La infección postquirúrgica es uno de los problemas más importantes de la medicina desde los inicios de la cirugía y no resulta nada fácil acabar con él. Un artículo del doctor Juan José Granizo

Con cierta frecuencia escuchamos que alguien ha sufrido una infección tras una operación.
“He pillado un virus del quirófano”, me decía un conocido hace unos días.
En realidad, las cosas no son así, pero ciertamente las infecciones postquirúrgicas son uno de los problemas más importantes de la medicina desde los inicios de la cirugía.
Nos estamos refiriendo a la infección de la herida quirúrgica, del corte que realiza el propio cirujano para acceder al órgano objeto de la operación y no a otro tipo de infecciones que pueden ocurrir en el paciente recientemente operado.
La infección postquirúrgica puede afectar solo a la piel o los tejidos situados por debajo de ella, pero la más grave es la que afecta al órgano intervenido y ahí hay grandes diferencias en el pronóstico y tratamiento según la zona afectada.
En estos casos hay un relativo peligro para la vida, con la posibilidad de daños irreversibles y un considerable coste humano en términos de sufrimiento y discapacidad, al ser necesarias nuevas intervenciones, prolongadas estancias hospitalarias y largos periodos de recuperación.
La causa de la infección es porque los gérmenes (bacterias y rara vez hongos) entran en la zona quirúrgica durante la operación.
Antes del desarrollo de la higiene hospitalaria las bacterias invadían la herida porque el material quirúrgico no estaba esterilizado, los cirujanos no empleaban guantes o la piel del propio paciente estaba sucia. Rota la barrera defensiva de la piel, la infección era lo más probable: más del 80 % de los pacientes la sufrían.
Tras la introducción de la asepsia y sin necesidad de antibióticos, se redujo a un 25-30%.
Resueltos esos problemas, siguen existiendo infecciones. A día de hoy el riesgo de la infección quirúrgica depende de tres factores.
El primero es el grado de contaminación bacteriana del campo quirúrgico.
A veces es imprescindible operar zonas llenas de bacterias o infectadas. A esta cirugía se la denomina “sucia”, y su riesgo de infección es de un 20-25% .
La cirugía sobre el colon íntegro es cirugía “contaminada” porque el colon está colonizado por una gran cantidad de bacterias. Es un grado menos de riesgo que la cirugía sucia, pero el riesgo de infección sigue siendo alto, en torno al 10%.
La cirugía del intestino delgado, de la vía respiratoria y la cirugía ginecológica es “limpia-contaminada” ya que hay bacterias en la zona operada pero muchas menos que en el colon.
Por último, la cirugía “limpia” se hace sobre territorios estériles, pero como en toda operación es necesario cortar la piel, que es una zona colonizada por bacterias, sigue existiendo un riesgo, pequeño (menor del 1%), pero presente.
De manera que cuando oiga eso de un “virus de quirófano”, sepa que eso es una milonga. Son bacterias (no virus) las causantes y no son del quirófano, si no las que lleva el propio paciente puestos, aunque es verdad que ha podido adquirir nuevas bacterias en su estancia hospitalaria.
El segundo factor de riesgo es la situación basal del paciente. Muchas enfermedades concomitantes aumentan el riesgo de infección. Si la cirugía es programada, a veces se puede mejorar esta situación (por ejemplo, el estado nutricional), pero si es urgente no hay tiempo de hacerlo.
El tercer factor de riesgo es la duración de la cirugía. Cuanto más larga es, más tiempo tienen las bacterias para invadir la herida y causar infección. No hay mucha diferencia en la duración de las operaciones entre los profesionales con experiencia y la tendencia es emplear técnicas menos invasivas (con cortes más pequeños, como en la cirugía laparoscópica o en el cateterismo cardiaco).
Desde los inicios de la cirugía, el control de la infección ha sido una gran preocupación. La esterilización del material, los antibióticos y las medidas de asepsia han reducido el riesgo de infección a unos valores aceptables.
Ya hace años que la cirugía “a corazón abierto” se hace en quirófanos especiales con aire filtrado para evitar que los hongos puedan colonizar el interior del corazón, pero la técnica quirúrgica ha evolucionado de tal forma que ya no es necesario abrir un corazón: el cateterismo ha hecho innecesaria esa cirugía.
Lo mismo cabe decir de la cirugía laparoscópica, que permite operaciones de envergadura con unos mínimos cortes.
La incidencia de infección post quirúrgica está en sus mínimos históricos, al menos en los países desarrollados, pero sigue siendo un problema preocupante.
En los últimos años, el Ministerio de Sanidad y la Comunidad de Madrid en colaboración con varias sociedades científicas médicas están aplicado un plan para reducir el riesgo de infección postquirúrgica.
Muchas de esas medidas eran conocidas, pero se está dando un impulso para que se apliquen de manera estandarizada en todos los pacientes.
Entre ellas están el uso de mejores antisépticos para descontaminar la piel de bacterias, mejorar las técnicas de rasurado del vello, dar una buena cobertura antibiótica preventiva, controlar adecuadamente la glucemia.
Uno de los puntos pendientes es reducir el riesgo de infección en la cirugía con prótesis articular, ya que en este caso, el control de la infección es largo y penoso.
De cualquier forma, aun aplicando todas las medidas de prevención posibles y con las mejores manos, sigue existiendo un riesgo de infección que todavía no somos capaces de evitar en el estado actual de la ciencia.
No piense mal de los cirujanos. Es que la Medicina, a veces, no da para más.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública





