Animales mortales… pero menos

En algunos artículos de ciertos periódicos y revistas han aparecido titulares anunciándonos a unos “cocodrilos devoradores de humanos que amenazan Florida”. En ellos se nos cuenta que en los últimos años han sido hallados en la zona pantanosa del Parque Nacional de los Everglades tres ejemplares de cocodrilos del Nilo, una peligrosa especie que puede alcanzar los siete metros de largo y pesar del orden de los setecientos kilos.
Ya empezamos con el morbo, lo cual es habitual cuando hablamos de animales salvajes. Sí, porque en principio no creo yo que tres cocodrilos puedan amenazar a toda la península de Florida, un “pequeño” espacio de 170.000 km2 donde habitan unos 22 millones de personas. Ah, pero cuidado: en éste y otros informes sobre el tema nos alertan de que en África, la patria natal de tan peligrosos reptiles, estos causan la muerte de más de 200 personas al año. Pero el porcentaje de africanos que mueren entre las fauces cocodrilianas debe de ser escaso teniendo en cuenta que en el África subsahariana, viven unos 170 millones de individuos…
¿Y por qué se hace a los cocodrilos protagonistas de una noticia semejante? Pues porque los animalitos tienen unos dientes de aquí te espero y una conocida fiereza que lo mismo se tragan un león que al capitán Garfio. O sea, de nuevo el morbo. Os desafío a que encontréis imágenes de cocodrilos donde no se vean sus afilados dientes.
Con menos frecuencia se encuentran noticias como una que apareció hace años en la cual se nos informaba que una gran cantidad de caimanes -estos sí, autóctonos de Florida- se habían refugiado en gran número en un estanque en el cual una cercana central nuclear vertía su agua de refrigeración. Un lugar de donde, lógicamente, huyen los seres humanos. Es decir, que no saben ya donde escapar de nosotros.
Y otro tanto podríamos decir de esos pobres bichos cuyas tres características más sobresalientes sean una formidable dentadura o espectaculares garras (que se exhibirán siempre que se pueda), una agresividad salvaje, y que puedan ser devoradores de personas. Por ejemplo, los tiburones. Según la más prestigiosa revista de política marina, Marine Policy, la bendita sopa de aleta de tiburón causa la muerte (con frecuencia lenta y agónica) de entre 60 y 200 millones de estos selacios al año. En contraposición, según la Wikipedia, el año con más ataques de tiburones a personas registrados fue el año 2000, en el que se reportaron 79 ataques alrededor del mundo, once de ellos mortales. Este número de fallecimientos siguió decreciendo hasta situarse en cuatro víctimas mortales por año. Y en 2007, hubo ¡UNA! víctima mortal causada por un tiburón. Ganamos por amplia diferencia. No está mal, ¿no?
Otro tanto podríamos decir de los grandes felinos, como tigres y leones, sobre los cuales ya se pueden dictar todas las leyes proteccionistas que se quiera, porque su completa extinción está asegurada en un futuro más o menos cercano. Y no sólo por los excesos de los cazadores furtivos, sino por el simple hecho de que en los países que aun acogen a estas hermosas fieras, el progresivo crecimiento de su población, con el consiguiente aumento de la superficie de tierras dedicadas al cultivo y a la ganadería, va expulsando a la fauna salvaje hacia reductos cada vez más pequeños y más privados de sus fuentes de alimentos.
Y buena parte de la responsabilidad la tienen quienes fueron excelentes divulgadores en tiempos pasados como National Geographic y Discovery Channel, que para ganar audiencia con el morbo, constantemente reavivan en ciertas personas el miedo ancestral del ser humano hacia unos animales que durante milenios fueron nuestros enemigos y depredadores al mostrarnos su ferocidad (con garras y dientes en primer plano, por supuesto) Entonces, liquidar al enemigo cuanto antes acaba pareciendo no tan mala idea.
Siendo así, no resulta tan raro leer, como hice recientemente, algunas páginas de cazadores donde uno de ellos hablando de sus cacerías de leones, afirma “Tenemos al hombre y su ansia implacable de dominar el mundo. Por ello y porque esa cúspide de la pirámide nos corresponde a nosotros, el león es una de las especies que más ansiamos abatir. El instinto cazador del que los hombres aún no nos hemos conseguido desprender nos insta a perseguirle para, tras el lance, tener durante unos minutos la sensación de ser el rey de la sabana.”
¡El rey de la sabana nada menos! Estos son los que luego posan junto a su presa (y trescientos mil ayudantes) exhibiendo una sonrisa de superioridad, sosteniendo una escopeta o rifle que más parecen piezas de artillería. Y, que se me perdone la malicia, pero siempre que veo a uno de estos especímenes (al cazador, no a la pieza), me pregunto qué complejo de inferioridad será el que traten de compensar con sus supuestas hazañas.
Abelardo Hernández






