Inés de Castro, reina de Portugal después de muerta. La triste historia de una mujer cuyo amor volvió, una vez más, a colisionar con los intereses políticos, siendo sacrificada por ello

Uno de los episodios más bellos y emocionantes de la epopeya en verso escrita por el portugués Luis de Camões en 1572, Os Lusíadas, es cuando Vasco da Gama relata la tragedia de Inés de Castro al rey de Malindi (ciudad en la costa de Kenia).
Inés de Castro fue una mujer española nacida en Limia (Orense) e hija natural de Pedro Fernández de Castro (de la poderosa familia de los Castros, una de las familias más antigua e ilustres de Galicia) y de la dama portuguesa Aldonza Soares de Valladares. Su abuela paterna, Violante Sánchez de Castilla, era una hija ilegítima del rey Sancho IV de Castilla.
Tuvo un hermano, Álvaro Pérez de Castro (Condestable de Portugal con el rey Fernando I) y dos hermanastros: Fernán Ruiz de Castro (mayordomo del rey Pedro I de Castilla) y Juana de Castro (esposa de Pedro I de Castilla).
Educada en la corte del infante Juan Manuel, en Peñafiel (Valladolid), donde pasó su juventud en un ambiente cultural rodeada de artistas y escritores. El Infante era miembro de la casa real de Castilla, uno de los principales escritores medievales en lengua castellana y padre de Constanza Manuel de Villena, reina de Portugal.
El infante Pedro de Portugal, futuro Pedro I, era hijo de Alfonso IV y de Beatriz de Castilla (hija del rey Sancho IV de Castilla) por lo cual los dos actores de la tragedia que contamos eran parientes: Pedro era nieto e Inés biznieta del rey de Castilla Sancho IV.
Hay vidas que parece que están destinada a ser trágicas. El infante Pedro fue casado por poderes, siendo un niño, con Blanca de Castilla, matrimonio de Estado acordado por sus padres Sancho IV y Alfonso IX, al mismo tiempo, este último se casaba con la hermana mayor de Pedro, María.
El matrimonio de Pedro fue anulado por no consumado, Blanca (también nieta de Sancho IV), llegó a Portugal, pero su débil salud mental hizo que fuera rechazada.
En 1336, el infante Pedro se casó por poderes con Constanza Manuel, pero como el infante Juan Manuel estaba enemistado con el rey, Alfonso IX se opuso al matrimonio e impidió a la novia que cruzara Castilla para encontrase con su marido.
Al impedimento anterior se unió, como pretexto, el comportamiento del rey castellano para con su esposa portuguesa a la que menospreciaba en público. En 1338, con ambos reyes molestos, cada uno por un asunto distinto, se desencadenó una guerra entre los dos reinos que duró hasta la paz de Sevilla de 1339.
Con la paz, Constanza Manuel pudo viajar a Lisboa para unirse a su prometido y, en calidad de dama de Compañía, Inés de Castro la acompaño a la corte portuguesa. La ceremonia nupcial tuvo lugar en la catedral de Lisboa en agosto de 1340.
Poco más tarde, el infante Pedro se enamoró de Inés, dando comienzo a la tragedia. Constanza trató de poner obstáculos a la relación haciendo a Inés madrina de su primer hijo, Luis, pero el destino es trágico, el joven príncipe muere a los pocos meses y el amor entre los amantes continuó.
Por temor al escándalo, en 1344, el rey portugués decide separa a los amantes y destierra a Inés de Portugal, confiando en que la separación física mitigue el amor entre ellos. Inés se refugia en el castillo de Alburquerque, ciudad extremeña, en la provincia de Badajoz, en las proximidades de la frontera.
Al año siguiente, Constanza murió al parir tercer hijo, Fernando (futuro Fernando I de Portugal), el primer hijo varón y heredero legítimo al trono portugués.
Al morir Constanza, desaparecen las razones que hicieron que Inés fuera desterrada. Pedro reclama a Inés del exilio en contra de la voluntad del rey, la relación se hace pública, se consolida y aumenta la influencia de Inés en la Corte.
