Consideraciones a favor de las donaciones a Sanidad, terciando en el debate ocasionado por las llevadas a cabo recientemente: Toda ayuda es poca. Un artículo del doctor Juan José Granizo

Peter Pan es un conocidísimo personaje de ficción creado por el escocés James Matthew Barrie a principios del siglo XX.
Lo que muy pocos saben es que entre las proezas de Peter Pan figura haber dotado al hospital público infantil Great Ormond Street de Londres del mejor equipamiento tecnológico de todo el Reino Unido.
En 1929, Barrie cedió todos los derechos de Peter Pan al hospital, posiblemente influenciado por la muerte de uno de sus hermanos ocurrida cuando él contaba con solo 6 años de edad. Gracias a ello, el centro ha adquirido un aparataje muy por encima de la media de los hospitales británicos de su nivel.
En el Reino Unido, han sido y son muy frecuentes las donaciones particulares al sistema sanitario público.
Pero también en el nuestro. Hubo en tiempo en el que las personas consideraban un orgullo que el consultorio de su pueblo se construyera en un solar de su propiedad, o que se hiciera un aparcamiento para el hospital en su prado.
En mi época de residente en la Paz, hace ya unos años, más de la mitad de los aparatos que empleaban los laboratorios habían sido donados o estaban en préstamo por la industria electromédica, que bien es verdad que ya se sacaba lo suyo por otro lado.
Pero lo cierto es que aquella administración sanitaria que nos racaneaba la compra de un equipo no ponía ningún impedimento para gestionar su mantenimiento y gracias a ello, se hicieron no pocas cosas.
Podría escribir un libro con más ejemplos de donaciones del sector privado: ambulancias, libros para las bibliotecas hospitalarias, ropa de bebé para los niños que se dan en adopción o para madres que no tienen recursos, mejoras en las instalaciones de pediatría hospitalarias que han contribuido a humanizar la asistencia creando salas de juegos o poniendo una decoración infantil que ayude a olvidar que aquello es, a pesar de todo, un hospital.
Hace poco se donaron unos coches para que los críos puedan ir a quirófano conduciendo un Ferrari rojo reduciendo la ansiedad antes de la cirugía.
En el norte de España hay una ciudad cuyo hospital tiene, año tras año, el apoyo una importante fundación vinculada a esa ciudad.
Las donaciones no llegan solo a infraestructuras o bienes inventariables. También llegan a niveles asistenciales donde la sanidad pública no ha llegado todavía o lo hace de manera deficiente: es el caso de tantos programas de la Asociación Española Contra el Cáncer o de la Cruz Roja, por poner solo dos casos.
Fuera de la Sanidad hay sectores públicos que captan donaciones privadas con total naturalidad. Es el caso de la Investigación, de la Cultura y la Educación.
Muchos grandes hospitales cuentan con Institutos o Fundaciones de Investigación, como es el caso de nuestro hospital de referencia, Puerta de Hierro, que compite con otros hospitales por recibir fondos de ayuda de las muchas empresas y fundaciones privadas que las ofertan. Ojalá hubiera más.
Numerosos bancos ofrecen becas de estudio. Las empresas patrocinan exposiciones y eventos culturales organizados por Ministerios, Comunidades o Ayuntamientos por toda España.
Esto es lo normal en una sociedad avanzada.
Escribo esto, ya lo habrán pensado, al hilo de la polémica desatada con la donación de equipos de radioterapia.
La semana pasada escribía en esta columna sobre este tratamiento y enumeraba algunos de sus problemas: costes elevados, largos trámites burocráticos para la construcción de las unidades y la certificación de las máquinas por parte del Consejo de Seguridad Nuclear, unido a la necesidad de un personal de altísima cualificación….
Les doy dos datos aportados por la Sociedad Española de Oncología Radioterápica: el primero: solo el 70 % de los pacientes que necesitan radioterapia la reciben y segundo: casi la mitad de los equipos están obsoletos.
Si tuviéramos más equipos y más avanzados podríamos tratar con más seguridad, con más eficacia y a más pacientes.
La raíz del problema es la falta de dotación presupuestaria en sanidad para la renovación tecnológica de los equipos, para el adecuado mantenimiento y modernización….
Y aunque la crisis ha agravado el mal, lo cierto es que nunca ha habido dinero suficiente para hacer todo lo necesario, ni en la época de las vacas gordas.
Así que si alguien se pone de acuerdo con una comunidad para comprar nuevos equipos de radioterapia, estupendo. Otra cosa sería que se donaran los equipamientos sin una consulta o evaluación previa, pero no es el caso.
Otra de las críticas que he escuchado es que las donaciones son finalistas, es decir, la persona o institución que dona quiere comprar una cosa que se vea, un bien palpable.
Esto es frecuente y no tiene por qué ser un problema. En investigación se ofrece financiación para un proyecto relacionado con un campo concreto: cáncer, envejecimiento, vacunas…y dentro de esa financiación se concreta que elementos se pueden beneficiar de ella.
Además, desde el punto de vista del donante es justificable. Hay fundaciones en España constituidas tras la muerte de una persona por una enfermedad, y como es lógico, su prioridad es esa enfermedad.
Hay tantas cosas que mejorar que toda ayuda es poca.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






