Yo trabajé en la Macrofiesta de Nochevieja (sin contrato de trabajo, ni alta en la Seguridad Social y cobrando dinero en mano) y quiero denunciar el desastre de organización que fue

Estimado director:
Le escribo para enviarle mi testimonio como trabajador del Recinto Ferial de Pozuelo de Alarcón en la Nochevieja pasada. En lo que se llamó “La Verbena de Nochevieja” porque creo que merece la pena que se publique y todo el mundo sepa qué pasó allí.
Para empezar hago un resumen de los temas principales:
No tuve contrato.
No se me dio de alta en la Seguridad Social.
Cobré con dinero en mano y firmando un papel raro.
Y aquello fue un desastre con demoras de 30 minutos en el ropero para retirar las prendas aparte de otras irregularidades.
Siento si resulta una narración algo errática pero seguro que sabrán determinar lo importante si tienen a bien publicarlo. Y hago esta denuncia porque no me podía imaginar que esto pasase en Pozuelo de Alarcón… No se puede hacer peor y espero que no vuelva a suceder.
Por ahora deseo mantenerme en el anonimato si decide publicar mi relato. A usted si le envío toda la documentación para darle veracidad aunque seguro que sabrán cuál de los empleados soy si lo lee quien me selecionó o alguien que estuvo allí, pero tampoco pasa nada, porque lo que cuento es lo que allí paso.
Por cierto, el uniforme que nos dieron era, digamos, peculiar.
Comenzaré diciendo que no firmé ningún contrato ni me dieron de alta en la Seguridad Social. Solo firmé un “recibí” del dinero al final de la noche (20 €/hora, aunque a los trabajadores de seguridad les pagaron 25 €/hora).
Trabajé de 00:00 a 7:30 como me indicaron al seleccionarme como camarero, sin embargo, trabajé en guardarropa.
Al parecer no consiguieron a nadie mejor para eso y eligieron entre los camareros a quienes menos experiencia tenían en barra o quienes le daban el aspecto de que estarían mejor en guardarropa por un motivo u otro. No lo sé. Seleccionaron a 5, yo entre ellos.
Como anécdota, que luego adquirirá un sentido más importante, dos de los cinco elegidos, un chico y una chica jóvenes, se acaramelaron charlando entre sí y se empezaron a enrollar en una esquina del ropero y desaparecieron. No volvieron. Fue antes de que llegasen los clientes.
Fue el cuchicheo de la noche y, como le digo, no se les vio más por allí, con lo que fuimos 3 personas, y no 5, (y sin experiencia alguna en guardarropa) las que atendimos el ropero.
No sé cuánto fue el aforo, pero sí sé que la numeración de ropero era de unos 900 números aunque a veces se colgaban prendas de varias personas en la misma percha (con el mismo número) por lo que supongo que pudieron ser más de 900.
Cómo éramos solo 3 nos vimos desbordados y tuvieron que ayudarnos camareros y personas de la seguridad, sobre todo al finalizar la noche. Pero a eso ya llegaré.
La persona que me entrevistó vino por el ropero antes de abrir y nos dio unas indicaciones breves y mínimas:
Nos dijo que pusiéramos los abrigos y demás en orden en los percheros. Que les daban un número (2 tarjetas, una para la percha y otra que se queda el cliente, que la entregaría cuando quisiera recoger la prenda). Este número (tarjeta) costaba 5 euros (¿un precio quizá abusivo?) y lo vendían en una caseta que estaba en el medio de la sala. Nosotros no manejamos dinero.
La gente empezó a entrar más tarde de lo que esperábamos (como 30 minutos más tarde de lo que nos dijeron). En lugar de a la 1:00, sobre las 1:15-1:30 y, en principio, sin problemas.
Lo que nos descolocó fue que las tarjetas que traían los primeros clientes, aunque numeradas, no seguían un orden. Es decir, por ejemplo, llegó el 435, luego 803, luego 110, etc…
Eso fue motivo principal, aunque no único, del caos que vendría luego a la hora de retirar las prendas. Además, no supimos prever cuanto ocuparía una centena de prendas en cada carrito de perchas y, aunque contamos el número de perchas, no caímos en que abultarían más con prendas colgadas y eso tuvo malas consecuencias.
