Urraca I de León, La Indomable: Primera mujer en España en reinar por derecho propio. Vilipendiada y olvidada porque no se limitó a ser buena y obediente esposa

Urraca era hija única de Alfonso VI y de su segunda esposa Constanza de Borgoña, fue la única hija legitima de Alfonso VI, y, por tanto, la heredera del trono leonés.
Su padre tuvo más descendientes con otras esposas y concubinas, pero solo uno de ellos, el hijo de la concubina Zaida, Sancho Alfónsez, fue varón. Sancho fue nombrado heredero al trono en detrimento del mayor derecho de Urraca. Ella era la primogénita y tenía la legitimidad de origen por ser hija legítima del rey, pero todos estos derechos fueron dejados de lado por el solo hecho de ser mujer. Sus derechos solo fueron recuperados cuando su padre no tuvo más remedio que reconocérselos al morir Sancho en combate con los almorávides.
Nacida en 1081, murió en 1126 durante el parto de su quinto hijo, un bastardo hijo de su último amante, Pero González de Lara.
Fue una mujer usada como moneda de cambio para obtener alianzas, políticas o económicas, útiles para incrementar el poder de la familia, como era usual en su época. Los enlaces en las familias reales se hacían por motivos políticos aun en contra de los sentimientos de los contrayentes.
Su primer matrimonio fue con un caballero borgoñón que vino a León a ayudar a los cristianos en su lucha contra los almorávides. Era un hombre mucho mayor que ella (prometida siendo una niña y casada apenas cumplió la edad núbil), el conde de Amous, Raimundo de Borgoña. El matrimonio sirvió para que su padre estrechara las relaciones con la poderosa Orden de Cluny. El marido pertenecía a la misma casa ducal a la que también pertenecía su madre Constanza, la Casa Ducal de Borgoña. Por entonces, Urraca, era la heredera indiscutible al trono leonés. El rey Alfonso concedió a la pareja el señorío de Galicia.
El mismo año de su matrimonio nació su hermanastro Sancho Alfónsez, hijo bastardo del rey, y murió su madre Constanza. En ese momento, las perspectivas políticas de Urraca cambiaron, su padre, obsesionado con tener un hijo varón que le sucediera en el trono, trata y educa al hermanastro como posible heredero y Urraca recibe el primer golpe de su vida, pasa de heredera a princesa consorte de Galicia.
Durante su estancia en Galicia aparece un figura clave en la vida de la princesa, el notario Diego Gelmírez, futuro arzobispo de Compostela, acérrimo rival de Urraca en la lucha por el poder y culpable de ordenar la demonización de Urraca, como reina y como mujer, en la “Historia Compostellana”.
Del matrimonio con Raimundo nacieron sus dos hijos mayores: Sancha y Alfonso Raimúndez, este último su sucesor en el trono de León con el nombre de Alfonso VII. Fue la mejor época de su vida, quizás porque cumplió el papel que la sociedad asignaba a las mujeres, ser una esposa, dependiente de su marido y sometida a su tutela. Época que terminó con la muerte de su marido en septiembre de 1107.
El mismo año de su viudez, el rey Alfonso VI legitimó a su hermanastro Sancho y lo designó heredero al trono. Fue otro año triste para Urraca, por entonces una mujer joven de veintisiete, a la muerte de su marido se unió la pérdida de su condición de heredera al trono.
La situación duro poco, un año más tarde, en mayo de 1108, el heredero murió en la batalla de Uclés luchando contra los almorávides, ante este revés de la fortuna, Alfonso VI se vio obligado a nominar a Urraca como heredera al trono del Reino de León, era la única alternativa que tenía para que su familia siguiera reinando.
Empezaba una nueva etapa en la vida de Urraca. Era una mujer con experiencia, había gobernado su feudo gallego desde la muerte de su marido. Su nominación como heredera fue reconocido y apoyado por la nobleza y por clero del reino. La autoridad legal y legítima residía en ella a pesar de ser mujer.
No obstante, el rey, y ambos estamentos, pensaban que, ante los ataques de los almorávides, no convenía dejara a la reina sola ante los problemas del reino, había que buscarle un marido.
Surgieron dos candidatos leoneses, los condes: Gómez González (cabeza de la casa de los Lara, antiguo alférez, el preferido de la nobleza y del clero y, por entonces, asesor, protector de la heredera y su amante) y Pedro González de Lara. Pero, ante la posible división de la nobleza en un momento de peligro por los ataques de los almorávides, Alfonso decidió prometerla con el rey aragonés Alfonso I el Batallador.
