El Pueblo Existe denuncia que, en 2026, o el Gobierno cambia el rumbo y lo hace para el vecino o el distanciamiento con el pueblo será irreversible en las próximas elecciones locales

Pozuelo de Alarcón no tiene un problema de dinero, ni de recursos, ni de talento técnico. Tiene un problema político y de actitud. Un problema de desconexión con la calle, de soberbia institucional y de una forma de gobernar que confunde propaganda con gestión y mayoría absoluta con cheque en blanco.
Los años 2024 y 2025 dibujan un patrón claro y preocupante: un Ayuntamiento más preocupado por el relato que por la realidad, más cómodo en la foto que en el diálogo, y cada vez más alejado del vecino común.
Si 2026 no supone un giro radical, Pozuelo no avanzará: se estancará envuelto en marketing.
- Inseguridad: negar el problema no lo hace desaparecer
La inseguridad no es una “sensación”, es una realidad que se vive en comercios, urbanizaciones y calles del centro. Robos, vandalismo y falta de presencia policial efectiva mientras el Ayuntamiento vende planes grandilocuentes y estadísticas autocomplacientes.
Menos notas de prensa y más patrullas.
Menos excusas y más resultados.
Un municipio con el presupuesto de Pozuelo no puede permitirse que sus vecinos tengan miedo o desconfianza, y mucho menos que se les trate de exagerados cuando denuncian lo evidente.
- Un Ayuntamiento que no escucha… y que ya ni disimula
Uno de los reproches más reiterados es la ausencia total de escucha real.
Reuniones tardías, decisiones cerradas, participación de escaparate y una alcaldía que confunde autoridad con imposición.
El contraste con otros municipios gobernados por el mismo partido es demoledor: el problema no es el color político, es el estilo. Gobernar Pozuelo como si fuera una empresa privada —donde el vecino solo paga y calla— es un error grave que en 2026 debería corregirse o tendrá consecuencias políticas inevitables.
- Propaganda, propaganda y más propaganda
Asfaltados vendidos como hitos históricos.
Resúmenes de legislatura que parecen anuncios de agencia.
Obras básicas presentadas como milagros.
Pozuelo no necesita que le cuenten lo bien que se gobierna: necesita que se gobierne bien. La obsesión por el marketing ha sustituido a la rendición de cuentas, y eso genera desconfianza, hastío y una creciente sensación de tomadura de pelo.
- Fiestas sin alma y eventos sin pueblo
Las fiestas patronales, han perdido su esencia: precios altos, escasa participación vecinal y exceso de postureo institucional.
Cuando el pueblo deja de sentirse protagonista y pasa a ser mero espectador —o cliente— algo falla. La cultura popular no se externaliza sin coste: se vacía.
En 2026, o se recuperan las fiestas como espacios del pueblo, o seguirán siendo actos fríos pensados más para el cargo público que para el vecino.
- Multas, tasas y sensación recaudatoria
La gestión de la movilidad y de la Policía Municipal ha cruzado una línea peligrosa: la percepción de afán recaudatorio. Multas en zonas escolares, falta de pedagogía y cero empatías con familias que solo intentan llegar al colegio.
Lo mismo ocurre con la tasa de basuras: mal explicada, mal defendida y digerida. No basta con imponer; hay que convencer, explicar y escuchar. Justo lo que no se ha hecho.
- Contratación pública: demasiadas sombras para mirar a otro lado
Repetición de adjudicatarios, poca competencia real y sensación de “siempre los mismos”. Aunque todo sea “legal”, no todo es ético ni políticamente sano.
Pozuelo debería ser ejemplo de transparencia extrema. En lugar de eso, acumula sospechas, malestar y preguntas sin respuesta.
- Comunicación institucional: cuando el problema tiene nombre y cargo
Si hay una figura especialmente señalada por vecinos, colectivos y medios locales, es el director de Comunicación del Ayuntamiento. No por discreción —que sería lo deseable— sino por todo lo contrario: por haber convertido la comunicación municipal en propaganda burda, confrontación innecesaria y autobombo constante.
Bajo su dirección, la comunicación institucional ha dejado de informar para intentar moldear la realidad, negar críticas legítimas y desacreditar a quien no aplaude. Notas de prensa triunfalistas, ausencia de autocrítica, silencios selectivos y una estrategia basada más en el ataque que en la transparencia han deteriorado gravemente la relación entre el Ayuntamiento y parte de la ciudadanía.
El resultado es evidente:
- Vecinos críticos caricaturizados o ignorados.
- Una imagen institucional más preocupada por proteger al equipo de gobierno que por servir al interés público.
En 2026, Pozuelo necesita un giro radical también en este ámbito. La comunicación municipal no es un escudo personal ni una herramienta partidista: es un servicio público. Mientras siga en manos de quien confunde comunicar con manipular, el Ayuntamiento seguirá alimentando desconfianza, crispación y descrédito.
Porque cuando la comunicación falla de forma tan reiterada, el problema no es el mensaje: es quien lo dirige.
- Navidad sin alma: una decoración pobre y una Cabalgata que olvidó al pueblo
La Navidad en Pozuelo debería ser un orgullo y un punto de encuentro vecinal. Sin embargo, en los últimos años se ha convertido en una oportunidad desperdiciada. Decoración escasa, poco imaginativa y muy por debajo de lo que cabría esperar en uno de los municipios más ricos de España. Calles apagadas, plazas sin vida y una programación navideña incapaz de generar ilusión más allá de actos puntuales y deslavazados.
La Plaza del Padre Vallet, corazón histórico del municipio, ha pasado de ser epicentro de la Navidad a un espacio infrautilizado, sin actividades continuadas ni ambiente familiar real. Falta presencia, falta creatividad y, sobre todo, falta voluntad de convertir la Navidad en un proyecto de pueblo y no en un simple expediente administrativo.
Pero el símbolo más claro del desarraigo ha sido la Cabalgata de Reyes. Sacarla del centro y evitar que termine en el pueblo ha supuesto romper una tradición profundamente arraigada. La Cabalgata no es un desfile cualquiera: es memoria, identidad y emoción compartida. Tiene que volver a terminar en el pueblo, en su plaza, con los niños, las familias y los vecinos como protagonistas, no como figurantes desplazados.
En 2026, Pozuelo debe decidir qué quiere ser:
o un municipio frío, funcional y sin alma,
o un pueblo vivo que cuida sus tradiciones y entiende que la Navidad no se externaliza ni se improvisa.
Porque cuando ni siquiera la Navidad consigue unir al pueblo, el problema ya no es estético: es político y cultural.
Conclusión: 2026 es el año del punto de no retorno
Pozuelo de Alarcón no está mal gestionado por falta de medios, sino por exceso de autocomplacencia. Si el Ayuntamiento no cambia el rumbo en 2026 —más humildad, más calle, menos propaganda— el distanciamiento con el vecino será irreversible en las próximas elecciones municipales.
Carlos Lázaro, El Pueblo Existe






