Presidentes del Consejo de Ministros durante el Reinado de Isabel II: Luis José Sartorius Tapia

Luis José Sartorius Tapia, Conde de San Luis, andaluz, nacido en Sevilla en 1820 y muerto a los 51 años en Madrid, en 1871. Periodista y político del partido moderado, líder de la facción polaca formada a su alrededor y llamada así por los antecedentes familiares de Sartorius. Ministro de Gobernación y de Comercio, Instrucción y Obras Públicas y Presidente del Consejo de Ministros.
Combatió la Regencia de Espartero desde su periódico. Era un político muy autoritario con ideas próximas a las de un dictador.
Nombrado por la Reina Presidente del Consejo de Ministros el 19 de septiembre de 1853. Su mandato duro 10 meses hasta su cese el día 17 de julio del año siguiente, 1854.
Desde la caída de Bravo Murillo el partido conservador empezó a dividirse en grupos y facciones mal avenidas e incluso, algunas, dispuestas a aliarse con la oposición progresista. Por un lado estaban los autoritarios de Joaquín de la Pezuela, Marqués de Viluma, que apoyaban a Bravo Murillo; por otro lado los partidarios de Narváez y finalmente los puritanos. La crisis final se produjo durante el mandato de Sartorius por la corrupción alrededor de las concesiones ferroviarias.
Sartorius era de la misma facción del partido moderado que los otros dos presidentes anteriores. Todos ellos formaron gobiernos ultra moderados, sin mucha autoridad y sin ningún control. El resultado de estos gobiernos débiles fue un incremento de la corrupción existente.
El Gobierno de Sartorius era un gobierno que agrupaba a todas las facciones del partido moderado donde se incluía, como no, un miembro de la camarilla de María Cristina, el General Anselmo Blaser. El nombramiento de Blaser, pensado para apaciguar los ánimos, puso en contra del Gobierno a todos los generales del partido moderado.
El Gobierno de Sartorius era un gobierno que se caracterizaba por sus irregularidades y por sus trampas políticas.
El 19 de noviembre de 1853 se abrieron las Cortes para el segundo periodo de sesiones. El Gobierno de Sartorius presentó gran cantidad de proyectos de ley tales como: recuperar la Ley de Funcionarios de Bravo Murillo, rearme naval, prisión preventiva, procedimiento procesal, etc., pero no los pudo sacarlos adelante por no disponer de suficiente apoyo parlamentario. Incluso presentó un proyecto de Ley de Ferrocarriles que fue rechazado por las Cortes.
En las sesiones del Senado, el Gobierno fue censurado por sacar a subasta pública la concesión del ferrocarril Madrid-Irún y favorecer a personas próximas a Sartorius entre las que se incluían los de siempre: la Reina Madre, su marido el Duque de Riansares, su camarilla y José Salamanca.
Los partidos políticos de la oposición se coaligaron con algunos grupos conservadores para derrocar el Gobierno. Ante éste panorama, y después de perder una votación en el Senado tras una durísima discusión, el Gobierno decidió la suspensión de las Cortes el 10 de diciembre del mismo año. En realidad las Cortes se dedicaban a hostigar al Gobierno y apenas trabajaban aprobando leyes.
Los Gobiernos seguían saltándose la Constitución y cerrando las Cortes cada vez que perdían una votación. Era más cómodo gobernar por medio de Decretos.
Una vez suspendidas las Cortes, actuó de forma dictatorial: promulgó el Presupuesto por Decreto Ley y empezó a perseguir a todos los partidos contrarios a su política. Sospechado la preparación de una sublevación, atacó a todos los principales jefes militares entre ellos a los Generales O´Donnell, Serrano, Gutiérrez de la Concha, etc., a los que trasladó lejos de Madrid. Detuvo a los directores de los periódicos, estableció una férrea censura y dejó al Gobierno y a la Monarquía sin salidas.
Pocos días más tarde, inicio las represalias contra los senadores que habían votado en su contra a pesar que el Gobierno no podía hacer nada contra los senadores vitalicios. Ante el ataque, éstos empezaron a pedir la dimisión del Gobierno.
El Gobierno era consciente de que se estaba preparando una sublevación. Las causas por la que se estaba preparando eran diversas: empezando por el destierro de Narváez y por el trato recibido de la Reina, siguiéndola el ejercicio dictatorial del poder por el Gobierno de Sartorius sin respeto a la Constitución, la corrupción económica con sus pelotazos en las concesiones ferroviarias y la corrupción política con el amaño de las elecciones, etc.