Una vez más, Urraca tuvo que sacrificar sus intereses, en contra de su voluntad, en beneficio de un interés mayor, satisfacer las intrigas palaciegas, evitar una división del reino en un momento de grave acoso de los musulmanes y ser usada, nuevamente, como moneda de intercambio en un pacto político.
En julio de 1109, el rey Alfonso murió y Urraca fue nombrada reina de León. La muerte del rey precipitó el matrimonio de Urraca con el rey aragonés, enlace que se celebró a comienzos del otoño del miso año.
El matrimonio no empezaba con buen pie, contaba con la oposición y el poco entusiasmo de la reina. Para evitar males mayores, los contrayentes pactaron unas capitulaciones matrimoniales, antecedentes de la Concordia de Segovia de 1474 acordadas, en una situación similar, entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. En ellas se fijaban las responsabilidades entre los esposos y las previsiones para el futuro en caso de fallecimiento de alguno de los contrayentes. El pacto recogía buenas intenciones, pero naufragó en su aplicación práctica.
El acuerdo quedaba condicionado a Urraca se comportase como una buena esposa para con su señor, es decir, para con su marido y que Alfonso fuera un buen hombre y esposo para su mujer.
A partir de este momento empezaron las intrigas y las luchas por el poder. En el reino de León se formaron tres bandos: Los partidarios de la reina, encabezados por Gómez González, a quien apoyaba el arzobispo de Toledo y los monjes cluniacenses; los enemigos de Gómez González que apoyaba al rey aragonés; y, por último, el formado por el ayo del príncipe Alfonso, Pedro Froilaz, conde de Traba, quien contaba con el apoyo del arzobispo de Compostela Diego Gelmírez, grupo que defendía los derechos del príncipe Alfonso y que llegó a ser el mayor enemigo de la reina y el causante de su futura demonización.
Por otra parte, el matrimonio duró muy poco, dos años después de la boda, en junio de 1110, Urraca tomó la iniciativa para romper el matrimonio. Efectuó una donación al Monasterio de Silos como reina de león, afirmando su independencia y rechazando la tutoría del rey aragonés.
Las razones que expone para la ruptura fueron: el comportamiento misógino y violento de Alfonso, hasta tal punto que la reina llegó a acusarlo de malos tratos; la ausencia de herederos; la incapacidad de imponer por la fuerza el matrimonio a los que súbditos de la reina que lo rechazaban; los excesos cometidos por el rey en Galicia cuando éste intervino para luchar contra el conde de Traba; y la anulación papal del matrimonio por consanguinidad de los cónyuges.
Aunque hubo intentos de arreglo y algunos reencuentro que no duraron mucho, fue una separación definitiva.
A partir de este momento Urraca empezó a reinar sola y a luchar con todas sus armas por el poder que legítimamente le correspondía.
El camino no fue fácil, tenía que conseguir partidarios que le ayudaran a defenderse de su esposo. En 1111 llegó a un acuerdo con los partidarios de su hijo, éste se asoció a su madre en el trono y fue coronado en Santiago de Compostela en septiembre del citado año. La lucha contra el aragonés obligó a Urraca a tomar las riquezas de algunas iglesias, hecho que fue usado por sus enemigos y sirvió de acusación posterior contra ella.
El mes siguiente, los dos bando se encontraron en la batalla de Candespina, el bando de la reina fue derrotado, derrota dolorosa porque en la batalla murió su campeón, protector y amante, el conde Gómez González.
El lugar del conde fue ocupado por otro miembro de la casa de los Lara, por Pedro González de Lara. De esta relación, que duró hasta la muerte de la reina, nacieron dos hijos: Elvira Pérez de Lara y Fernando Pérez Furtado. La reina murió del parto del tercer hijo.
Después de años de luchas civiles entre los partidarios de la reina y del rey aragonés, este decide, en 1114, abandonar sus aspiraciones sobre los territorios de su esposa.
El triunfo de Urraca no lleva la paz al reino, a continuación, tiene que enfrentarse a los rebeldes gallegos, el conde de Traba y el arzobispo de Santiago, que quieren seguir influyendo en el príncipe Alfonso e intentan proclamarlo rey de una Galicia independiente de León.
Para conjugar la conspiración, Urraca hace una jugada maestra: cede el gobierno de las tierras al sur del río Duero a su hijo, lo que hacía desaparecer la influencia en el príncipe de los magnates gallegos.
Reinó durante diecisiete años y una vez muerta, sus enemigos la descalificaron y su hijo contribuyó a su práctica desaparición de la historia.
