María López de Mendoza y Pacheco (La Leona de Castilla) fue la valiente mujer de Juan de Padilla, líder del movimiento Comunero Castellano, que luchó en defensa del honor de su marido

En la madrugada del día 23 de abril de 1521, en las eras de Villalar, las tropas reales derrotaron al ejercito Comunero mandado por el toledano Juan de Padilla, esposo de María Pacheco, nombre con el que es conocida nuestra heroína. Juzgado en consejo de guerra sumarísimo, los tres líderes: Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron condenados a muerte y decapitados en el mismo escenario de la batalla.
Pocos días más tarde, las noticias del desastre de Villalar se fueron extendiendo por Toledo y llegaron a oídos de los dos principales líderes de la ciudad, el obispo de Zamora Antonio Osorio de Acuña y la esposa de Padilla, María Pacheco.
Antes las noticias de la derrota, las ciudades comuneras fueron rindiendo según el ejército real avanza hacia el sur. A primeros de mayo solo quedan dos ciudades rebeldes: Madrid y Toledo. Desde Toledo se enviaron mensajeros a las ciudades comprometidas para conocer el alcance de la derrota, finalmente se confirman las malas noticias y, rendida Madrid, queda Toledo como único foco rebelde hacia la que se dirige el ejercito real.
En este critico momento, María Pacheco no se amilana, se traslada a vivir al alcázar y comienza a preparar la defensa de la ciudad.
María López de Mendoza y Pacheco, conocida como María Pacheco al adoptar el apellido de su madre para diferenciarse de dos de sus hermanas llamadas también María de Mendoza. Fue la séptima hija de Iñigo López de Mendoza y Quiñones (II conde de Tendilla, I marqués de Mondéjar, conocido como Gran Tendilla, nombrado por los Reyes Católicos alcalde perpetuo de la Alhambra) y de Francisca Pacheco (hermana del II marqués de Villena). Nació en Granada en 1497 y tuvo siete hermanos, algunos de ellos personajes famosos en la historia de España.
Educada en la corte de su padre, foco de cultura renacentista, María fue una mujer muy culta, hablaba griego y latín y tenía buenos conocimientos de matemáticas, poesía e historia.
Como mujer de su tiempo, y de su clase, su matrimonio fue arreglado por su padres y María cumplió con los deberes de las mujeres nobles para con su familia, servir de pieza valiosa para formar alianza que aumentaron el poder de los suyos y la red de influencias de la familia de los Mendoza.
Así, en 1511 con 15 años, se casó con el hidalgo toledano Juan de Padilla, de un rango social muy inferior al suyo. Parece ser que la boda no fue de su agrado, pero cumplió con su deber como buena hija. Como dote le fue asignada la cantidad de cuatro millones y medio de maravedíes con la condición de renunciar a la herencia paterna.
El matrimonio se instaló en Granada donde tuvieron su primer hijo, hijo malogrado al morir cuando era un niño.
Por entonces, había muerto Fernando el Católico y como nuevo rey de Castilla fue nombrado el infante Carlos. Considerando su minoría de edad, y el hecho de encontrarse en los Países Bajos, hizo necesario el nombramiento de un regente, el cardenal Cisneros, hasta que pudiera reinar como Carlos I.
En septiembre de 1517, Carlos desembarcó en Asturias y, en febrero de 1518, fue jurado como Rey, junto a su madre Juana I, por las Cortes Castellanas reunidas en Valladolid. Este último año, el matrimonio Padilla trasladó su domicilio a Toledo, Juan sucedió a su padre en el cargo de capitán de las gentes de armas de Toledo.
Carlos I llegó a Castilla rodeado de consejeros flamencos que ocuparon los puesto de mando y privilegio en detrimento de los castellanos.
Con la muerte de su abuelo paterno, el emperador del Sacro Imperio Romano germánico Maximiliano I de Habsburgo, quedó vacante la sede del Imperio y Carlos era uno de los aspirantes a sucederle. Pero el cargo de Emperador no era hereditario, era elegido por un colegio electoral formado por siete príncipes electores, electores a los que había que convencer de las bondades, en nuestro caso, de Carlos en comparación con el resto de los candidatos, y para ello hacían faltan enormes cantidades de dinero. Dinero que Carlos pidió, y obtuvo, de las Cortes de Castilla reunidas en La Coruña.
