A propósito del debate sobre el nombre de Los Mingas, uno de sus fundadores cuenta la realidad de lo que pasó en aquel tiempo y la importancia que tuvo “El Piloto” en ello

Es curioso observar cómo se confirma el chiste de Jaimito, sobre los Reyes Católicos, Juana la Loca y el recreo. Cuando el sentido común se argumenta, resulta irreprochable e imponderable y, cuando un hecho se transmite en el tiempo verbalmente, de unas personas a otras, sin saberlo y sin ánimo de hacerlo, se modifica, se retuerce o quebranta la verdad. Me dirijo y refiero, con respeto y admiración al Director de este diario y al Presidente de mi querida Peña Los Mingas, por la polémica sobre el nombre de la misma.
Como ya somos muy pocos los que vivimos ese momento, creo que es mi obligación contar la realidad de estos hechos.
Cuando llegan los nuevos Ayuntamientos, desgraciadamente, empiezan a cambiar y desaparecer algunas importantes y viejas tradiciones y costumbres que hoy parecen ya olvidadas, y a nosotros, además de prohibirnos algunos de los singulares actos que celebrábamos anualmente, nos requieren la lógica inscripción en el correspondiente Registro de Asociaciones.
Expresamente por ello, celebramos una Junta Extraordinaria y mi querido amigo, que por suerte todavía está entre nosotros hecho un chaval, Daniel Gracia Gállego, también conocido por “El Piloto”, casi recién llegado como socio, se ofreció a gestionarlo, valiéndose de unos conocidos integrantes de una Peña Navarra.
Su trabajo fue eficaz, rápido y modélico. A las pocas semanas había entregado y gestionado toda la documentación requerida. Pero cuál fue nuestra sorpresa e indignación, cuando uno o dos meses más tarde, nos es rechazada su legalización por el susodicho nombre.
Con urgencia, nos reunimos con el fin de gestionar este grave problema. Allí las opiniones no fueron muchas. No lo podíamos consentir. Todos teníamos claro y en mente que el nombre aprobado por unanimidad, en la primera Junta constituyente celebrado en el Bar ALIPIO, había sido sugerido por el siempre recordado y ya tristemente fallecido hacía pocos años, Juan Antonio Juzgado, “Chipi”.
El nombre era el que era, con todo su significado castellano, por lo cual, debíamos insistir en que estaba recogido por la Real Academia de la Lengua y creíamos en nuestro derecho de llamarnos como nos diera la real gana, e incluso, si nos lo volvían a denegar, no darnos de alta en ninguna instancia, pasara lo que pasara.
Pero otra vez Daniel, que sabía a lo que estábamos dispuestos a llegar, había estudiado con toda minuciosidad el problema, y había encontrado una solución engañosa para tan ridículos censores, con alguna acepción de “allende en los mares”, como dice nuestro Capitán, de minga, mingada, etc. Aunque no sabíamos si este imponderable rebusco se lo iba a creer alguien, gracias a ello, y al inteligente dilecto de “El Piloto”, se consiguió.
Estos hechos demuestran como el tiempo, y la falta de documentación escrita, cambian la historia, y así, visto lo visto, parece que este “teatral” por su uso, y “educado” por sus otros significados, se ha consolidado.
Pero esa no es la verdad, es una consecuencia. Aunque los dos tienen razón, faltaba la historia.
Con gratitud por su trabajo, humildemente les envío a ambos un afectuoso saludo,
Santiago Gómez Lozano





