A veces, lo que cae del cielo no solo hace daño sino que mata

Hace muy poco nos enterábamos de que una de esas resplandecientes bolas de fuego que atraviesan los cielos había finalizado su recorrido por el espacio sobre España habiendo sido visible en diversas zonas de norte a sur. Dotado de una espantosa velocidad cercana a los 75.000 km/h, el objeto impactó sobre las capas superiores de nuestra atmósfera a 97 km. altitud, momento en el cual la fricción empezó a elevar su temperatura hasta convertirla en incandescente. 40 km. más abajo se consumió por completo tras dejar una brillante estela en el firmamento.
Aunque los expertos del Complejo Astronómico de La Hita se mostraron satisfechos, no sólo por haber captado este evento, sino en general por la alta tasa de registros obtenidos por la estación automática para la detección de bólidos y meteoritos desde su instalación en el año 2010, lo cierto y escalofriante es que estos visitantes, sobre todo cuando su tamaño no es excesivamente grandes, no suelen ser detectados hasta que se hallan muy cerca de la Tierra. Alarmantemente cerca. Y las razones resultan evidentes: son pequeños, carecen de luz propia, pues sólo reflejan la del Sol, y por último, las observaciones de los astrónomos suelen estar enfocadas en ángulos pequeños en la observación de estrellas y galaxias, por cuya razón sería mucha casualidad que se percataran de su presencia.
Hasta quienes con frecuencia nos hemos reído ante el anuncio o profecía de apocalípticos sucesos que producirían la desaparición de la especie humana, sabemos que la amenaza de que uno de estos fragmentos de meteoros o de cometas impacte sobre nuestro planeta es bien real y podría resultar extremadamente peligroso. Ya, ya sabemos que cada día cae sobre nosotros sin riesgo alguno una fina lluvia de polvo meteórico que hasta puede resultar fácilmente visible, como en ocasión de las “lluvia de estrellas” de las Perseidas o de las Leónidas. También nos informan de que incluso un chisme relativamente pequeño, de unos 50 m. de diámetro llegando a más de 12 km/seg. causaría una onda expansiva superior a los 3 megatones, provocando una destrucción similar a la de 130 bombas atómicas como la que se lanzó sobre Hiroshima en 1945.
Y no hablemos ya de monstruos que nos podrían afectar a nivel global, como el que se cree provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años, y al cual se le supone un diámetro de unos 10 km. Y ni pensar en el record que ostenta otro gigante con un tamaño de 480 km. caído hace 250 millones de años y actualmente se encuentra alojado bajo 2 km de hielo en la Antártida. Aunque nos calman diciendo que uno de estos acontecimientos únicamente suceden cada 100.000 años, eso nos consuela poco, pues el suceso podría acontecer mañana mismo.
Oficialmente nos dicen que no nos preocupemos. Hace años la NASA creó un organismo internacional de pomposo nombre llamado Spaceguard Survey encargado de vigilar los cielos en busca de estos errantes vagabundos espaciales. Pero en la práctica, los fondos asignados a tan necesaria tarea son siempre tan escasos que resulta dudoso sean capaces de cubrir todos sus objetivos, si bien la buena voluntad de los organizadores y personal técnico ha logrado catalogar un elevado número de objetos potencialmente peligrosos.
Y si descubrimos un meteorito de respetable tamaño aproximándose a nuestro mundo, ¿qué haríamos? Se han propuesto muchas soluciones: Por ejemplo, enviar misiles intercontinentales cargados con armas atómicas. Aunque es dudoso de que lográramos fragmentar un objeto de gran tamaño, no se sabe si sería peor el remedio que la enfermedad: dejarnos alcanzar por el impacto de un gran objeto sólido, o que cayera sobre nosotros una auténtica lluvia de metralla. También se ha hablado de desviar la trayectoria del asteroide mediante propulsores adosados al él, o bien velas solares que le proporcionaran un muy débil, pero constante impulso suficiente para desviarle de su trayectoria de colisión con nosotros. En todo caso, nadie garantiza la fiabilidad de tales proyectos puesto que hasta el momento no hemos tenido ocasión de experimentar con ellos.
¿Lo que cae del cielo nunca hace daño? Vale, pero por si acaso no apuesten. Claro que, en ese caso, ganar o perder daría absolutamente lo mismo.
Abelardo Hernández