Cuando Carlos se desplazó a Alemania a recibir la corona imperial, nombró regente de Castilla al cardenal Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI). La situación fue muy mal recibida por los castellanos que entendieron que el rey prefería defender sus intereses alemanes frente a los castellanos. Se recaudaba el dinero exprimiendo a los pecheros castellanos y se gastaba en negocios donde los castellanos no tenían ningún interés.
El descontento se extendió como la pólvora por Castilla y en 1520 se inició el Movimiento Comunero en las principales ciudades castellanas encabezado por Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.
Como no podía ser menos, María apoyó los intereses de su esposo, ayudando y colaborando con él, quien llegó a ser nombrado jefe de las fuerzas comuneras.
En ausencia de Padilla por necesidades militares, Toledo se gobernaba conjuntamente por María y por el obispo de Zamora Antonio Osorio de Acuña. Después de la muerte de Padilla, cuando Toledo se quedó sola en la defensa del ideal comunero, María lideró la defensa frente al ejército real.
Su colaborador, el obispo Acuña, huyó abandonando Toledo a finales de mayo con la intención de refugiarse en Francia. Capturado por las tropas reales, fue juzgado y ejecutado en Simancas en 1526.
Atrincherada en el alcázar, la defensa de Toledo la lideró María con tanto coraje como el mejor de los capitanes, sin vacilar en la toma de las decisiones necesarias y sin desalentarse por los reveses que sufrían ante el ejercito real.
En defensa del honor de su marido, de la justicia de su causa y del patrimonio de su hijo, esta mujer consiguió galvanizar el ánimo de los toledanos que vieron en ella: la decisión, la voluntad, el ánimo y la capacidad de seguir defendiendo las ideas comuneras.
Fue una mujer que traspasó las fronteras de su género en defensa de sus ideales haciendo aquello que consideraba correcto, aunque no fuera propio de una mujer de su época. Como la historia la escriben los vencedores: fue vilipendiada, tachada de bruja, excluida del perdón, etc., pero fue una mujer viuda que, desamparada y sin más autoridad que la que supo ganarse con su espíritu indomables, conquistó el amor y el respeto de los toledanos en defensa de sus ideales.
De mayo a octubre, María organizó la defensa de la ciudad como única autoridad, nombrando a los funcionarios, imponiendo y recaudando nuevos impuestos y, en general, ordenando todo aquello necesario para llevar a cabo una defensa eficaz.
La defensa era dura, y difícil. El ejército real apretaba el cerco tan cerca de las murallas que empezó a bombardear la ciudad. María contaba con algunas ventajas, el ejército sitiador no podía cerrar el cerco por falta de efectivos, había tenido que dividirse para frenar la invasión francesa en Navarra y para sofocar la rebelión de las germanías en Valencia y Baleares.
Se hicieron varios intentos de alcanzar la paz: algunos, por los caballeros más templados desde el interior, frustrados por la acción popular; y otros, desde el exterior como el protagonizado por el Marqués de Villena, tío de María, igualmente frustrado.
Los contendientes arrasaron los campos en los alrededores de la ciudad dificultando los suministros a ambos bandos y haciendo, más más, difícil la vida a ambos bandos.
La situación en la ciudad se iba haciendo cada vez más crítica: el ambiente se estaba haciendo irrespirable para los partidarios de continuar la lucha; las salidas en busca de alimentos tenían que ser hechas durante más tiempo, a lugares más lejano y, en consecuencias, eran más peligrosas. Una de ellas, llevada a cabo el día 16 de octubre, derivó en una batalla campal a las puertas de la ciudad que fue ganada por los sitiadores y que llevó a María a iniciar las negociaciones para una honrosa capitulación.
Las conversaciones fueron bien acogidas por los sitiadores preocupados por la invasión francesa. Se llegó a un acuerdo, el llamado de Sisla por haberse conseguido en el monasterio toledano de Santa María de Sisla, el 25 de octubre de 1521. El último día de octubre, los comuneros evacuaron el alcázar, pero conservaron sus armas y el control parcial de la ciudad, aparentemente los realistas y comuneros vivían en paz en ella.
La incapacidad del ejército real de luchar en dos frente hacía necesario cerrar uno a la mayor brevedad posible. Esto condicionó el acuerdo logrado en Sisla, favoreciendo los intereses de los Comuneros que lograran un buen acuerdo, aunque frágil e inestables por que debía ser aprobado por el Emperador. Evidentemente el acuerdo no gustó a las autoridades reales y la situación se dejó estar mientras se rechazaban los ataques franceses.
