La medicina regenerativa ya no es ciencia ficción pero todavía no es un tratamiento disponible de manera rutinaria para la gran mayoría de las personas. Un artículo del doctor Juan José Granizo

En mis años mozos, la única tele de la que disfrutábamos en aquellos años del final del franquismo y los primeros años de la transición, programaba una serie de ciencia ficción titulada “El hombre de los seis millones de dólares”.
La trama giraba en torno a un piloto de pruebas que sufre un mortal accidente en un vuelo experimental, pero una agencia secreta del gobierno de los Estados Unidos toma al malogrado piloto como sujeto de pruebas, interpretado por Lee Majors y reemplaza todos sus órganos dañados por elementos biónicos dándole capacidades sobrehumanas.
Quizás fuera ésta la primera vez que muchos españoles oímos hablar de lo que hoy conocemos como medicina regenerativa.
De una manera más académica, podemos considerar que la medicina regenerativa tiene un fin, que es la reconstrucción de órganos o tejidos destruidos por accidentes o enfermedades para lo que se apoya en tres áreas diferentes: la terapia celular, la ingeniería de tejidos y la ingeniería genética.
La disciplina que más ha progresado ha sido la terapia celular.
Esta se basa en el uso de “células madre”, que son células primitivas indiferencias que son inducidas para que se desarrollen como células adultas especializadas en una función (por ejemplo, neuronas del cerebro o miocitos cardiacos) y así reemplazar células humanas destruidas por enfermedades como el Parkinson, el Alzheimer, o un infarto.
Tras unos años donde todo el acento se puso en las células de embriones humanos, la ciencia está dejando atrás este tipo de células para emplear células madre de tejido graso o de piel adulta del propio paciente, mucho más asequibles.
El transplante de células madre de la sangre (el conocido como transplante de médula ósea) ya es una terapia estandarizada y de gran éxito y hay un número creciente de enfermedades que se están beneficiando de ellas, algunas tan aparentemente banales como las fístulas anales.
Sin embargo, es un tratamiento complejo y que tiene aún grandes limitaciones.
La razón es esta: Producir células es relativamente sencillo, pero los órganos son mucho más que células.
Haciendo una similitud con una casa, ésta se construye de ladrillos pero uniendo esos ladrillos hay cemento, los ladrillos se ordenan en paredes rectas, que son sustentadas por pilares y vigas, y todo ello cuenta con una red de electricidad, suministro de agua y desagües para hacer de todo ello una vivienda habitable.
Actualmente, somos capaces de hacer ladrillos – nuevas células – pero todavía nos cuesta organizar esas células de la misma manera en que se organizan en un órgano funcionante, es decir, hacer con ellas paredes y dar un armazón organizado al conjunto.
Por el momento, las opciones más realistas son las que nos permitirán hacer pequeños injertos celulares que recuperen parte de la función de un órgano lesionado y a medio plazo reconstruir órganos con los que realizar un transplante evitando el rechazo.
Esto nos lleva a lo que llamamos la “ingeniería de tejidos”, que es una técnica que busca hacer órganos artificiales “cultivados” en un laboratorio.
Volviendo al ejemplo de la casa, la ingeniería de tejidos consigue crear esa estructura de vigas y columnas que organiza un tejido mediante materiales sintéticos y rellenar esta estructura con células vivas.
Estas técnicas han conseguido, sobre una matriz de polímeros, reconstruir órganos sencillos, como orejas, o tráqueas con uso en humanos, y en un paso más allá, y empleando la tecnología de las impresoras 3D, hacer trozos de piel o cartílago que se resultan muy útiles en la reconstrucción de quemados o en la reparación de lesiones articulares, respectivamente.
En animales se ha llegado más allá y se han conseguido reconstruir corazones, pulmones o dientes.
El tercer campo de la medicina regenerativa, el que más ha tardado en desarrollarse, pero el que lo está haciendo actualmente a una velocidad de vértigo, es la terapia genética, popularmente llamada ingeniería genética.
La terapia genética empezó su caminar con rotundos fracasos, pero era tan evidente su potencial que la ciencia siguió adelante con la investigación.
Fue una decisión acertada. Los constantes pasos que se están dando en la secuenciación y comprensión del genoma humano han abierto un bastísimo campo de trabajo a la terapia genética, y ya se disponen de prometedoras herramientas para arar ese campo que ha dado sorprendentes resultados en la experimentación celular y animal.
El último paso, que es probarlas en humanos, para comprobar su efectividad, pero sobre todo, su seguridad, se está empezando a dar lentamente.
La experiencia nos ha enseñado a ser muy prudentes al respecto.
Otro aspecto importante del desarrollo artificial de órganos es proporcionar material para la experimentación con nuevos fármacos, algo que permitirá el desarrollo personalizado de medicamentos, evitando efectos adversos en los pacientes y reduciendo sustancialmente el número de animales de experimentación necesarios.
La medicina regenerativa ya no es ciencia ficción pero todavía no es un tratamiento disponible de manera rutinaria para la inmensa mayoría de las personas.
Hay importantes barreras científicas, éticas y sobre todo, económicas, para generalizar este tipo de terapias.
El guionista de “El hombre de los seis millones de dólares” se quedó muy, pero muy corto en la estimación de los costes de la medicina regenerativa, costes que son completamente astronómicos.
Aunque en aquella época nadie pensaba en ello. Los hombres miraban con envidia a su actor protagonista, el actor Lee Majors, no por sus sorprendentes capacidades físicas en la ficción televisiva, si no emparejarse en la realidad con Farraw Fawcett, la rubia del trío del los Ángeles de Charlie.
Eso si que era ciencia ficción. Pero esa es otra historia.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






