El Fantasma de don Agustín comenta la prepotencia de los gobernantes que no aceptan las críticas como Sánchez ante los silbidos del desfile o el silencio que Quislant exige aquí

Visto lo visto y oído lo oído, empieza uno a tener la impresión de que lo de criticar la labor de los que gobiernan se está poniendo, no ya difícil, si no casi imposible.
No plegarse a las consignas que se imparten desde el pedestal del poder, atreverse a discrepar acerca de las medidas adoptadas o emitir una opinión contraria a la oficial, le pueden llevar al más pintado a ser acusado de desafección.
En mi ignorancia, había llegado a pensar que los tiempos, en los que uno podía ser clasificado como “afecto” o “desafecto”, eran ya cosa que, felizmente, pertenecía a un oscuro pasado. Pero me equivocaba, porque todo, incluso lo malo, puede volver.
Aceptar la crítica es un ejercicio saludable porque puede llevarnos a ver la realidad con los ojos del otro, a hacernos reflexionar sobre nuestras actuaciones y a ponerlas, aunque solo sea por un momento, en duda.
Únicamente cuando uno está instalado en una torpe prepotencia, cuando uno se halla “pagado de sí mismo”, se resiste a escuchar las voces críticas, hace todo lo posible y lo imposible para que no se produzcan y, si al final llegan, la única respuesta que se le ocurre es descalificar a quienes las emiten.
Lo que sucedió el pasado día doce en Paseo de la Castellana, con ocasión del desfile de la Fiesta Nacional, y la posterior interpretación que, de los hechos, hizo el presidente del gobierno en el Congreso de los Diputados, representa un claro ejemplo de cuánto les digo.
Ir por ese camino es malo. Muy malo porque puede conducir a dividir a la sociedad en dos partes: los que están conmigo y los que están contra mí.
Y, que quieren que les diga, esa situación, lamentablemente, no nos trae buenos recuerdos.
Ya les decía al principio que esto de hacer la crítica, tanto de los de que gobiernan como de y la gestión que realizan, se está poniendo difícil porque en todos los lados cuecen habas y en algún sitio, como sucede en esta villa, “a calderadas”.
Plegarse al poder siempre resulta cómodo y, además, se pueden obtener beneficios. Es más rentable mostrarse complaciente en público para luego, hacer las críticas en privado.
Y así, la vida política municipal transcurre prácticamente sin sobresaltos. Apenas se escucha alguna voz disonante. Todo parece ir muy bien, sin sobresaltos.
Pudiera dar la impresión de que todo el mundo está conforme, aunque, la triste realidad, son muy pocos los que están satisfechos y contentos.
En Pozuelo, parece como si tuviésemos la paz de los cementerios.
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”






