El ataque a población civil con armas químicas, en la guerra de Siria, ha devuelto a la actualidad el horror de su uso y es urgente hacer algo que lo impida. Un artículo del doctor Juan José Granizo

Antes de la II Guerra Mundial la industria química alemana era, con gran diferencia, la más avanzada del mundo.
Por eso, no es de extrañar, que aportara notables avances científicos y técnicos, aunque algunos de ellos resultaran nefastos para la humanidad.
Vamos a hablar de uno de ellos: en 1938, varios ingenieros químicos de la empresa IG Farben en Wuppertal estaban buscando un pesticida más potente que los existentes hasta aquel momento y desarrollaron una nueva molécula que ha pasado a la historia con el nombre de sarín, acrónimo de los cuatro descubridores de la misma.
La potencia del sarín superaba a todos los pesticidas conocidos hasta ese momento, pero además poseía un indeseado y devastador efecto sobre los mamíferos, lo que desaconsejaba su uso con fines agrícolas, ni siquiera a bajísimas dosis.
En la Alemania nazi, este terrible efecto no pasó desapercibido y a finales de la Segunda Guerra Mundial se produjeron algunas cantidades de este compuesto con fines militares, sin que exista constancia de su uso durante ese conflicto como arma de guerra.
De hecho, el sarín era el primero de un grupo de productos químicos denominados desde entonces organofosforados.
Los organofosforados son compuestos químicos de síntesis, es decir, no existen en la naturaleza. Se basan en la unión de una molécula de fósforo a otra molécula de origen orgánico que contiene carbono.
La guerra interrumpió otros usos que no fueran los militares, pero tras ella, a partir de los años 50, se desarrollaron nuevas moléculas recuperando la idea original de crear nuevos y más potentes insecticidas.
Ciertamente, como insecticidas son excelentes, ya que son muy efectivos y se degradan con relativa rapidez en el medio ambiente, evitando su acumulación en el medio ambiente.
Sin embargo, son compuestos complicados de manejar y comparativamente, tóxicos para humanos y animales, por lo que existen importantes y crecientes restricciones para su uso.
La otra cara de los órganos fosforados es su uso como armas, clasificadas como armas de destrucción masiva.
Aunque los nazis no lo llegaron a emplear, desde 1945 se ha confirmado o sospechado su uso en la Guerra entre Irán e Iraq y a lo largo de la guerra de Siria, así como en dos atentados terroristas realizados en Japón por la secta Aum Shinrikyo y en otro realizado por insurgentes en Iraq. Existen datos de su uso por los servicios de inteligencia de Chile durante la época de Pinochet para realizar algunos asesinatos.
Desde el punto de vista militar, el sarín es lo que se denomina un agente nervioso, ya que su acción se centra en atacar el sistema nervioso.
Su mecanismo de acción es complejo, pero terriblemente eficaz ya que nuestro sistema nervioso organiza y coordina todo nuestro organismo: desde las funciones superiores, hasta el movimiento de los músculos pasando por el sistema endocrino.
Las células que organizan el sistema nervioso son las neuronas. Las neuronas transmiten sus impulsos entre ellas liberando una sustancia química llamada neurotransmisor. Uno de los neurotransmisores más importantes es la acetilcolina.
Una vez que la acetilcolina ha transmitido un estímulo entre dos neuronas esta se degrada de inmediato gracias a una enzima – una proteína – llamada acetilcolinesterasa. De esta forma, se puede transmitir un nuevo estímulo de manera rápida.
Los agentes organofosforados bloquean esta enzima de manera irreversible.
Cuando esto ocurre en la conexión de un nervio con un músculo, el músculo queda permanente estimulado, contraído, imposibilitando el movimiento. En los músculos implicados en la respiración el resultado es su bloqueo y la muerte por asfixia.
El sarín es el primero de los agentes nerviosos inventados por el hombre, junto a él hay otros agentes de este tipo como el tabún, el somán y el VX, que es más tóxico de todos ellos.
Sin embargo, su relativa facilidad de producción (al fin y al cabo, son químicamente muy similares a los insecticidas organofosforados, de amplio uso en el mundo) no garantiza que no existan otros guardados en secreto.
El sarín es un líquido a temperatura ambiente, como sus derivados, por tanto no es muy correcto hablar de gases tóxicos. Son inoloros e insipidos, por lo que no es fácil detectarlos.
Al evaporarse, lo que hace rápidamente, es respirado o entra en contacto con las conjuntivas produciendo un cuadro de visión borrosa, lagrimeo, mareos y confusión, junto con vómitos y diarreas. Todo ello como consecuencia del bloqueo neurológico que hemos comentado.
Si la exposición es intensa, se produce una parada respiratoria en una terrible agonía lo que lleva a la muerte, que es más rápida cuanto mayor es la dosis recibida.
Los organofosforados son liposolubles, no se disuelven en agua pero si en grasas, lo que les hace ser permeables por la piel. De manera que usar una sencilla máscara antigás no es ninguna garantía de seguridad.
Su efecto es irreversible, y si el intoxicado no muere, suele quedar con daños neurológicos irreversibles, lo que incluye parálisis. Un solo miligramo de sarín mata a un adulto de unos 70 kilos. Sus sucesores como el VX, lo hacen a dosis mil veces menores y además se evaporan con gran lentitud, contaminando durante semanas las zonas donde son lanzados.
Existen antídotos relativamente eficaces. La atropina, que es un medicamento que bloquea la acción de la acetilcolina, ha sido empleada eficazmente, sobre todo si se hace de manera precoz, aunque es un medicamento peligroso.
Hasta 11 de septiembre de 2001, los gases de guerra, en especial los gases nerviosos y los agentes de guerra biológica solo eran conocidos por un reducido grupo de expertos. Desde esa época, se han convertido en una parte más del conocimiento de muchos médicos ante la posibilidad de que sean fabricados clandestinamente y empleados en atentados terroristas contra la población.
El intento de asesinato de un ex agente de inteligencia ruso en Londres hace unos meses y los recientes ataques en Siria han vuelto a poner en la palestra su uso, demostrando que el horror de las armas químicas sigue estando presente.
Esperemos que la humanidad encuentre pronto la manera de deshacerse para siempre de tan horrorosa manera de matar.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública
(Si quiere saber más les recomiendo la obra “Armas químicas. La ciencia en manos del mal” de René Pita, publicada por Plaza y Valdés Editores en Madrid. 2008).






