¿Existe el modelo socialdemócrata ideal?

En los últimos días me han llegado una serie de informaciones que cuestionan seriamente el modelo sociopolítico que representan los países nórdicos europeos. Fracasados universalmente en la práctica los gobiernos comunistas que en el mundo son y han sido, la mayor esperanza de las personas ideológicamente de izquierdas reposaba en los avances sociales y económicos alcanzados en Suecia, en Noruega, en Dinamarca, en Finlandia o en Islandia que con esfuerzo y dedicación han conducido a estas sociedades hasta unos niveles de igualitarismo y bienestar ciertamente únicos en el mundo.
Pero donde hay luces, inevitablemente hay sombras. Sin embargo, no vamos a analizar a fondo hechos tan incontestables como que Suecia sea uno de los diez mayores países fabricantes de armamento que existen en el mundo, según datos suministrados por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo. O que la exacerbada pasión que muestra Noruega por la conservación del medio ambiente no les impida que la extracción del petróleo del Mar del Norte sea su principal fuente de ingresos. Como afirma el viejo dicho español: “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.
Es cierto sin lugar a dudas que en cuestiones de inmigración, los nórdicos lo han hecho mejor que la práctica totalidad de sus socios europeos, pero la admiración por este hecho no puede ni debe esconder problemas tan graves como el rápido crecimiento de un partido racista como el Fremskrittspartiet, el cual forma parte de la coalición que gobierna el país, junto con los conservadores de Hoyre. En este partido es donde militó durante varios años Anders Breivijk, autor de la matanza que acabó con la vida de más de 70 personas en 2011 y que dejó al país en estado de absoluta incredulidad.
Las grandes migraciones de personas que huyen de las guerras o escapan en busca de una vida mejor son tan antiguas como el Hombre. Y hay pocas dudas de que cuando tales inmigraciones son masivas y sobrepasan las capacidades de acogida de los países receptores se van a generar tensiones y problemas muy graves, máxime cuando ambas culturas difieren mucho en sus usos sociales, formación, idiomas o religiones. Pero algunos residentes en el norte de Europa están convirtiendo el antirracismo en un movimiento tan violento como el propio mal al que combaten. Por ejemplo, cuando una periodista sueca llamada Ingrid Carlqvist afirma que los ciudadanos de Suecia tienen miedo de decir algo que pueda ser etiquetado en los medios de comunicación como “racista”. “Si ellos apuntan hacia usted y usted queda retratado como racista, entonces usted se encontrará sin trabajo, sin carrera y hasta es posible que pierda su familia. Usted no tendrá ningún futuro”. Otro periodista, el danés Mikael Jalving, autor del libro Absolut Sweden, dice: “Lo que algunos padres suecos aconsejan a sus hijos hoy es que no interfieran en el debate público, que no expresen las llamadas ideas “radicales” sobre esto o aquello que es la crítica del consenso en Suecia. Eso les va hacer daño de una manera u otra y los suecos quieren proteger a sus hijos.”
Si todo ello es cierto, sombrío panorama se cierne sobre la Europa del Norte. Pues la pieza clave en el sustento de la democracia es sobre todo el derecho a la libertad de expresión. Y ya sabemos cómo acaban los países donde se empieza a imponer el “pensamiento único”. Y es peor, mucho peor que proceda del pueblo que si proviniera de un dictador orwelliano.
No, no debemos luchar contra la intolerancia con más intolerancia, sino con racionalidad.
Personalmente, estas situaciones me recuerdan una viñeta dibujada por no recuerdo cuál de nuestros geniales humoristas en plena transición democrática donde podría verse a un político que soltaba un tremendo mitin ante sus seguidores (sin duda los únicos capaces de aguantarle). “¡Yo digo SÍ a la oposición”, vociferaba enérgicamente el tribuno. “Pues yo digo que NO”, gritaba desde el público un valiente opositor. Mirada fulgurante del tribuno hacia el personal de seguridad al tiempo que señalaba con su índice al atrevido: “¡¡Que lo expulsen de la sala!!”.
Siempre lo he dicho y cada día me convenzo más. El mayor peligro cuando luchas contra “los malos” es que te acabes volviendo como ellos.
Qué lástima, ¿no?
Abelardo Hernández






