Analiza tu locura y te llamarán filósofo: el gran mercado de los psicofármacos
En un artículo firmado por Joseba Elola, publicado por el diario El País y titulado “La psiquiatría en crisis” se nos habla de un periodista norteamericano del Boston Globe llamado Robert Whitaker, que durante varios años ha examinado los escasos -y a menudo dañinos- efectos causados por la medicación prescrita por muchos psiquiatras a lo largo de las últimas décadas.
Según Whitaker él se propuso responder a dos preguntas elementales que hasta el momento carecían de respuesta: “¿Cómo era posible que los pacientes de esquizofrenia evolucionaran mejor en países donde se les medica menos, como India o Nigeria, que en países como Estados Unidos? ¿Y cómo se explica, tal y como proclamó en 1994 la Facultad de Medicina de Harvard, que la evolución de los enfermos de esquizofrenia empeorara con la implantación de medicaciones, con respecto a los años setenta?”.
Una montaña de datos corroboraba tan nefasta situación. Se sabía que en 1955 había 355.000 personas en hospitales con un diagnóstico psiquiátrico; en 1987, 1.250.000 recibían pensiones en EE UU por discapacidad debida a enfermedad mental; en 2007 eran 4 millones. El año pasado, 5. ¿Pero no se supone que la medicina debe reducir la cifra de enfermos, no aumentarla, sea cual sea su etiología?
Las causas que motivaron esta situación, son obviamente más complejas de lo que cabe expresar en un breve trabajo periodístico. Pero según dijo Whitaker a nuestro informador, “los psiquiatras, en Estados Unidos y en muchos otros sitios, siempre tuvieron complejo de inferioridad. El resto de médicos solían mirarlos como si no fueran auténticos médicos. ¿Y cómo podían reconstruir su imagen de cara al público? Se pusieron la bata blanca, que les daba autoridad. Y empezaron a llamarse a sí mismos psicofarmacólogos cuando empezaron a prescribir pastillas. Ello mejoró su imagen y aumentó su poder”. Whitaker afirma que “cuando se estudia la literatura científica se observa que ya llevamos 50 años utilizándolos (los psicofármacos), y en general, lo que hacen es aumentar la cronicidad de estos trastornos.”
En las declaraciones del periodista estadounidense se observa una crítica implícita al american way of life: “Lo que se promocionó en Estados Unidos, fue una nueva forma de vivir, que se exportó al resto del mundo. La nueva filosofía era: debes ser feliz todo el tiempo, y, si no lo eres, tenemos una píldora.” Crítica que, como suele ser habitual, se extiende al lucro generado por las industrias farmacéuticas: “Están creando mercado para sus fármacos y están creando pacientes. Así que, si se mira desde el punto de vista comercial, el suyo es un éxito extraordinario.” Y a la vista de lo bien que se venden sus libros, tampoco el suyo es manco, Mr. Whitaker.
(Algún día podré entender el extraño criterio actual según el cual el denostado “afán de lucro” se considera uno de los peores pecados morales de nuestra cultura. ¿Acaso la obtención de beneficios en cualquier área de nuestra vida no es lo que buscamos todos?)
Whitaker tampoco aporta soluciones. Ni siquiera un nuevo enfoque cuando nos dice “lo que sabemos es que crecer es difícil, se sienten todo tipo de emociones y hay que aprender a organizar el comportamiento.” Pues justamente es lo que durante años han pretendido hacer los psiquiatras. Lograr el equilibrio necesario entre medicación y terapias verbales. Y que existan algunos para los cuales resulte más cómodo y más rentable atiborrar de pastillas al paciente, no significa que muchos no utilicen ambos medios a su alcance para curar no sólo los síntomas sino, cuando ello es posible, cambiar los hábitos y comportamientos del paciente para evitar que, como sucede en buena parte de la casuística psiquiátrica, seamos nosotros mismos quienes más podemos dañarnos.
Y, a lo mejor, si cada día aparecen más enfermos mentales quizá podría ser porque nuestra enloquecida sociedad los genera.
Abelardo Hernández