Los amantes se van a vivir lejos de la Corte, al norte de Portugal, a la ciudad de Coímbra, cerca del Convento de Santa Clara, en una quinta en el valle del río Mondego que se llamaba “Quinta das lágrimas”, donde nacieron sus cuatro: Alfonso muerto al poco de nacer, Beatriz, Juan y Dionisio. Fue una época feliz para la pareja, alejados de la Corte y de la política, viviendo solo para su amor. Pero su vida se vio turbada por causas ajenas que condujeron a la trágica muerte de Inés.
El nacimiento de los hijos varones de la pareja (si la situación de esta llegaba a regularizarse por medio de una boda entre sus padres), hacían que la situación de la sucesión en la corona portuguesa se complicase y los nuevos vástagos podían ser firmes candidatos al trono en detrimento de Fernando, el primogénito, legítimo heredero e hijo de Constanza.
El rey intentó que su hijo volviera a casarse nuevamente, pero este se negó tantas veces como su padre se lo propuso, rechazaba casarse con cualquier otra mujer distinta de Inés. Pero el matrimonio entre Pedro e Inés ya se había llevado a cabo en secreto un año antes de su asesinato, por lo que los problemas en la sucesión al trono ya estaban presentes.
Además, como consecuencias de los disturbios en Castilla durante el reinado de Pedro I el Cruel, a Portugal habían llegado sucesivas oleadas de refugiados entre los que se encontraban el hermano y el hermanastro de Inés. Estos se habían exilado de Castilla después de los tumultos ocasionados por la boda de Pedro I con su hermanastra María de Castro y su posterior abandono.
Los hermanos de Inés lideraban el partido castellano de los Castro y, a través de Inés, aumentaban la influencia sobre Pedro, tanta llegó a ser esta que Pedro acabó por presentar su candidatura al trono castellano.
Alfonso IV empezó a preocuparse por los problemas que para el reino tenían, tanto la existencia de hijos bastardos cara a la sucesión al trono de Portugal, como la implicación del reino en las guerras civiles que asolaban Castilla durante el reinado de Pedro I de Castilla.
La única aparente solución consistía en separar a los amantes, y, a la vista de las experiencias anteriores, esto solo se podía conseguir mediante la muerte de Inés y de sus hijos bastardos.
En 1354 el rey Alfonso IV traslado su Corte al palacio de Montemor-o-Velho donde celebró un consejo con sus principales asesores: Pero Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco. El 7 de enero, aprovechando que Pedro estaba cazando, acordaron el asesinato de Inés. Los ejecutores se desplazaron a Coímbra y asesinaron a Inés sin piedad, en presencia de sus hijos, en los jardines del Convento de Santa Clara, próximo a la “Quinta Das Lagrimas”, donde se refugiaba Inés durante las ausencias de Pedro.
En estos momento surgen las leyendas. La primera de ellas cuenta que Inés, al saber que había sido condenada, se presentó ante el rey con sus tres hijos para suplicar por su vida. Con el perdón real conseguido, vuelve a Coímbra, pero, de inmediato, el rey cambió de parecer y volvió a ordenar su asesinato.
Otra leyenda cuenta que la sangre de Inés es la causa del color rojizo que tiñe las aguas que fluyen de la “Quinta das Lágrimas”.
El asesinato de Inés no trajo la paz ni evitó la guerra civil. Pedro, enfurecido, culpó a su padre de la muerte de su amada y, con la ayuda de los Castros, promovió una revuelta nobiliaria que se alzó en armas contra el rey. El reino se dividió en dos encontrándose, padre e hijo, en bandos opuestos.
La guerra arrasó el norte de Portugal entre el Duero y el Miño. La intervención de la reina Beatriz de Castilla, esposa y madre de los contendientes, hizo que las aguas volvieran a su cauce y se llegase al acuerdo de paz de Canaveses, en agosto del mismo año de la muerte de Inés.
Las condiciones de paz fueron: “por parte del infante, la promesa y el juramento de que perdonaría a todos los que participaron en la muerte de Inés; que sería un vasallo leal; hijo obediente a su padre; que dejaría de favorecer a todos los criminales; y que él ni sus súbditos se harían cargo de ninguna aldea, castillo o fortaleza, o cualquier cosa que perteneciera al rey. Por parte el rey, se comprometió a otorgar el perdón a todos los involucrados en la revuelta; atribuir al hijo de Pedro e Inés, Joao, un condado y una cantidad anual de 10.000 £; y concediendo al infante el cogobierno del reino”.
