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Valientes españolas olvidadas
Portada›Valientes españolas olvidadas›María la Bailaora, la única mujer que combatió en la Batalla de Lepanto mostrando, además, una gran destreza con el arcabuz y la espada en la lucha cuerpo a cuerpo

María la Bailaora, la única mujer que combatió en la Batalla de Lepanto mostrando, además, una gran destreza con el arcabuz y la espada en la lucha cuerpo a cuerpo

By Capitán Possuelo
24/12/2020
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La mayor parte de los turcos fueron muertos y despedazados por los mosquetes, arcabuces y espadas. Y esto no solo lo hicieron ellos como suelen, pero mujer española hubo que fue María llamada la Bailadora que, desnudándose del hábito y natural temor femenino, peleó con un arcabuz con tanto esfuerzo y destreza, que a muchos turcos costó la vida, y venida a afrontarse con uno de ellos lo mató a cuchilladas.

María es un personaje real, la única mujer que combatió junto a otros miles de soldados en la Batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, en las filas de la Armada de la Santa Liga. La historia de su participación está recogida por el soldado, combatiente y testigo de sus acciones, Marco Antonio Arroyo en su escrito “Relación del Progreso de la Armada de la Santa Liga”, publicado en Milán el año 1576.

Nada se sabe de su historia anterior, se cree que era la mujer de un de los soldados del Tercio de Lope de Figueroa que, por acompañar a su amante, se alisto en el citado tercio como arcabucero sin revelar nunca su verdadera condición femenina.

Logró burlar la prohibición ordenada por el Juan de Austria de no embarcar mujeres ni gente inútil en la flota. Su Tercio fue destinado como guarnición de la galera Real, buque insignia de la Armada de la Santa Liga.

Lo que significaba un combate naval en la época, y del valor que había que tener para afrontarlo, buenas son las palabras que usa Miguel de Cervantes en El Quijote: “ Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos pasos de tabla del espolón, y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que es más de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta el fin del mundo, cuanto otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra”.

María usaba el arcabuz, un arma de fuego de avancarga, de calibre liso y llave de mecha, con, aproximadamente, un metro y medio de longitud y unos 5 kilos. Disparaba balas de plomo con un peso de unos 20 gramos, su alcance efectivo era de unos 50 metros, distancia a la que podía traspasar una armadura por lo que su empleo se reducía a distancia cortas. Su uso requería bastante destreza para manejarlo con eficacia. Como era habitual en su profesión, María, además, iría armada con una espada ropera y una daga de misericordia o de mano izquierda.

La batalla de Lepanto fue una de las mayores batallas navales llevadas a cabo en el Mediterráneo. Durante el combate se vieron involucrados unos cuatrocientos barcos, la mayoría galeras, en una batalla decisiva para determinar el dominio del mar cuya navegación estaba siendo acosada por los corsarios berberiscos al servicio de los turcos.

Fue una batalla que enfrentó a los potencias mundiales de la época: por un lado, el imperio Otomano y por otro, la Santa Liga formada por España, Venecia y el Papado. La flota cristiana se componía de unas 200 naves, casi todas galeras, con unos 30.000 marineros y algo más de 20.000 soldados de los cuales unos 14.000 eran españoles. La flota enemiga la componían 290 naves y unos 40.000 soldados.

La victoria de la Santa Liga fue total. Las perdidas cristianas fueron de 40 naves y unos 7.500 hombre frente a las 190 naves y unos 30.000 hombres de la flota otomana. La victoria impidió la progresión turca por Centroeuropa.

Nuestra heroína combatió en la nave capitana de la flota cristiana, la Galera Real, donde estaba embarcado el Capitán General de Armada, D. Juan de Austria. La Real combatió con la galera capitana de la flota enemiga, la Sultana, mandada por el almirante jefe de la flota Alí Pachá. Ambas naves tenían unas dimensiones parecidas y con una dotación semejante. La cristiana con una guarnición formada por los mejores soldados españoles de los tercios y la turca con los mejores del imperio, los temibles jenízaros.