Si a lo indicado anteriormente se une la subida de precios de los alimentos como consciencias de la Guerra de Crimea, el malestar social se generalizó, no solo contra el gobierno sino también contra el partido que sustentaba al gobierno.
Los generales y políticos moderados decidieron dar el golpe el 22 de febrero de 1854. El Gobierno, al enterarse de la sublevación que se preparaba, decretó el estado de sitio en la capital y trato de dispersar y confinar, lejos de Madrid, a todos generales comprometidos.
El golpe solo se ejecutó en Zaragoza donde el Brigadier José de Hore, al frente de los soldados de guarnición en el castillo de la alfarería se sublevó ocupando parte de la ciudad y el puente de piedra. Al día siguiente se le unión un grupo de civiles, miembros de los partidos demócrata y progresista republicano encabezados por el catedrático de la Universidad Eduardo Ruiz Pons. A la sublevación no se unieron el resto de las tropas da la ciudad. El descoordinado intento de sublevación fue fácilmente acabado por el Gobierno enviando contra los rebeldes al General Felipe Rivero al tiempo que declaraba el estado de sitio en toda España. En los combates murió el brigadier sublevado.
La importancia de la sublevación radica en ser el primer movimiento adelantado a la revolución que se preparaba, bajo las órdenes de General O´Donnell, para el 13 de julio.
El 27 de marzo de 1854 se produjeron dos hechos que indicaron el clima interior y exterior del País. Las potencias europeas declararon la Guerra a Rusia, guerra que se desarrolló en Crimea alrededor de la ciudad de Sebastopol, y en Barcelona se declaró la primera huelga general de España.
El año anterior se declaró la enésima guerra turco – rusa por la protección de las minorías ortodoxas que habitaban en el Imperio Otomano. Rusia se aprovechó de un incidente en Jerusalén entre monjes católicos y ortodoxos para alzarse en protector de los primeros, aunque la verdadera razón era el deseo pretérito de los Zares rusos de tener una salida marítima de su flota a los mares cálidos. La derrota de los turcos en Sinop, en noviembre de 1853, decidió a Gran Bretaña y a Francia la declaración de Guerra al Imperio Ruso. La guerra duraría dos años y acabo con la rendición de Rusia.
España debería haber participado en la guerra, pero no llegó a hacerlo porque no se encontraba preparada para ello y porque la revolución de 1854 lo impidió. No obstante se enviaron observadores a estudiar las operaciones militares. Allí estuvieron los generales Juan Prim y Tomás O´Ryan.
En los momentos críticos de la guerra, los aliados solicitaron la presencia de soldados españoles, pero el Gobierno dilató tanto su envío que cuando quiso hacerlo los aliados habían vencido por lo que la oferta de España no fue aceptada. Éste hecho tuvo repercusiones posteriores en los años siguientes cuando España solicito ayuda británica o francesa y no se la concedieron. La guerra acabo con la Conferencia de París donde se crearon dos bloques, en ninguno de los dos se encontraba España.
Las repercusiones de la neutralidad de España fueron económicas. Los aliados compraban grandes cantidades de alimentos para sus tropas en Crimea lo que supuso grandes subidas de precios de los productos básicos. Los salarios no subían y el descontento en el país crecía.
El mismo día de la declaración de guerra en Crimea, se había convocado la primera huelga general de Barcelona. Los obreros empezaban a tener conciencia de clase, aunque aún eran muy pocos.
El movimiento obrero de Barcelona se venía incrementando a pesar de las prohibiciones y en la clandestinidad. Las actividades sindicales se camuflaban con otras como agrupaciones corales, ateneos, escuelas para adultos, etc. Desde 1843 las sociedades de apoyos mutuos en cualquier rama de la industria estaban prohibidas, pero su actividad seguía de forma clandestina a pesar de las amenazas de ser juzgados sus miembros aplicándole la ley de sociedades secretas y las leyes militares. Las coaliciones (eufemismo para no nombrar a las huelgas) estaban prohibidas.
Los salarios de los obreros de las fabricas textiles eran los más altos de España con gran diferencia respecto a los salarios de los obreros agrícolas de otras provincias españolas. Si los movimientos sociales se desarrollaban en Barcelona no eran por cuestiones salariales sino por condiciones laborares de las fábricas y talleres.
