Las Viviendas Coca de la Piñera, esa especie de símbolo que gritaba a los 4 vientos que existía otro Pozuelo dentro del Gran Pozuelo, siguen “muertas” pese a la venta adanista de Tejero

Ayer pasé junto a lo que ya es un solar en el que estaban las Viviendas Públicas Fernando Coca de la Piñera… No hay nada. Apenas una casetita en la que el guarda puede hacer sus aguas menores y mayores, que se decía antes.
Bueno, miento, al fondo sí está el edificio Tipo RDA que construyó la olvidable Susana Pérez Quislant con todas las dudas legales del mundo porque, y aquí lo denunciamos, presuntamente no contaba con la autorización de la Confederación Hidrográfica del Tajo (CHT)… Pero de eso ya hablamos muchas veces.
Ahora, las preguntas son:
¿Qué está pasando con las Viviendas Públicas Fernando Coca de la Piñera en el barrio de la Estación?
¿Por qué no se inician las obras que tanto se anunciaron a bombo y platillo?
¿Dónde está el proyecto que iba a devolver la dignidad a esa esquina tan singular y querida de Pozuelo?
Las Viviendas Coca (como siempre las ha llamado el pueblo) no son un conjunto cualquiera. Fueron, desde su construcción en los años sesenta del siglo pasado, un símbolo. Un grito silencioso que recordaba que dentro del gran y reluciente Pozuelo de Alarcón existía otro Pozuelo: el de la gente trabajadora, el de los que no salen en las revistas, el de los que hicieron de ese barrio una comunidad real.
Una seña de identidad.

Con los años, aquellos bloques envejecieron mal. La aluminosis los condenó y hubo que derribarlos. El primero cayó junto al Arroyo Pozuelo, y en su lugar se levantó otro edificio con dudas más que razonables sobre su legalidad, como he dicho más arriba.
Esas queridas viviendas pasaron muchas vicisitudes. Tantas que durante muchos años, los sucesivos Gobiernos las olvidaron. Solo daban problemas. Susana Pérez Quislant, incluso, quiso vendérselas a los inquilinos.
Hasta que llegó Paloma Tejero, en plan adanista —como si antes de ella Pozuelo no existiera el problema—, para anunciar en 2023 que iba a derribar los dos edificios restantes y construir viviendas nuevas “para jóvenes, de alquiler asequible”. Y no contenta con eso, prometió iban a tener hasta piscina. Piscina Natural, claro, porque el arroyo pasa al lado. Una ocurrencia de pijas, muy de PowerPoint y de poca de expediente técnico.
El caso es que, como el Ayuntamiento no tiene dinero para vivienda pública, se inventaron una fórmula: concesiones demaniales de la parcela por 45 años. Una parcela que tiene nada menos que 6.717 metros cuadrados para que empresas privadas construyeran y gestionaran esos pisos “asequibles”. La chorrada de la colaboración público-privada que tantas sospechas levanta.
Se adjudicó a INMO REAL ESTATE, S.L., empresa a la que hubo que autorizarle una hipoteca sobre dicha concesión demanial y se cantó victoria. Todo perfecto, sobre el papel.

En julio pasado, la alcaldesa Tejero presumió de estar ya derribando los dos edificios que quedaban en pie y que las obras comenzarían “de inmediato”.
Pues bien: estamos en noviembre y allí no se mueve ni una piedra. Eso sí, lo único que hay son carteles municipales anunciando —una vez más— que “aquí se construirán viviendas públicas para jóvenes”. Como si en el barrio nadie lo supiera desde hace sesenta años son terrenos para viviendas públicas. Hay seis ó siete carteles. Que no nos falte de nada.

Pero ¿qué está pasando para que el proyecto no eche a andar?
Todo apunta a lo de siempre: La Confederación Hidrográfica del Tajo no ha dado su autorización porque el Ayuntamiento no ha cumplido con los requisitos técnicos de sus informes. Y lo grave es que la alcaldesa Tejero no puede alegar ignorancia. Esos informes datan de su etapa como concejal de Urbanizaciones y Patrimonio durante el mandato de Quislant.
Así que no vale echar balones fuera. Lo que hay aquí es otro desastre adanista de forasteras que llegan a Pozuelo creyendo que la historia empieza cuando ellas pisan el despacho.
Pero el barrio de la Estación tiene memoria, y también dignidad.
Porque, mientras los carteles presumen de futuro, los vecinos siguen mirando un solar vacío que fue hogar, símbolo y esperanza.
Y cada día que pasa sin que empiecen las obras, crece la sensación de que el Gobierno de Pozuelo vuelve a olvidarse de los suyos.
Otra vez.
Juan Manuel Sánchez






