El peligro del “disruptor” endocrino empieza a ser pavoroso y la ciencia no tiene una forma clara de combatirlo: Se espera no llegar demasiado tarde (II) Un artículo del doctor Juan José Granizo

Hace dos semanas planteábamos el problema de los disruptores (o mejor llamados en español interruptores) endocrinos, unos contaminantes con un potencial efecto en humanos que podían alterar a los aparatos reproductor, endocrino, neurológico e inmunitario.
Hablábamos de su compleja toxicidad y de las dificultades con las que se ha encontrado la ciencia para entender su efecto ya que pueden aparecer muchos años después de su consumo, ser detectables sus efectos en la descendencia y modificarse su impacto según la edad o la fase de desarrollo.
La cuestión que dejamos abierta era la hipótesis de que estos contaminantes tuvieran alguna relación con algunas de las enfermedades han aumentado considerablemente su incidencia en los últimos años, a la vista del potencial efecto de los mismos.
Buena parte de lo que sabemos con certeza depende de modelos de experimentación animal, en los cuales se han demostrado efectos serios para la salud.
Para sistematizar, los disruptores endocrinos pueden estar relacionados con neurotoxicidad durante el desarrollo, lo que puede ocasionar desde dificultad del aprendizaje (demostrada en ratas) a alteraciones de comportamiento (incluyendo el sexual, en animales), alteraciones inmunológicas (lo que podría traducirse en un aumento de alergias o de enfermedades autoinmunes), así como alteraciones endocrinas (en el terreno de las hormonas tiroideas) y metabólicas (causando obesidad, alteraciones del metabolismo de la glucosa y de los lípidos).
El otro campo en el que los disruptores endocrinos aparecen como sospechosos es el cáncer. Los modelos experimentales han demostrado que hay asociaciones con cáncer de mama, testículos, próstata y tiroides. Algunos de ellos, son tumores de una creciente incidencia y todos ellos son dependientes de hormonas, lo que apuntala la probabilidad de que puedan tener alguna relación causal.
Y por último, el impacto más evidente de estos productos químicos se ha detectado en la esfera de la reproducción animal: reducción de la fertilidad en machos, adelanto de la pubertad en hembras, alteraciones en la conducta sexual, aumento del riesgo de aborto, masculinización de embriones hembras o feminización de embriones machos, criptorquidia (testículos no descendidos al escroto).
Es posible, pero no se ha demostrado, que el deterioro en la calidad y cantidad del semen masculino tenga esta causa, así como el desarrollo precoz en niñas que es una constante que se está observando en todas las razas y localizaciones geográficas, así como incidencia creciente de abortos de causa no aclarada.
Todo esto, que es mucho y da bastante miedo, se basa en estudios experimentales en animales, pero hay que ver hasta que punto estos resultados son extrapolables a humanos, cosa que no siempre ocurre.
Sin embargo, la hipótesis de los disruptores es una buena explicación para fenómenos extraños que llevamos observando desde hace años y que no tienen otra explicación plausible.
Si ha conseguido llegar hasta aquí, se preguntará de donde ha salido semejante veneno.
Y aquí viene otro de los problemas. Hay unas 80.000 sustancias químicas registradas, de las unas 800 son sospechosas de tener algún efecto como interruptores endocrinos. Algunas confirmadas, otras sospechosas.
A eso hay que añadir sustancias no registradas que son residuos o contaminantes de procesos químicos que no tienen mayor interés para la industria pero que pueden tener efecto biológico y que llegan al medio ambiente o a las personas.
Muchas de ellas son tremendamente persistentes en el medio ambiente y la mayoría no son metabolizadas ni destruidas por los seres vivos, de manera que su efecto en el tiempo es muy prologado.
El origen de estas sustancias es, también variado: los primeros disruptores conocidos fueron insecticidas como el DDT, pero la lista se ha ido ampliando con herbicidas, plásticos (muchos de ellos aprobados para su uso alimentario), disolventes, conservantes y un largo etcétera. Están por todos los sitios.
Comprenderá que estamos frente a una pesadilla para la salud pública.
Pero queda una última pregunta. ¿Qué se ha hecho para eliminarlos?
A principios de siglo, la Unión Europea, apoyada en un panel de expertos, abogada por analizar el efecto de estas sustancias empleando los mismos principios de toxicología que se empleaban desde principios del siglo XX.
Esto bloqueaba cualquier avance en el control legal de estas sustancias, ya que, como hemos contado, este marco teórico no es útil en la investigación de estas sustancias.
De hecho, cientos de investigadores y Sociedades Científicas protestaron por esta decisión. Denunciaron la relación de ese grupo de expertos con la industria que fabricaba estos tóxicos y reclamaron que se aceptaran nuevos modelos de experimentación toxicológica.
Y sobre todo, que se adoptara, por pura precaución una dura limitación del uso de estos compuestos ante el riesgo incalculable que suponen. Con cierta celeridad se eliminaron algunos plásticos y gomas de tetinas, biberones y productos para niños recién nacidos, donde se había fundadas sospechas de que el efecto podría ser grave.
La Unión Europea ha aceptado que hay al menos 500 sustancias que pueden afectar a la salud humana alterando nuestras hormonas y ha abierto la puerta a su investigación.
A día de hoy, se siguen produciendo y liberando a la naturaleza, estos compuestos. Muchos, incluso, los aplicamos en nuestro cuerpo o los ingerimos:. los empleamos como envases de alimentos, pesticidas, cosméticos…
Sencillamente, eliminarlos de la producción es imposible porque nos abocaría a una crisis de suministro. Mientras tanto, se están buscando materiales más seguros y se sigue estudiando su efecto, para aclarar hasta que punto estas sustancias están implicadas en las enfermedades descritas.
El riesgo es grande y la complejidad, máxima. Tardaremos tiempo de desentrañar la madeja. Esperemos no llegar demasiado tarde.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