Cuando el príncipe Alfonso accedió al trono, con el nombre de Alfonso VII, como sucesor de su madre Urraca I, el reino estaba devastado por los años de las luchas que sucedieron a la muerte de Alfonso VI. El nuevo monarca afirmó que el estado del reino se debía los años de reinado de su madre.
En los documentos de afirmación de su legitimidad como rey se vinculaba a su abuelo Alfonso VI, del que se consideraba legítimo heredero. Su madre, Urraca I, solo es nombrada como responsable de los destrozos causados por sus partidarios en el reino. Así, su propio hijo, condenó al olvido los hechos del reinado de su propia madre.
A ello contribuyeron las crónicas de la época, en especial “La Historia Compostellana” redactada a instancias de su sempiterno enemigo, Diego Gelmírez, arzobispo de Santiago de Compostela.
Urraca, sabedora de su condición femenina y consciente de los problemas que este hecho le causaba en sus actos de gobierno, insistió, en todos los documentos de su cancillería, hacer constar, tenazmente, su legitimidad como reina.
Para los cronistas de la época, todos ellos clérigos, le era difícil comprender y compaginar a una mujer con las funciones que tenía que desarrollar una reina. Para unos, la reina tenía su título únicamente por el hecho de ser hija, esposa y madre de rey; para otros, como depositaria de los derechos sucesorios siempre con un papel a la sombra de su esposo, de sus amantes o consejeros, nunca como actor principal; para los cronistas de Santiago, la legitimidad y capacidades de la reina no podían ser ejercitadas por su propia naturaleza femenina, la reina solo conseguía ejercer su poder debido a las artimañas y engaño propios de las mujeres.
La reina fue presentada como la causante de todos los males del reino, como una mujer débil, con una capacidad intelectual comparable a una menor de edad, presa de su naturaleza de mujer que le impedía manejar los asuntos del reino.
Los ataques más crueles proceden de la “Historia Compostellana” quien la presenta una reina tirana y mujeril, sometida a la maldad y concupiscencia propia del género femenino y que consigue sus objetivos a base de seducir a los hombres, llevándolos al error y la avaricia.
Los perjuicios misóginos en contra de la reina de los clérigos redactores consiguieron crear una leyenda que presenta a Urraca como una mujer sometida a sus pasiones y caprichos, incapaz de administra el reino, sino es usando sus artimañas de mujer para lograr sus objetivos, achacando sus éxitos a los hombres que la rodeaban y aconsejaban y los errores a su incapacidad para gobernar.
Afortunadamente, los historiadores actuales consideran que fue una mujer de carácter fuerte e independiente, todo lo contrario de una mujer débil, caprichosa y voluble. Muestra de ello fue su decisión de abandonar a su esposo y su lucha constante por defender sus derechos.
En 1117, Urraca llegó a Santiago con la intención de reconciliar el concejo de la ciudad con su arzobispo. Estando reunida con este último, los habitantes, temerosos de ser tratados desfavorablemente, se sublevaron, cercaron una torre de la catedral donde estaban reunidos, le prendieron fuego y los obligaron a desalojarla. A continuación, unos pocos desnudaron a la reina y comenzaron a apedrearla hasta que los más sensatos consiguieron calmar a la masa. Una vez liberada, la reina recurrió a sus tropas y castigó a los rebeldes, evidentemente no es acto propios de una reina débil.
Joaquín de la Santa Cinta, historiador. Autor de «50 héroes españoles olvidados»
Para saber más:
- Diccionario Biográfico. Real Academia de la Historia.
- Biografía de Doña Urraca. Reina de León y Castilla. Introducción a la figura de Doña Urraca. Mario Agudo. Arteguias. Com.
- Urraca I de León. Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. Biobrafía y Vida.Barcelona
- De olvido y memoria. Como recordar a las mujeres poderosas en Castilla y León en los siglos XII y XIII. Ana Rodríguez López. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, España.
- “Vos me teneatis ad honorem sicuti bonus vir debet tenere suam bonam uxorem”. Urraca I de León y Castilla (1109-1126) y Alfonso I de Aragón y Pamplona (1104-1134). Pacto matrimonial, violencia, abandono y legitimidad de reina heredera y propietaria. Ángel G. Gordo y Molina. Universidad de Chile.
- El reinado de la “indomable” reina Urraca I de León. El mito que hace historia. Fuentes, soberanía, prejuicios y religión. Ángel G. Gordo Molina. Universidad Austral de Chile.
- Internet






