Tejero no celebra el Día Mundial del Agua, ni el día del Árbol, ni conmemora el Día del Medio Ambiente, que son las joyas de Pozuelo, pero se suma a la chuminada de ‘La Hora del Planeta’

La decisión de Paloma Tejero de sumar Pozuelo de Alarcón a la llamada La Hora del Planeta merece, como poco, una reflexión serena. O al menos, intentarlo. La hacemos desde hace muchos años pero este año la haremos también.
Y no tanto por lo que supone apagar luces durante una hora, sino por lo que simboliza en una ciudad que arrastra problemas medioambientales y de gestión bastante más tangibles y se pierde en chuminadas.
Pozuelo, conviene recordarlo, no es un municipio cualquiera en este ámbito. Es la “ciudad del agua”, cuenta con amplias zonas verdes, arbolado consolidado ya que es una de las ciudades del mundo con mejor arbolado urbano y espacios naturales de enorme valor, sin embargo…
Sin embargo, no deja de resultar llamativo que no haya especial énfasis institucional en celebrar jornadas como el Día Mundial del Agua, el Día del Árbol o el propio Día del Medio Ambiente pero sí lo haya para sumarse a una iniciativa global de carácter simbólico, woke y comunista, amparada por la agotada Agenda 2030…
Recuerdo que cuando joven, en la Universidad, los comunistas siempre hablaban de la lucha por la PAZ. Paz con mayúsculas. MIR. Tras la caída del Muro de Berlín, como que la Paz ya no tenía mucho sentido, se inventaron lo del cambio climático y ahora todo es para Salvar al Planeta…
Y lo tenemos que hacer todos (incluida mi anciana tía que tiene que comprar la bolsa de plástico en el supermercado), menos los chinos, los indios de la India, los rusos y todos sus satélites. Para ellos, el monte de la contaminación es orgasmo, con perdón. Se la pasan por allí mismo…
Pero aquí hay que apagar la luz una hora…
Y ahí es donde surge la duda:
¿Esto es una necesidad o un escaparate?
¿A quién carajo se pretende concienciar con esta chuminada en el Siglo XXI y de qué?
Y no se trata de cuestionar la utilidad de concienciar sobre el consumo energético, que también (sobre todo cuando se usa el Falcon para ir a por el pan) sino que el problema aparece cuando ese tipo de gestos se presentan como una muestra significativa de compromiso medioambiental en un contexto donde existen cuestiones mucho más profundas sin resolver.
Porque mientras se apagan luces durante una hora, siguen sobre la mesa del despacho de la alcaldesa problemas como el mantenimiento de parques, la situación de determinados espacios naturales, los arroyos abandonados o la presión urbanística en zonas especialmente sensibles.
El Parque Forestal Adolfo Suárez, Montegancedo o el entorno del Monte de Pozuelo son ejemplos recurrentes en las quejas vecinales. No por falta de campañas simbólicas sino por ausencia de una gestión sostenida y visible.
Pero vamos a apagar la luz una hora.
Y es ahí donde el contraste resulta inevitable.
Además, el argumento de que cientos de municipios se han adherido a la iniciativa tampoco parece especialmente sólido. En un país con miles de ayuntamientos, sumarse a una tendencia no convierte automáticamente la medida en estratégica. Más bien refuerza la idea de que estamos ante una acción de carácter general, fácilmente replicable y, sobre todo, de bajo coste político.
Eso sí, una medida exculpatoria. Para no sentirnos culpables del deterioro planetario que hacen otros y, lo que es peor, para que nadie nos acuse de querer acabar con el Planeta…
Vamos, venga ya…
Más que este gesto absurdo y súper dirigido por un progresismo rancio, muchos vecinos reclaman coherencia. Que el compromiso con el medio ambiente no se limite a campañas políticas planetaria sino que se traduzca en políticas locales constantes y medibles. Que se cuide lo cotidiano antes que lo simbólico.
Sumarse a La Hora del Planeta no es, en sí mismo, criticable. Lo discutible es convertirlo, como parece, en bandera mientras lo esencial sigue esperando.
Porque, al final, el medio ambiente no se defiende durante una hora.
Se gestiona los 365 días del año, alcaldesa.
Juan Manuel Sánchez






