Pozuelo no necesita recordar la muerte de Franco como quiere el guerracivilista Sánchez: Con la memoria de 22 Oblatos y 4 Siervas de María asesinados en 1936 tenemos de sobra

El delegado del Gobierno en Madrid, el socialista Francisco Martín, ha decidido (para mayor gloria de su jefe y señor Pedro Sánchez) que los municipios de la Comunidad de Madrid resuciten los fantasmas de la Guerra Civil
Este súbdito y sectario personaje (que llegó a decir que Bildu había hecho más por los españoles que “todos los patrioteros de pulsera”) ha enviado una carta a la Federación de Municipios de Madrid en la que insta a los ayuntamientos a participar en un programa sanchista llamado “España en Libertad. 50 años”, que pretende “difundir los valores de la convivencia” con motivo del medio siglo de la muerte de Franco. Manda güevos.
Para empezar, la libertad llegó a España tres años después de la muerte de Franco con la Transición y el Perdón mutuo de las dos España pero ahora Sánchez necesita volver al guerracivilismo y Franco vuelve a ser su comodín.
No se puede ser más insensato.
Y es que el Sánchez y su Gobierno no buscan convivencia, sino confrontación. Ni libertad ni nada. Solo quiere abrir heridas de nuevo para sacar rédito político del pasado.
Pero en el Gran Pozuelo de Alarcón, ha pinchado en hueso.
En Pozuelo no hace falta que nadie venga desde Moncloa a darnos lecciones de memoria. Aquí, en nuestro propio suelo, fueron asesinados por esa izquierda, que tanto admira el Presidente del Gobierno, 23 hombres y 4 mujeres inválidas y enfermas, en 1936, durante la Segunda República, en los primeros meses de la Guerra Civil.
Los hombres eran Misioneros Oblatos de María Inmaculada (22 Oblatos más Cándido Castán, un laico de 42 años, ex concejal de Madrid), una comunidad religiosa que había llegado al municipio pocos años antes.
Los primeros fueron detenidos el 22 de julio de 1936 y fusilados dos días después en las tapias del cementerio de Aravaca, y en ese campo santo están enterrados junto a muchos más de 800 asesinados, entre ellos el intelectual Ramiro de Maeztu.
Otros sufrieron prisión, torturas y humillaciones hasta ser asesinados en Paracuellos del Jarama en noviembre de ese mismo año.
No hubo juicios, ni defensa, ni piedad. Murieron por ser sacerdotes. El más joven, Pascual Aláez Medina, tenía solo 19 años. El mayor, el hermano Ángel Francisco Bocos Hernández, contaba 53.
Esa es la verdadera memoria de nuestra ciudad más la tragedia de soportar durante años la estabilización del frente de guerra que lo arrasó. Una memoria de sangre, de fe y de dignidad. No necesita revisionismo ni eslóganes políticos.
Y es que los mártires oblatos de Pozuelo representan la cara más pura del sacrificio frente al fanatismo que el socialismo republicano desató en 1936.
Fueron víctimas de un odio que algunos, como este señor delegado del guerracivilismo, parecen querer resucitar bajo la excusa de celebrar “la libertad” cuando el único “delito” de los oblatos fue tener la libertad de creer en Dios.
Esa es la verdadera memoria de Pozuelo, señor Martín. Una memoria escrita con sangre, no con panfletos que buscan lo peor del ser humano.
Los Mártires Oblatos encarnan el perdón y la fe frente al odio. Representan una España que supo reconciliarse después de la guerra, que trabajó durante décadas para levantar un país libre y próspero. Y ahora, cuando esas heridas estaban cicatrizadas, llega Pedro Sánchez con su guerracivilismo y sus delegados sumisos a abrirlas otra vez para mantenerse en el poder.
Por otra parte, y aquí también en Pozuelo, fueron asesinadas 4 mujeres en julio de 1936. Cuatro religiosas de la Congregación de las Siervas de María Ministras de los Enfermos de Pozuelo de Alarcón, cuyo convento estaba en lo que hoy es la sede del actual Ayuntamiento, aunque no era el mismo edificio.
Esta congregación se dedicaba al cuidado de enfermos y pobres en sus hogares, y su casa en Pozuelo, establecida en 1911, servía como lugar de descanso para hermanas ancianas y de asistencia a necesitadas.
El 21 de noviembre de 1936, ante la amenaza de ocupación por milicianos, las religiosas abandonaron la casa, se dividieron en grupos pequeños y se escondieron en hogares de familias amigas, sin poder comunicarse, vestir el hábito ni rezar en público.
El 28 de noviembre, se ordenó la evacuación obligatoria del pueblo por culpa del frente de guerra. La mayoría de las religiosas partió, pero estas cuatro, por su avanzada edad o estado físico, se negaron a irse y fueron detenidas y fusiladas en las tapias del cementerio de Aravaca durante la noche del 6 al 7 de diciembre de 1936. Y allí están enterradas junto a más de 800 personas asesinadas.
Nada hay más irresponsable que un Gobierno que hace de la historia un arma contra sus propios ciudadanos.
Sánchez tiene memoria pero no recuerda lo que escribió Antonio Machado, un hombre de izquierdas, curiosamente:
“Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón”.
O lo que escribió el comunista César Vallejo:
“Cuídate España de tu propia España”
El llamado “programa de convivencia” del sectario Martín no es más que otra operación propagandística del sanchismo, que necesita dividir a los españoles para sobrevivir.
Usan la memoria como instrumento ideológico, mientras olvidan a quienes fueron asesinados en lugares como Aravaca o Paracuellos. Callan ante los ataques a los símbolos religiosos, pero exigen que los municipios participen en su farsa conmemorativa.
Pozuelo va a ser que no. Esta ciudad no necesita lecciones de memoria democrática. La tiene en sus mártires, en sus calles, en su conciencia…
Lo que necesita España es que el Gobierno deje de excavar trincheras en el pasado y empiece a gobernar el presente. El guerracivilismo de Sánchez y de su delegado en Madrid es un veneno para la concordia que se necesita.
España ya había cerrado las heridas de la guerra. Solo quienes viven del enfrentamiento se empeñan en reabrirlas. Y eso, aquí en Pozuelo, lo sabemos demasiado bien.
No se lo perdonaré nunca.
Amén.
El Capitán Possuelo
NdR:
Por si alguien quiere conocer más detalles de aquellos trágicos momentos en Pozuelo:
Los veintidós religiosos pertenecían a la congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada (OMI), que se habían establecido en Pozuelo de Alarcón, Madrid, en 1929. Ejercían su ministerio como capellanes en tres comunidades de religiosas y colaboraban en las parroquias del entorno. Los jóvenes escolásticos (estudiantes) impartían catequesis en cuatro parroquias vecinas y la coral oblata solemnizaba las celebraciones litúrgicas.
El 20 de julio de 1936, los milicianos republicanos de Pozuelo asaltaron la capilla del barrio de la Estación, sacaron a la calle ornamentos e imágenes y los quemaron. Incendiaron luego la capilla y repitieron la escena en la parroquia.
Dos días después, esos milicianos asaltaron el convento y apresaron a los 38 religiosos.
En el registro hallaron cuadros religiosos, imágenes, crucifijos, rosarios y ornamentos sagrados. Todo fue arrojado y quemado en la calle.
El día 24, se producen los primeros asesinatos.
Sin interrogatorio ni juicio, sin defensa, dispararon mortalmente a Juan Antonio Pérez Mayo, sacerdote, profesor, 29 años; y los estudiantes Manuel Gutiérrez Martín, subdiácono, 23; Cecilio Vega Domínguez, subdiácono, 23; Juan Pedro Cotillo Fernández, 22; Pascual Aláez Medina, 19; Francisco Polvorinos Gómez, 26; Justo Gónzález Lorente, 21.
El resto de los religiosos permanecieron presos en el convento.
Alguien, probablemente el alcalde de Pozuelo, comunicó a Madrid el riesgo que corrían los religiosos aún vivos y ese mismo 24 de julio llegó un camión de Guardias de Asalto que llevó a los religiosos a la Dirección General de Seguridad donde fueron puestos en libertad.
En octubre, fueron de nuevo detenidos y encarcelados. Soportaron un lento martirio de hambre, frío, terror y amenazas.
El 7 de noviembre, fue fusilado el padre José Vega Riaño, sacerdote y formador, de 32 años, y el estudiante Serviliano Riaño Herrero, de 30.
Veinte días después, tocaría el turno a los otros trece: Francisco Esteban Lacal, superior provincial, 48 años; Vicente Blanco Guadilla, superior local, 54 años; Gregorio Escobal García, sacerdote recién ordenado, 24 años; y los hermanos escolásticos: Juan José Caballero Rodríguez, subdiácono, 24 años; Publio Rodríguez Moslares, 24 años; Justo Gil Pardo, 26 años; José Guerra Andrés, 22 años; Daniel Gómez Lucas, 20 años; Justo Fernández González,18 años; Clemente Rodríguez Tejerina, 18 años; y los hermanos coadjutores Ángel Francisco Bocos Hernández, 53 años; Marcelino Sánchez Fernández, 26 años y Eleuterio Pardo Villarroel, 21 años.
El 28 de noviembre de 1936 fueron sacados de la cárcel, conducidos a Paracuellos de Jarama y allí asesinados.