El activismo sindicalista se incrementó mucho en Barcelona el año anterior por lo que el Gobernador Civil convocó a las comisiones mixtas de patronos y obreros para intentar solucionar los conflictos. Al mismo tiempo, el Gobernador Militar, y como medida de presión, aplicaba mayor dureza sobre los grupos que no se avenían a negociar en las comisiones mixtas.
La huelga comenzó en la empresa “La España Industrial” por un problema de disciplina que se saldó con la detención de unos cincuenta trabajadores.
La respuesta del movimiento obrero fue la convocatoria de una huelga general en la ciudad para el 27 de marzo, huelga que se extendió a otras localidades del entorno de Barcelona. En el juego de acción- reacción, el Capitán General ordenó la detención de los líderes que habían convocado la huelga, la respuesta del resto de sindicatos fue sumarse a la misma de forma que, tres días más tarde, la huelga se había generalizado y los obreros se manifestaban en la calle. El Capitán General sacó el ejército a las calles, aparecieron las barricadas y la lucha callejera con muertos y detenidos. La situación continuó el 1 de abril con más manifestaciones y más enfrentamientos. El círculo vicioso había que romperlo y las autoridades propusieron negociar con los obreros.
El 3 de abril la huelga había terminado con la promesa de las autoridades de legalizar las asociaciones obreras, libertad de los detenidos y regreso a las condiciones laborales y salariales del año 1842.
El resultado final fue unas reformas laborales contrarias a los trabajadores que daba libertad de contratación a los empresarios e imponía los obreros una cartilla personal con su historia laboral.
La conclusión de los sindicatos fueron dos: que habían sido engañados por las autoridades y que actuando juntos tenían mucha fuerza.
La situación política empeoraba a ojos vista. Sartorius no quería dimitir, al contrario endureció las medidas autoritarias. La Reina estaba indecisa, si cesaba a Sartorius y llamaba a un moderado para sustituirlo, los progresistas sacarían la genta a la calle ,y si llamaba a un progresista era darles la razón y provocar le desorden.
El líder del movimiento que se preparaba era el General Leopoldo O´Donnell y Jorís. Su idea política era la reconciliación de las facciones liberales en un partido de nueva creación, la unión liberal.
El partido moderado estaba dividido profundamente desde la caída de Bravo Murillo. Las facciones se peleaban entre sí echándose la culpa de la corrupción generalizada, parecía el momento adecuado para formar un nuevo partido basado en la moralidad, en el afán de concordia y en la estabilidad después de tres décadas de guerras, revoluciones, pronunciamientos y cambios de régimen.
El nuevo partido se creaba para la Transformación del Estado en un eficiente instrumento de modernización y prestigio. Sus principios básicos fueron: la conservación de la Monarquía en una soberanía compartida del Rey con las Cortes, una administración pública centralista y el mantenimiento de una política económica con fuertes inversiones públicas.
La acción prevista era un levantamiento mixto: popular protagonizado por progresistas y demócratas y militar bajo el control de O´Donnell y un grupo de generales prestigiosos.
Había serias discrepancias entre los militares y los políticos. Los militares querían un pronunciamiento militar clásico secundado por la calle y los partidos políticos coaligados tenían un plan distinto, querían que las masas pusieran el poder en sus manos y no en las de los militares. Ambos se necesitaban, unos a otros, para que el triunfo del golpe fuera posible.
El golpe no estaba bien organizado, no había coordinación entre los diversos grupos golpistas ni comunicación con otras ciudades dispuestas para levantarse. El contacto entre los civiles y militares comprometidos habían sido mínimos.
En general, la gente estaba cansada de tantos levantamientos y algaradas, los únicos dispuestos a la insurrección eran los afiliados al partido demócrata. Partido creado en 1849 como una escisión del partido progresista, fundado por José maría Orense, y muy implicado en la revolución de marzo de 1848.
La primera fecha fijada para el levantamiento fue el 13 de junio de 1854, pero al punto de reunión no acudió nadie, por lo que se fijó una nueva fecha para el 28 de junio.
El día 28, la conspiración estuvo a punto de volver a fallar. Al punto de reunión solo se presentaron unos 2.000 hombres casi todos de caballería, tan pocos que O´Donnell quiso volver a aplazar el golpe. Los generales presentes eran todos conservadores descontentos con el autoritarismo y la inestabilidad de los últimos gobiernos. Se levantaron a los gritos clásicos de éstas acciones de: Viva la Constitución y mueran los ministros traidores.