Ambas galeras capitanas, que formaban en el centro de cada flota, se buscaron la una a la otra y se trabaron en un terrible combate, combate decisivo para el resultado de la batalla.

Por entonces, los combates navales se desarrollaban prácticamente al abordaje. Después de unos disparos de cañón iniciales, las naves usaban su espolón para trabarse entre sí e inmovilizar a la contraria de forma que el combate se llevase a cabo entre las guarniciones de ambas naves.

A partir de la inmovilización, los soldados de marina empleaban sus armas de fuego a corta distancia y saltaban a la cubierta de la nave enemiga a través los espolones de proa en un terrible combate de infantería que se desarrollaba sobre unas superficies pequeñas, de algunos palmos de anchura, en continuo movimiento por efectos de las olas y con el riesgo añadido de caer al mar y ahogarse con el peso de la armadura.

La Sultana embistió con su espolón a la Real penetrando hasta el cuarto banco de remos, quedando trabadas las dos galeras y constituyendo un inestable campo de batalla. El flujo y reflujo del combate llevó a los cristianos varias veces hasta el centro de la nave enemiga, pero las galeras que guardaban la popa de cada capitana aportaban un continuo reemplazo de las bajas. Refuerzos que hacía retroceder a los atacantes y volver a su nave, pasando de una situación de asaltante a otra inmediata de defensa desesperada de su nave.

Por dos veces los cristianos llagaron hasta el palo mayor de la Sultana y otras tantas tuvieron que retroceder, llegando los turcos a pasar el palo de trinquete en su ataque a la Real. Era un momento desesperado, pero la oportuna llegada en su ayuda de la galera de Álvaro de Bazán, que envió 200 hombres frescos de refuerzo a la capitana, salvó la situación. Con su ayuda, la guarnición volvió a cargar contra los enemigos haciendo que estos retrocedieran hasta su nave, mataron al almirante turco Ali Pacha, tomaron la Sultana, arriaron el estandarte turco y consiguiendo la victoria.

En medio de tan mortal combate se destacó María:” en la primera fila se encontraba un joven espadachín, capaz y valiente, pero casi todos, incluido Juan de Austria, sabían que era una mujer, una joven andaluza llamada María que había abordado, con el permiso de Lope de Figueroa, siguiendo a su amante”.

De ella, el soldado y testigo de la batalla, Marco Antonio Arroyo, menciona a María en estos términos: “Mujer española hubo, que fue María, llamada la bailadora, que, desnudándose del hábito y natural temor femenino, peleó con un arcabuz con tanto esfuerzo y destreza, que a muchos turcos costó la vida, y venida a afrontarse con uno de ellos, lo mató a cuchilladas. Por lo cual, ultra Don Juan le hizo particularmente merced, le concedió que de allí adelante tuviese plaza entre los soldados, como la tuvo en el tercio de Lope de Figueroa.”

Por su valor notorio en el asalto a la Sultana, María, a pesar de ser mujer, se ganó el respeto de la tripulación y fue licenciada con honores por Juan de Austria quien premió su comportamiento concediéndole una plaza en el tercio de Lope de Figueroa con el sueldo de arcabucero de por vida.

Esta es la historia de otra de las valientes mujeres españolas, capaces de hacer lo imposible por amor y en defensa de su patria.

 

Joaquín de la Santa Cinta; historiador. Autor de «50 héroes españoles olvidados»

 

Para saber más:

  • Marco Antonio Arroyo. Relación del Progreso de la Armada de la Santa Liga. Universidad de Granada.
  • Luis Coloma S.J. Lepanto. Revista del Colegio del Rosario.
  • Miguel de Cervantes (1547-1616). Suplemento de la Revista General de marina, mayo de 2016.
  • Performatividad y género en La Otra mano de Lepanto. Elizabeth Montes Garcés. Universidad de Calgary, Alberta, Canadá.
  • Batalla de Lepanto. Instituto de Historia y Cultura Naval.
  • William Napier. Clash of Empires: The red Sea.
  • Jack Beeching. The Galleys at Lepanto.
  • Carmen Boullosa. La otra mano de Lepanto.
  • Internet
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