Para garantizar el cumplimiento de lo pactado, ambas partes eligieron doce vasallos.
Los acuerdos fueron firmados, y jurado su cumplimiento, por el rey, el infante y la reina madre, a lo largo del mes de agosto de 1355.
Rumiando su venganza, Pedro buscó el consuelo de la ausencia de Inés en Teresa Gille Lourenço, de cuya relación nació, en 1357, un nuevo hijo bastardo llamado Juan quien llegó a ser Maestre de la Orden de Avís, rey de Portugal con el nombre de Juan I y fundador de la Dinastía de Avís.
En mayo de ese mismo año, murió el rey Alfonso IV y el infante Pedro le sucedió en el trono con el nombre de Pedro I.
Comenzó entonces a llevar a cabo la terrible venganza contra los asesinos de Inés. Estos se habían exiliado a Castilla para huir de la venganza. Pedro los reclamó a su tocayo de Castilla (Pedro I el Cruel) quien los entregó en 1360 a cambio de la extradición a Castilla de algunos de los exiliados castellanos en Portugal. No logró capturar a todos, Diogo Lopes Pacheco había huido y se había refugiado en la Corte papal de Aviñón.
Los otros dos fueron cruelmente torturados y asesinados arrancándoles el corazón, a Gonçalves por la espalda y a Coelho por el pecho.
Ese mismo año, Pedro hizo la famosa declaración de Cantanhede, legitimando a los hijos habidos con Inés, al jurar que se había casado con ella, en 1354, un año antes de su asesinato. Aunque no recordaba el día, su palabra y la de su capellán fueron las únicas pruebas de su matrimonio secreto, Inés pasaba a ser reina después de muerta y sus hijos dejaban de ser bastardos. Los contrayentes eran primos y para casarse necesitaban de una bula papal que lo autorizara, bula de la que no se tienen pruebas por lo que el matrimonio, de haberse llevado a cabo, no sería válido.
Pedro ordenó la construcción de una suntuosa tumba en el Monasterio de Alcobaça sobre la esculpió la figura de su amada. Una vez construido, procedió a exhumar el cadáver de Inés que estaba enterrado en Coímbra y trasportarlo, en solemnemente peregrinación, hasta su nueva tumba.
La tradición dice que Pedro ordenó sentar los restos de su amada, engalanado con las galas reales, en un trono al lado del suyo y celebrar una ceremonia de matrimonio de acuerdo con la ley. A continuación, exigió a toda la Corte desfilar ante ellos para besar la mano del cadáver de Inés en señal de sumisión. Posteriormente, el cadáver fue depositado en la nueva tumba. Este hecho, de cuya constancia histórica no hay documentos, fue narrado en múltiples obras literarias, desde Luis de Camões, Vélez de Guevara, etc., e incluso el propio Lope de Vega le dedicó un soneto. Fue el comienzo de la leyenda de Inés de Castro, “Reina después de Morir”.
Unos años más tarde, Pedro mandó construir otra tumba para él del mismo estilo que la de Inés. Sería colocada al lado del su amada en el Monasterio de Alcobaça donde pueden ser admirados hoy en día. Dispuso que las dos tumbas se tocaran los pies, quería que el día de la resurrección, la primera imagen a contemplar fuera la de su amada Inés.
Joaquín de la Santa Cinta, historiador. Autor de «50 héroes españoles olvidados»
Para saber más:
- Diccionario Biográfico. Real Academia de la Historia.
- O conflito entre D. Alfonso IV e o infante D. Pedro (1355-1356). Sara Loureiro.
- Inés de Castro. Ecu Red.
- Inés de castro y Pedro de Portugal: Un amor trágico. Historia y Biografía´.
- Historia real de Inés de Castro. Laços Eternos.
- Os Lusíadas – Inés de Castro. Luis Vaz de Camões.