El Gobierno envió al General Anselmo Blazer, ministro de la Guerra, con 5.000 soldados a combatir a los sublevados. Después de una negociación fracasada, el combate tuvo lugar en Vicálvaro, cerca de Madrid, dos días después. La revolución que se llamó la Vicalvarada, por el lugar donde se celebró la batalla, terminó con la década moderada y dio comienzo al bienio progresista.
El resultado fue indeciso, los rebeldes fueron batidos por las tropas del Gobierno y ambos bandos se declararon vencedores, O´Donnell decidió retirarse hacia el sur, por la carretera de Andalucía en dirección a La Mancha, mientras las fuerzas de Blaser se retiraban a Madrid. En persecución la de los sublevados salieron las tropas gubernamentales dejando desguarnecida la capital. Entre tanto, en la capital no se había sublevado ningún civil, a los progresista y demócratas no les siguió la gente común de los barrios, el movimiento civil había fracasado.
Ante el fracaso militar, los militares protagonistas del golpe buscaron el apoyo civil. En Manzanares (Ciudad Real) se reunió con O´Donnell el General Serrano que venía de Jaén. De la reunión salió el acuerdo de dar un giro al movimiento político más allá de las intenciones iníciales, giro que se puso de forma ostensible en el Manifiesto de Manzanares del 7 de julio. En dicho manifiesto, redactado por Antonio Cánovas del Castillo, se planteaba la conservación del Trono pero sin camarilla que lo deshonre, se prometían: rebajas de impuestos, el restablecimiento de la Milicia Nacional suprimida desde 1844, la aprobación de nuevas leyes de imprenta y electoral, la convocatoria de las Cortes y la descentralización administrativa. Se pedía ayuda a la nación de forma que las masas y los soldados se unieran al movimiento.
A pesar del Manifiesto, apenas aumentaron los seguidores, solo Zaragoza se sublevó.
O´Donnell se retiro a Carmona (Sevilla) buscando las proximidades de Portugal, lugar donde refugiarse ante el fracaso total del alzamiento.
Dos días después del manifiesto, se sublevó Cuenca y el 13 de julio un destacamento de caballería en Madrid. Total, muy poca cosa para conseguir derrotar a Sartorius.
Fue entonces cuando empezó la segunda fase de la llamada revolución de 1854. El protagonismo correspondió a los progresistas y a los demócratas que iniciaron la sublevación en Barcelona, el día 14 de julio, y en Madrid el día 17 del mismo mes.
En Barcelona, a la sublevación militar se unieron los obreros que declararon la huelga y tuvieron un destacado papel. Al día siguiente se produjeron varios incendios en fabricas que usaban las nuevas maquinas de hilar algodón llamadas selfactinas (del inglés self- acting = de acción automática). Quince personas fueron detenidas y fusiladas. El Capitán General, Ramón de la Rocha, tenía una situación complicada, se había levantado contra el Gobierno y tenía a los obreros en huelga.
El día 18 ordenó que los obreros volvieran al trabajo, pero los hiladores se mantuvieron en huelga consiguiendo que la autoridad militar prohibiera el uso de las selfactinas y ordenara que se transformaran en maquinas de hilar tradicionales. Los empresarios se opusieron a éstas medidas.
La huelga se acabó con la llegada del nuevo Gobernador Civil, Pascual Madoz, nombrado por el Gobierno que sustituyó al de Sartorius. El 11 de agosto se alcanzó un acuerdo provisional que puso fin a la huelga con mejoras de las condiciones laborales de los hiladores.
El día 17 de julio en Madrid se movilizaron las clases populares con las consabidas apariciones del las Juntas Revolucionarias, en éste caso dos: una encabezada por Evaristo San Miguel y la otra por los republicanos.
Los demócratas fuero los más activos, pero no pudieron aprovechar la situación porque la policía detuvo al Comité central del Partido.
Se produjeron asaltos a los palacios del Marqués de Salamanca, del propio Presidente del Gobierno y de la Reina madre María Cristina de Borbón que tuvo que refugiarse en el Palacio de Oriente.
Las sublevaciones de las dos ciudades más importantes del país hicieron que se sumasen a la revolución otras ciudades.
Al empeorar la situación, la Reina destituyó al mismo día 17 a Sartorius sustituyéndolo por el General Fernando Fernández de Córdova.
Sartorius fue enviado a Roma de embajador.
Joaquín de la Santa Cinta. Ingeniero aeronáutico, economista e historiador





