En el 20º aniversario de la Coronación Canónica de Ntra. Sra. de la Consolación, Patrona y Alcaldesa Honoraria de todos los pozueleros. El legado de Javier Ulecia. Un artículo de Juanjosé Granizo

El sábado tres de octubre de 1998 amenazaba lluvia.
Tras año y medio esperando ese día, la Congregación de Nuestra Señora de la Consolación, se enfrentaba a un grave problema.
A las 12 horas de ese primer sábado de octubre se debería realizar la Coronación Canónica de su titular, la Virgen de la Consolación, patrona y alcaldesa de Pozuelo. Y ese acto estaba previsto en lo que fue la explanada del antiguo mercadillo del Camino de las Huertas.
Casi quinientos invitados, las dos bandas de música y todos los coros locales, más de sesenta sacerdotes de todas las parroquias y órdenes religiosas asentadas en Pozuelo, el trabajo de casi un centenar de voluntarios, un millar largo de congregantes y la devoción de un pueblo esperaban ansiosos esa jornada.
El viejo mercadillo parecía hecho a medida: amplio y cercano a la parroquia de la Asunción, donde recibe culto la Virgen.
Buscar una alternativa era casi imposible. Solo un polideportivo cubierto podría alojar, a duras penas, un acto así…pero suspendiendo la actividad deportiva prevista, claro está. Todas las opciones eran malas: el templo parroquial es pequeño, retrasarla habría sido un desastre…incluso se llegó a hablar de suspenderla.
Es en esos momentos cuando aparecen los líderes. Javier Ulecia, presidente de la Congregación, reunió a su junta directiva unos pocos días antes del evento y tras escuchar las opiniones dio un golpe de autoridad y de fe.

La coronación se haría en la fecha y lugar previstos. Y sus razones se impusieron con una lógica aplastante.
Me explico…
Desde hacía un poco menos de dos años, en los inicios de 1997, la Congregación se había propuesto la coronación canónica de su Virgen titular. El año previsto fue 1998, ya que se cumplían 50 años de la construcción de su actual talla y 40 de su proclamación como alcaldesa.
En unos pocos meses se había logrado la conformidad del Obispado tras presentar una extensa documentación y no pocas reuniones en el edificio de la calle Bailén, sede episcopal madrileña.
Los 18 meses previos a ese 3 de octubre habían sido una constante carrera para organizar actos religiosos, culturales y sociales por todo Pozuelo y para todos los públicos explicando que es lo que se quería hacer y trabajando los apoyos y financiación necesaria para este magno evento.
En esos meses hubo de todo. Sobre todo, dificultades. Milagrosamente, cuando una calle se estrechaba, a la vuelta de la esquina, se abría una avenida.
Javier Ulecia había hilado todos los pasos y sorteado todos los problemas con finura, pero sobre todo con mucha fe. La Virgen nunca nos había dejado en la estacada.
Por eso, en vísperas del 3 de octubre, y bajo un impresionante aguacero, reunió a aquella junta directiva e hizo una solemne declaración de fe en esa Virgen. La Coronación se haría el día y en el lugar previsto.
Nadie se atrevió a llevarle la contraria. Y la Virgen hizo el milagro.
A las siete de la mañana, cuando empezó la instalación del altar donde se oficiaría la ceremonia había un relente propio del Ferrol. La niebla lo cubría todo. Pero lo que venía era sol. Un sol de Cádiz.
A las once y media, Nuestra Señora de la Consolación salía en reservado de su iglesia. Para una generación de Pozueleros, aquella visión era única. Nunca antes la habíamos visto – deslumbrante- de blanco y oro bajo la luz del mediodía.
Acompañada solo por la Banda de Música de la Inseparable y una cantidad muy ajustada de anderos vestidos de traje, solo su camarero, Angel Alvarez la guió por el camino más corto hasta la vieja huerta de Pozuelo, ya entonces, urbanizada.
La Virgen se situó en el centro de la explanada. Más de cinco mil personas se dieron cita en aquella mañana solemne, grandiosa y feliz en que el Obispo Eugenio Romero Pose depositó sobre sus sienes la nueva corona de plata dorada, ofrenda de sus devotos. La Lira de Pozuelo interpretaba en ese momento la marcha de procesión “Virgen del Valle”.
Y Ella volvió a su templo entre nieve y oro, en un prodigio de raso blanco y dorados resplandores. Y volvió Coronada, por el amor de sus hijos, pero sobre todo, por el buen hacer de un hombre llamado Javier Ulecia.

Por la tarde diluvió, pero eso ya no importaba.
La Coronación fue un hito para Pozuelo, para la Congregación y para la devoción a la Virgen.
El Pozuelo de finales del siglo XX había duplicado su población en veinte años, pero la Patrona de los pozueleros era una completa desconocida en las parroquias de nueva creación. Con la Coronación se consiguió llegar a un gran número de personas de esos barrios que así tuvieron conocimiento de Ella. El propio acto de la Coronación desbordó todas las expectativas convirtiéndose en el acto religioso más importante de la historia de Pozuelo hasta ese momento.
Para la propia Congregación, la Coronación fue el inicio del cambio. Tras un periodo de dificultades y tribulaciones – los 70 y los 80 no fueron fáciles para las Hermandades de España – en 1998 el mundo era otro.
Coronar a la Madre fue coronar una cima. Y desde esa cima se abría un nuevo paisaje ante nuestros ojos: un Pozuelo que había dejado de ser un pueblo para ser una ciudad.
No todos lo supieron ver. Si en algún sitio la gente vive anclada en el conservadurismo es en éste de las Hermandades. La Coronación enseñó que había que empezar a cambiar cosas.
El mundo había cambiado, Pozuelo había cambiado y si no se ponía remedio en dos o tres generaciones el culto a Nuestra Señora de la Consolación habría desaparecido. En 1995 la Congregación tenía unos 500 socios y toda idea de cambio era predicar en el desierto. En 1999 era una verdad indiscutible, pero ya eran más de 1100 los asociados.
Se abría así un camino que con dudas, errores y aciertos, nos ha llevado hasta el día de hoy.
Es una historia con muchas lecciones y con muchas páginas que siguen por escribir. Todo ello es el gran legado, que como presidente de la Congregación de Ntra. Sra. de la Consolación, nos dejó Javier Ulecia Mascías.
Un legado que quiero agradecer y recordar con estas líneas, ahora que se cumplen veinte años del día más grande que conociera la villa de Pozuelo de Alarcón.
Juan José Granizo






