¿No hay que vacunar a nuestros niños?
No sé si el tema de hoy estará o no de actualidad. Y en realidad me importa un rábano. Pero hay algunos que, al menos desde mi punto de vista, siempre son actuales e importantes, ya sea que los medios de comunicación los divulguemos o los dejemos olvidados. De modo y manera que gracias a la libertad que este medio informativo me concede, lo voy a calificar como actual e importante. ¡Ea!
Me refiero al condenado asunto de las vacunas. Por ejemplo, al lamentable hecho, cada vez en aumento, de ciertos grupos que las rechazan, ya sea por la marginación socioeconómica que a otros colectivos les impide tener acceso a la sanidad en general, por desconfianza hacia la clase médica, o por la creencia en estados naturales que dicen permitiría a un organismo sano sobrepasar la enfermedad sin necesidad de la protección que confiere una vacuna. No parece necesario añadir que ninguno de estos últimos postulados aporta la más mínima prueba científica.
En algunos de estos casos, se podría pensar que el verdadero problema proviene de la no obligatoriedad por parte de los padres de vacunar a los menores. Pero realmente en España no nos podemos quejar en este sentido, porque la población posee tal concienciación al respecto que, entre las vacunas financiadas, o sea gratuitas, la tasa de vacunación alcanza un respetable porcentaje del 95%, salvo la del papilomavirus, que está entre el 80% y el 90%, y en algunas regiones del 70%. Valores que están entre los más altos de Europa.
Lo cual no debería hacernos olvidar que en ciertos estados de los EEUU, la vacunación infantil si es obligatoria, entendida sobre todo como una medida preventiva capaz de prevenir las epidemias. Pensemos, por ejemplo, que el sarampión produce unas 300.000 muertes anuales en el mundo y que el neumococo es causa de enfermedades tan graves como la meningitis, las neumonías invasivas y algunas infecciones de la sangre. No es broma. Y con seguridad que si aquí esas cifras tan altas de vacunación disminuyeran apreciablemente, cualquier gobierno las decretaría automáticamente obligatorias.
Pero ciertamente que no todas las vacunas son gratuitas. Sirvan como ejemplos la vacuna Prevenar, cuyas 4 dosis a 75 euros salen por 300 euros, y la vacuna para el Rotavirus, 3 dosis a 69,50 euros cada una, suponen 208,50 euros. Rotavirus puede causar diarreas severas, incluso con graves consecuencias en los bebés… Pero la vacuna no es barata. Y se afirma que Prevenar, eficaz contra las bacterias llamadas neumococos, se dispensaría gratuitamente a partir de 2016… pero ignoramos si en todas partes está siendo así. Y en cualquier caso… Lo pasado, pasado. ¿Y quien haya necesitado esta vacuna y no pudiera financiársela? Pues nada, ajo y agua.
Porque esa es otra. Servidor se declara ferviente partidario del capitalismo y de la propiedad privada… Pero, amigos, como todo en esta vida… con LÍMITES intraspasables.
Volviendo al tema que traíamos, es así como hemos podido saber que la I+D que logró sacar al mercado la vacuna contra el Rotavirus le costó a la empresa responsable la friolera de más de 400 millones de euros. Pero el número de dosis que han vendido desde entonces les ha supuesto la nada desdeñable cantidad de 3.700 millones de euros. Y que la vacuna contra el virus del Papiloma Humano ha obtenido una rentabilidad de entre 12 y 16 veces la suma que gastaron en crearla. Alabemos el esfuerzo de los investigadores, pero no así las insultantes ganancias de sus capitalistas.
No, y no por la misma razón que resulta intolerable el contraste entre las pensiones o salarios mínimos y las cantidades abrumadoramente elevadas que perciben los directivos bancarios, cuya eficacia en la gestión vista durante esta crisis les ha dejado virtualmente con el culo al aire.
Luego nos quejaremos de los antisistema y de las demagogias políticas de todo cariz tan queridas y utilizadas por algunos elementos de nuestras élites, tanto la gobernante como la opositora. Pero si de alguna forma no limitamos tan vergonzosos márgenes de beneficio, más tarde o más temprano les daremos la razón y la catástrofe estará servida. Y si no, al tiempo.
Abelardo Hernández



