María Blanchard, la gran pintora cubista española que, debido a una deformación de nacimiento, fue humillada y que, harta de tanta iniquidad, decidió trasladarse a Paris

La gran pintora cubista española, olvidada durante treinta años, que, debido a una deformación de nacimiento, fue humillada y rechazada en su país, motivo de burlas desde niña y que, harta de tanta humillación, decidió trasladarse a Paris.
Para olvidarse de su patria, borra de sus apellidos aquellos que son españoles y no vuelve nunca más a España. Dejó expresamente dicho que no quería que sus huesos reposaran en la patria que le había negado el derecho de ser feliz.
Otro genio incomprendido y humillado en su país que tiene, como tantos otros, que abandonar su patria para poder ser reconocido.
María Gutiérrez-Cueto Blanchard, conocida como María Blanchard, nació en Santander en 1881 en el seno de una familia liberal perteneciente a la alta burguesía. Hija de Enrique Gutiérrez-Cueto y de Concepción Blanchard Santisteban. Concepción había nacido en Biarritz de padre francés y madre polaca. Fue la tercera hija del matrimonio.
Su abuelo materno fue el fundador del periódico La Abeja Montañesa y su padre dirigió El Diario Atlántico durante diez años mientras era el secretario de la Junta del Puerto de Santander.
Nació con un defecto físico, padecía una doble desviación de columna que le provocaba una pronunciada joroba, causa de las terribles burlas que sufrió durante toda su vida.
Parece ser que su defecto físico se produjo al caer al suelo su madre en avanzado estado de gestación, aunque ella contaría que fue consecuencia de una caída desde los brazos de una niñera cuando tenía pocos meses de edad.
Criada en un ambiente familiar culto, sus familiares pronto detectaron su afición a la pintura por lo que decidieron apoyarla como refugio contra las continuas burlas a las que la sometían las personas con los que se relacionaba.
Ramón Gómez de la Serna la describía como:” Menudita, con pelo castaño despeinada en flotantes vuelos, con su mirada de niña, mirada susurrante de pájaro con triste alegría”.
En 1902, con 21 años, es enviada a Madrid para comenzar su formación en dibujo y pintura con los maestros Emilio Salas, Fernando Álvarez de Sotomayor y Manual Benito.
Poco después, con la muerte de su padre llegaron las dificultades económicas a la familia que decidió instalarse en Madrid.
En 1908, María participa en una exposición nacional de Bellas Artes de Madrid con el cuadro titulado Los primeros pasos y obtiene como galardón la Tercera Medalla de la exposición. Este pequeño éxito le anima a presentar a la Diputación y al Ayuntamiento de Santander la solicitud de una beca para poder ampliar sus estudios en Paris.
La beca le es concedida por tres años y en 1909 se traslada a vivir a esta ciudad.
La dotación económica de la beca es insuficiente para poder vivir en Paris, por lo que lleva consigo una recomendación para la superiora de un colegio de monjas para impartir clases de dibujo a cambio de alojamiento y manutención.
Durante su estancia en el colegio sufrió tales humillaciones, de las monjas y de las alumnas, por su aspecto físico que le produjo tal dolor que siempre mantuvo un desagradable recuerdo de su vida en él.
Se matriculó en la Academia Vitti donde recibe clases del pintor español Hermenegildo Anglada Camarasa, destacado representante del modernismo catalán, y del pintor holandés Kees van Dogen quien le enseñó el uso del color en los cuadros.
Por entonces conoce a sus grandes amigos: el muralista mejicano Diego Rivera y a la pintora y grabadora Angelina Beloff con quienes María mantendrá una gran amistad por muchos años.
El año siguiente, 1910, presentó el cuadro Ninfas encadenadas a Sileno a la Exposición Nacional de Bellas Artes consiguiendo una Segunda Medalla, lo que supuso el reconocimiento público de su trabajo.
Durante su estancia en París, María contacta con los artistas españoles allí residentes: los pintores Juan Gris, Pablo Picasso, Daniel Vázquez- Díaz y al escultor Francisco Durrio. Juan y su esposa la protegerán y cuidarán como a una hija, y los pintores la introducción en los círculos de vanguardia cubista.
Acabada su primera estancia en París, regresa a España, a Granada, donde se ha trasladado toda la familia para estar al lado de una de sus hermanas que ha conseguido una cátedra en la Escuela Normal. Poco más tarde, vuelve a solicitar otra beca a la Diputación de Santander, beca que le es concedida y regresa a Francia en 1912.
En esta segunda etapa parisina, María se impregna de la ideas cubistas llegando a estar totalmente identificada con ellas.