El recinto tenía problemas estructurales: goteaba humedad desde los bordes de la carpa, hacía frío en nuestra área porque las entradas estuvieron abiertas todo el tiempo y no había agua corriente en los baños.
Había baños -tipo de obra, dentro de la carpa- pero no había grifos. Y una cosa curiosa fue que cuando fui a pedir agua mineral a la barra no alcohólica (que estaba muy bien señalizada) me dijo el “compañero” que pasase por caja. Se resolvió enseguida porque en caja me dijeron que le dijese que me la diera sin más.
También comentar que en las 7 horas y pico trabajadas, no hubo un solo descanso. No paramos. Aunque quien quería se podía ir en cualquier momento sin que nadie le dijese nada.
Y, como curiosidad, decir que allí los empleados fumaban cuando les apetecía. Al ser medio abierto el lugar se ve que nadie de seguridad se opuso. También lo hacían parte de los organizadores. Los clientes yo no vi a ninguno fumar, sí vapear alguno.
Cómo la tarjeta numerada costaba 5 euros hice la vista gorda en ocasiones y les dejaba poner todas las prendas (de varias personas) en la misma percha (mismo número y tarjeta) lo que fue un craso error ya que, al final de la noche, había perchas que partieron del peso y con prendas caídas por el suelo, sin número, era difícil determinar de quién era cada prenda.
Hasta que no se acercó la hora de cierre, estuvimos con poca carga de trabajo, un goteo de gente que llegaba o se marchaba. Y es que lo que fue un goteo razonable de clientes a la entrada, a la salida fue un caos tremendo.
Obviamente, cuando acabó el evento y la música, la gente quería irse (a la vez) y no había ningún protocolo para ropero, al punto de que ni siquiera hacían colas -cosa a la que tendría que haber obligado la seguridad si hubiera habido un protocolo que así lo indicase- si no que todos los clientes se ponían longitudinalmente en la amplia barra del ropero, con un griterío y malos modos y peleas entre sí.
La situación se volvió caótica. La seguridad no intervino para organizar a las personas y algunos clientes esperaron más de 30 minutos para recuperar sus pertenencias. Llegó un momento en el que permití que algunos buscaran sus prendas directamente, lo que generó más tensión con el personal de seguridad porque decían que la gente podía robar. Era todo un caos y broncas.
Un detalle curioso fue que dos chicos jóvenes, tras esperar pacientemente casi 30 minutos para recoger sus prendas, comenzaron a charlar y terminaron intercambiando teléfonos. Fue uno de los pocos momentos positivos de la noche. Ambos comentaron que, a pesar del caos, estaban contentos de haberse conocido.
Para mi sorpresa, sobraron dos prendas al terminar el evento. Desconozco qué hicieron con ellas.
Cuando todo acabó, nos pidieron que ayudáramos a recoger en las barras.
Tuvimos que tirar basura sin ningún tipo de separación para reciclaje.
Y a las 7:30 formamos una fila para cobrar. A los empleados que quedábamos en el ropero nos hicieron esperar al final de la cola. El encargado, de manera despectiva, nos dijo que habíamos hecho un mal trabajo y que no merecíamos que nos empleasen nuevamente nunca.
Cuando finalmente cobré, tuve que firmar un papel junto al nombre y DNI de los demás empleados. Salí del recinto sintiendo que se nos había tratado injustamente.
A modo de anécdota, fui y volví en bicicleta desde el Barrio del Pilar porque el transporte a Pozuelo es muy limitado, especialmente de noche.
Paradójicamente, este trayecto en bicicleta fue lo que más disfruté de toda la noche.
Esta experiencia me lleva a reflexionar sobre cómo se gestionan estos eventos en ciertas áreas y cómo el acceso limitado al transporte público refleja desigualdades que deberían abordarse.
Ojalá mi testimonio sirva para mejorar las condiciones en el futuro.
Un saludo.
Juan Pozuelo






