la enseñanza mixta o la educación diferenciada. El sistema público debe ofrecer ambas posibilidades. Si una familia tiene un hijo que no consigue buenos resultados en un colegio mixto, debe tener la posibilidad de elegir una clase donde solo haya chicos, con un profesor y un modelo educativo que favorezcan el aprendizaje de su hijo”.
Personalmente, me entusiasma que esta mujer muestre una alta consideración hacia el espíritu masculino: “Este libro cuenta la historia de cómo se ha puesto de moda atribuir diversas patologías a millones de chicos sanos. Es la historia de cómo nos estamos volviendo en contra de los chicos y olvidando una simple verdad: que la energía, el espíritu competitivo y la acción de los hombres normales y decentes son responsables de mucho de lo bueno del mundo. Nadie niega que las tendencias agresivas de los jóvenes deban ser controladas y canalizadas de forma constructiva. Los jóvenes necesitan disciplina, respeto y una directriz moral. Los jóvenes necesitan amor y comprensión. No necesitan ser considerados patológicos”.
El debate está abierto. Pero, necesariamente, algo en este campo debemos cambiar.
Abelardo Hernández