En 1914, con el comienzo de la Primera Guerra Mundial y María decide regresar a España. Se instala en Madrid en casa de su madre. Con ella llagan también algunos de sus amigos parisinos: Diego Rivera, Angelina Beloff y el escultor Jaques Lipchtiz.
Por entonces, Ramón Gómez de la Serna había abierto la famosa tertulia del Café Pombo al que acude regularmente María junto con sus amigos.
En 1915, Ramón organizó una exposición en Madrid en el Salón de Arte Moderno de la calle del Carmen que titula Pintores Íntegros. En ella exponen sus obras María, Diego Rivera, Agustín Choco y Luis Bagaría. Era la primera vez que el público español veía pinturas cubistas.
La muestra fue recibida con todo tipo de burlas y protestas, fue un auténtico escándalo. La policía obligó a retirar un cuadro de Rivera. La pintura de María no fue entendida, ni por el público ni por la crítica, lo supuso un duro revés para ella.
La guerra continuaba y no era posible retornar a París, pero las necesidades económicas hicieron que María se presentara a unas oposiciones a la cátedra de dibujo de la Escuela Normal de Salamanca. Las ganó y se trasladó a esta ciudad durante un curso. Curso que pasó lleno de humillaciones de sus alumnos en las aulas y de los paseantes por las calles.
Las humillaciones hicieron que María renunciase a la cátedra al terminar el curso y tomase la firme decisión de regresar a París, llena de amargura y decidida a no volver nunca más a España.
Su país la humilla y su pintura no es entendida, no espera más y en 1916, aun antes de acabar la guerra, María vuelve a París para no regresar jamás.
Tan firme fue su decisión que, al llegar a Francia, abandonó sus apellidos españoles pasando a llamarse, en adelante, solo con el apellido de su madre, Blanchard, más acorde con el país donde decide pasar el resto de sus día.
Volvió a reencontrase con sus viejos amigos, consigue vender los cuadros cubistas que había pintado en Madrid lo que le proporciona cierta solvencia económica. Todas son obras magnificas de estilo cubista, entre las que se encuentran varios bodegones como los Bodegón de la botella, Bodegón de la caja de cerillas.
Todas sus obras fueron adquiridas por el merchante Léonce Rosenberg que le había sido presentado por Juan Gris y que fue su mecenas durante años.
María entra a formar parte de la galería de arte que dirige Rosenberg en la que también exponen Picasso, Gris entre otros, todos grandes figuras del cubismo.
En 1918 la guerra mundial termina y en el arte se impone un nuevo estilo en la pintura, se pasa del cubismo a un estilo más figurativo y, poco a poco, María evoluciona a este nuevo modalidad.
En 1920 presenta su obra La Communiante con la que obtiene un gran éxito al Salón de los Independientes.
Dos años más tarde, María rompe con Rosenberg y empieza a pasar problemas económicos. Sobrevive con la ayuda de sus amigos quienes le ofrecen un contrato mensual que le permite vivir sin agobios.
María busca consuelo en la religión debido a su continuo sufrimiento, se convierte en una fervorosa creyente. Esta época de gran religiosidad es un excelente período para su pintura. María no deja de pintar al carbón en papel, al pastel y en lienzo. De entonces son sus mejores obras: La Convaleciente, La comida, Niños, La lectura y Maternidad.
Su final está cerca, no se cuida a pesar de los consejos de sus amigos. La muerte en 1927 de su gran amigo Juan Gris la recluye en sí misma.
Su amiga Consuelo Berges dice de ella:” Estaba muy cansado su corazón. Cansado de una vida inclemente, de una lucha durísima y cruelmente oprimido por un esqueleto desbarajustado. Cualquier gripe, cualquier infección respiratoria aguda pudo acabar fácilmente con él, con ella”.
Durante los últimos meses de su vida ya no quería ver a nadie. El 5 de abril de 1932, con 51 años, María murió. Está enterrada en el cementerio de Bagneaux. Dijo expresamente que no quería que sus huesos reposaran en su patria, la patria que le había negado el derecho a ser feliz.
Joaquín de la Santa Cinta, Autor de «50 héroes españoles olvidados»
Para saber más:
Diccionario Biográfico. Real Academia de la Historia.
María Blanchard, en su centenario. Manuel Arce.
María Blanchard. EcuRed.
María Blanchard. Biografía y Obra. Introducción a la biografía de María Blanchard. ArtEEspañA. El portal de la Historia del Arte
Los Pintores íntegros. Catálogo – Invitación. Ramón Gómez de la Serna.
Internet