Las condiciones del acuerdo permitían: el perdón de todos los vecinos excepto aquellos habían ejercido alguna responsabilidad; la ciudad conservaba sus títulos honoríficos, privilegios y libertades, aunque se nombraba un nuevo corregidor y nuevas autoridades reales. A María se le prometió que, aunque Padilla no podía ser perdonado, se le permitiría trasladar el cadáver de su marido a Toledo, mantener el patrimonio para su hijo y seguir viviendo en la ciudad.
Cuando la amenaza francesa disminuyó, la situación sufrió un drástico cambio: las autoridades reales terminaron con el trato generoso a los comuneros, ordenaron revisar el acuerdo de paz, lo declararon inadmisible e incluso llegaron a plantearse exigir una rendición incondicional.
Al descontento por los cambios en el acuerdo, junto a la represión que esa mismas autoridades reales llevaron a cabo, dio lugar a un grave deterioro de la convivencia en la ciudad, aumentando el descontento, la desconfianza y dando lugar a continuos alborotos.
La situación estalló en la madrugada del día 3 de febrero de 1522, el día de San Blas. El tumulto tuvo que ser sofocado por el ejército real y María se vio obligada a abandonar Toledo de noche y disfrazada.
Con la ayuda de sus familiares consiguió llegar a Portugal. Le fueron confiscados todos sus bienes y derribada la casa de Juan de Padilla.
El emperador Carlos I concedió un perdón general en octubre de 1522 del que exceptuó a 20 personas, entre ellas a María, condenada a muerte en rebeldía en 1524.
Pese a las continuas reclamaciones de extradición a Castilla, el rey de Portugal Juan III se negó a concederla. Vivió refugiada, con la ayuda de los obispos de Braga y Oporto, hasta su muerte en 1531. Nunca solicitó el perdón real.
A pesar de los intentos de sus hermanos, altos funcionarios de la Corte, no logró el perdón real.
Según su capellán: “dejó mandado en su testamento que, pues la majestad de César no le diera licencia para ir a vivir a acabar la vida en Villalar, adonde está sepultado el cuerpo de Juan de Padilla, su marido, que enterrasen su cuerpo en la Seo de Porto, delante el altar de San Hierónymo, que está detrás de la capilla mayor, y , comido el cuerpo, llevasen sus huesos a sepultar con los de su marido en la dicha villa de Villar donde yace”. Hasta esta última voluntad le fue negada y sus restos siguen enterrados en la catedral de Oporto.
La Comunidad Castellana desapareció con la última revuelta de Toledo, María Pacheco desapareció como líder y mujer, pero nació como leyenda, la leyenda de: La Leona de Castilla, Brava Hembra, Centella de Fuego y Último Comunero.
Su hermano menor, el poeta Diego Hurtado de Mendoza, escribió el epitafio:
“Si preguntas mi nombre, fue María,
Si mi tierra, Granada; mi apellido
De Pacheco y Mendoza, conocido
El uno y el otro más que el claro día
Si mi vida, seguir a mi marido:
Mi muerte en la opinión que él sostenía
España te dirá mi cualidad
Que nunca niega España la verdad
Joaquín de la Santa Cinta, historiador. Autor de «50 héroes españoles olvidados»
Para saber más:
- Diccionario Biográfico. Real Academia de la Historia.
- Las mujeres cuando en las cosas de la guerra se ponen. Esperanza Mó Romero. Universidad Autónoma de Madrid. Facultad de Filosofía y Letras. Departamento de Historia Moderna.
- Comunidad, Patria y Nación como fuentes de la legitimidad política en las Comunidades de Castilla (150/1521). Mateo Ballester rodríguez. Universidad Complutense de Madrid.
- Toledo en las Comunidades de Castilla. Fernando Martínez Gil. Temas Toledanos. Diputación Provincial de Toledo.
- Leyendas de Toledo. Carlos Dueñas Rey.
- La viuda de Padilla. Francisco Martínez de la Rosa. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- La importancia de la guerra de las Comunidades en Castilla y León a través de una propuesta didáctica. Trabajo de fin de grado. Alberto Juan Pérez Herrero y Olatz Villanueva Zubizarreta. Escuela Universitaria de Educación de Palencia. Universidad de Valladolid.






