Entre los presupuestos participativos del Ayto de Madrid y el “Habla con tu alcaldesa” del Ayto de Pozuelo hay una manera demasiado distinta de entender la política y la participación en ella

En estos tiempos en los que la participación ciudadana se invoca casi tanto como a la Virgen de la Cueva, conviene detenerse a observar cómo se materializa realmente eso de “escuchar a los vecinos”. Porque no es lo mismo abrir de par en par las puertas del Ayuntamiento que entreabrirlas con cita previa, lista de espera y aforo de merienda familiar.
Y es que, mientras el alcalde del Ayuntamiento de Madrid José Luis Martínez Almeida acaba de dar el pistoletazo de salida a una nueva edición de sus Presupuestos Participativos (50 millones de euros nada menos y no sacados del Remanente de Tesorería), la alcaldesa del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón Paloma Tejero sigue cultivando ese formato íntimo, casi de tertulia de mesa camilla con los pies en el brasero, y acaba de convocar su conocido “Habla con tu alcaldesa”.
Y, como al coincidir en el tiempo y mantener una diferencia de escala digna de estudio político-sociológico, creo que es un buen momento para comentar su analogías y diferencias.
En la villa y corte, cualquier vecino mayor de 16 años puede proponer ideas, apoyarlas, votarlas y, con algo de paciencia administrativa, verlas convertidas en parques, columpios o plazas remozadas.
Miles de personas participando, millones presupuestados y proyectos que, al menos sobre el papel, acaban ejecutándose. Democracia con hojas de cálculo, que diría un tecnócrata con vocación poética.
En nuestro querido Pozuelo de Alarcón, en cambio, la participación adopta un tono más recogido, más selecto. Diez vecinos por sesión. Ni uno más. Casi como una cena de Nochevieja familiar y previa petición con lo que cabe la sospecha de que los protestones que no vengan.
Y luego, bien seleccionaditos, son escuchados por la alcaldesa Tejero escucha en primera persona con sus sugerencias y preocupaciones en encuentros que, sin duda, resultan cercanos y humanos. Y eso está bien.
Mucho mejor hablar uno contra uno que no hablar, dónde va a parar.
Pero claro, cuando uno compara el auditorio de masas madrileño con el reservado pozuelero, surge inevitable la pregunta:
¿Lo nuestro es participación ciudadana… o participación con invitación si eres buen chico?
No sé, pregunto.
Porque en Madrid los números se publican, los proyectos se cuentan y las ejecuciones se presumen. Hay transparencia, seguimiento y hasta estadísticas que hacen las delicias de cualquier amante del dato municipal.
En Pozuelo, en cambio, el vecino sale de la reunión con la satisfacción del deber conversado, pero sin demasiadas certezas sobre qué ocurrirá después con lo hablado. Una especie de democracia de confianza: Usted cuente que ya veremos luego si hay pasta para llevar a cabo su queja…
No se trata de negar el valor del trato directo. Al contrario ya que poder mirar a los responsables públicos a los ojos debería ser asignatura obligatoria en cualquier ayuntamiento que se precie. Pero cuando el acceso se limita a grupos tan reducidos, la participación corre el riesgo de convertirse en una experiencia casi VIP, más cercana a un club social que a un proceso colectivo.
Es el mundo político al revés ya que en Madrid son ideas y en Pozuelo son quejas. Aunque quizá la lección no sea elegir entre un modelo u otro, sino combinar lo mejor de ambos: la amplitud, la transparencia y el presupuesto real de Madrid con la cercanía personal de Pozuelo. Democracia con abrazo pero también con convocatoria abierta.
Mientras tanto, el vecino pozuelero seguirá afinando su solicitud para ver si consigue silla en la próxima charla municipal del próximo 24 (solo si vive la Zona Centro y Avenida de Europa), y el madrileño seguirá votando abiertamente sea del barrio que sea.
Cosas de la participación moderna.
Aunque, en esta pequeña diferencia cabe, probablemente, toda una filosofía de ciudad.
Juan Manuel Sánchez






