Aclarando conceptos sobre alimentos funcionales: Solo tienen valor dentro del contexto de una alimentación sana. Nunca pueden ser sus sustitutos. Un artículo del doctor Juan José Granizo

A diario, la publicidad nos cuenta las ventajas de diversos alimentos que resultan, supuestamente, muy beneficiosos para nuestro organismo.
En los últimos años, las palabras “prebiótico”, “simbiótico”, “probiótico”, “alimento funcional” se han colado en los anuncios hasta hacerse de uso cotidiano pero no todos estos alimentos son lo mismo y no siempre está claro su beneficio para la salud.
En primer lugar aclaremos que es un alimento: es una sustancia que puede ser ingerida con fines nutricionales, psicológicos o sociales.
Digamos, por poner un ejemplo, que el aguardiente no se bebe con fines nutricionales, si no sociales, en un amplio sentido del término (un sentido muy amplio y generoso). El alcohol, al fin y al cabo, es metabolizado y es una fuente de calorías.
Los chicles, el tabaco o los medicamentos no se consideran alimentos.
Los nutrientes son la parte del alimento que se incorpora a nuestro organismo, pudiendo diferenciarse dos tipos: los macronutrientes como los hidratos de carbono, las grasas y las proteínas, que cumplen importantes funciones estructurales y energéticas en el organismo y los micronutrientes (micro es porque están presentes o son necesarios en pequeñas cantidades) como son los minerales, las sales, las vitaminas y algunas sustancias inorgánicas como el agua o el fósforo.
Los micronutrientes son importantes para mantener el metabolismo y el equilibrio químico dentro del organismo.
Los alimentos pueden aportar, además de nutrientes, que como hemos señalado son absorbidos e incorporados a nuestro organismo, sustancias que no se digieren y que no son considerados nutrientes.
Aclarando el tema:
Entre ellos tenemos los denominados probióticos, que simplemente son microrganismos vivos que se encuentran en algunos alimentos, generalmente en lácteos fermentados (en realidad, en cualquier alimento fermentado, como el chucrut), aunque ya se encuentran disponibles fórmulas pediátricas o algunos medicamentos con probióticos.
Los prebióticos son sustancias no digeribles que tomamos con algunos alimentos que favorecen el crecimiento de gérmenes beneficiosos en nuestro intestino.
Al igual que pasa con los probióticos, ya se pueden tomar en suplementos nutricionales de manera artificial.
Muchos prebióticos son azúcares complejos de origen vegetal que nosotros no podemos digerir, pero que son aprovechables por las bacterias de nuestro intestino.
Por tanto, probióticos son bacterias. Prebióticos son alimentos para las bacterias. La unión de ambos es un simbiótico.
Según el instituto Omega 3 (gestionado por Puleva) en su Guía de Alimentos Funcionales, los alimentos funcionales son aquellos que “con independencia de aportar nutrientes, han demostrado científicamente que afectan beneficiosamente a una o varias funciones del organismo, de manera que proporcionan un mejor estado de salud y bienestar”.
Como todos sabemos, no todos los alimentos son igual de beneficiosos para la salud. Unos aceites previenen enfermedades cardiovasculares, otros no. Unos alimentos (las verduras) previenen el cáncer de colon, mientras que otros (la carne roja) parecen aumentarlo….
Por tanto, un alimento puede alimentarnos, es decir, darnos a corto plazo energía, hierro o proteínas… pero a largo plazo podría aumentar las probabilidades de padecer una enfermedad.
Un alimento funcional, además de nutrirnos, puede ayudarnos a reducir el riesgo de algunas enfermedades, de manera científicamente demostrada, eso sí.
Aquí es donde la industria alimentaria nos está intentando colar cientos de alimentos manipulados con la etiqueta de “alimento funcional”. Hay miles de ejemplos en las estanterías de los supermercados y la mayoría se pueden encontrar en los lácteos, hasta el punto de que ya empieza a ser difícil encontrar una leche entera normal y corriente o un yogurt natural sin que hayan sido “enriquecidos” con vitaminas de todas las letras posibles, fibra dietética insoluble, ácidos grasos omega 3, esteroles vegetales o minerales extravagantes como el selenio.
Los últimos en llegar a la fiesta han sido, precisamente los prebióticos, probióticos y los simbióticos.
La moda no es de ahora, aunque antiguamente se concentraba en los alimentos “sin”: sin sal, sin lactosa o desnatados y todos aquellos que llevaban la etiqueta “light” en el envoltorio.
Y bueno, ¿sirve todo esto para algo?
La respuesta depende del tipo de alimento. Los esteroles vegetales es verdad que pueden bajar un poco el colesterol, pero su efecto es poco importante. Mal no le harán si se los toma en el contexto de una dieta equilibrada, pero si el colesterol es alto, los esteroles no se podrán normalizar completamente.
Algunos alimentos de esta lista, como los biofrutas (leche desnatada más zumo de frutas) son una bomba de hidratos de carbono de rápida absorción, lo que es el camino más rápido y seguro para la obesidad. Así que de saludables, ni hablar.
Sobre los supuestos efectos beneficios de los L. casei en la inmunidad, mejor no hablar. Ningún estudio científico ha demostrado nunca ningún beneficio para las “defensas”, pero si a usted le sientan bien, pues siga con ellos, porque tampoco le perjudicarán en nada.
Los probióticos, sin embargo, se están investigando por sus efectos en prevenir la aparición de diarrea asociada a antibióticos y en otros usos, pero está por comprobarse que cepas son más efectivas y cuál es la dosis correcta, tanto en niños como en adultos, pero los datos parecen prometedores.
Los ácidos omega 3, los antioxidantes del vino… muchos de estos elementos no han demostrado un impacto real y medible en la salud de sus consumidores, ni bueno, ni malo (¡que ya es mucho!). Pero en buena medida esto se puede explicar porque los han tomado personas sin riesgo real de padecer la enfermedad que quieren prevenir.
Me explico: si usted tiene el colesterol y la tensión normales y no es fumador, su riesgo cardiovascular es pequeño y el beneficio de consumir ácidos omega 3 es mínimo.
Por el contrario, si fuma, es hipertenso y su colesterol está por las nubes, los ácidos omega 3 no pueden hacer mucho por su salud. Los milagros, a Lourdes.
Les dejo las palabras de la Fundación Española del Corazón sobe los alimentos funcionales: “ Solo pueden ofrecer beneficios a la salud si su consumo está acompañado de un estilo de vida saludable, es decir, si se convierten en un complemento a una alimentación equilibrada, la práctica del ejercicio y el abandono de hábitos perjudiciales. “Si una persona sana ya ingiere todos los nutrientes que necesita, no hace falta recurrir a esta nueva categoría de alimentos, aunque en determinadas circunstancias pueden sernos de suma utilidad”.
En conclusión, los alimentos funcionales deben consumirse dentro del contexto de una alimentación sana, ayudando a mejorar la salud, pero nunca pueden ser los sustitutos de una dieta equilibrada.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






