San Isidro nunca tuvo especial devoción en Pozuelo pese a ser “tierra labrantía de pan e vino” y conserve aún su imagen en la capilla de la Consolación. Recuerdos de Juan José Granizo

San Isidro suena a Madrid. O a campo. Y Pozuelo de Alarcón no es ninguna de las dos cosas. Algún año me ha pillado la festividad por la Castilla Vieja, mayo es buena época para disfrutar de ella, y he coincidido con procesiones y misas en Toro o Medina del Campo, por poner ejemplos.
Pero Pozuelo nunca tuvo una especial devoción a San Isidro ni hubo nunca, que se sepa, Hermandad que defendiera el culto al Santo labrador.
Ahora, al menos hay una imagen del patrón de los labradores en el retablo de la capilla de la Consolación, pero si pocos van a la parroquia menos son los que entran hasta la capilla que mandó construir Francisco de Húmera para su enterramiento y que ahora alberga a nuestra Patrona.
Y si la hay es por pura cabezonería de los que, en aquella época, formábamos la junta directiva de la Congregación de Ntra. Sra. de la Consolación, a la sazón presidida por Javier Ulecia, que en paz esté.
Y es que, en los primeros años setenta, el que fue nuestro párroco, D. José María Astigarraga, que Dios tenga también en su gloria, hizo una cruzada iconoclasta y barrió todos los santos de la nave de la Iglesia
La mayoría acabó sus días en el campanario, convertido en almacén, y los menos se depositaron en esa capilla que así también acabó convertida en un almacén de devociones en trámite de olvido.
San Isidro y San Sebastián estuvieron entre los primeros. Así que, cuando la Congregación abordó la construcción del nuevo retablo en 2001, se tomó la decisión de que San Isidro y San Sebastián acompañaran a la Alcaldesa Honoraria de la villa.
Esto no gustó mucho al cura y el asunto acabó como el rosario de la Aurora. Menos mal que Astigarraga y un servidor éramos amigos -al fin y al cabo me casó y me dio la Primera Comunión- y la sangre no llegó a la Poza, aunque no tardaría en tomarse la venganza, pero eso es otra historia.
El caso es que los dos santos se pusieron y ahí siguen, para recordar la historia de nuestro pueblo, en otro tiempo, fue “tierra labrantía de pan e vino”.
Pero del Pozuelo rural ya nadie se acuerda.
Me contaba mi padre, yo me llamo como él, que de pequeño iba en carro a vender lombardas al mercado de Legazpi, donde eran muy apreciadas.
Pero no hay que ir tan lejos en el tiempo. Todavía yo he llegado a ver Somosaguas con huertas. Perdimos una gran huerta con tanto chalet y tanto jardín que no hacen más que gastar agua a lo tonto. En las laderas de los cerros se excavaban galerías por las que manaba agua, lenta y perezosa, que se recogía en albercas desde las que se regaba.
Inmejorables los canónigos que salían solos en las acequias.
Ni tan lejos de distancia…No hay nada que me guste más que restregarle a mis vecinos de la “urba” que la tierra que pisan era un secano de mi abuelo y que de mocito he llegado a comer buenos garbanzos plantados en ella.
Me miran como a un extraterrestre. Pero a mí me divierte extraordinariamente que estos pijos piensen que estoy para que me encierren en una reserva indígena.
El caso es que mis primeros recuerdos de San Isidro son lejanos. De los años setenta cuando mi tío abuelo, Carlos Granizo, que el Señor tenga en su seno, me llevaba de la mano. Si había misa y procesión no me acuerdo, pero en aquella época todo se hacía de esa manera y al acabar, de eso si me acuerdo, se daba un vino español en la Inseparable, todo ello a cargo del antiguo sindicato de labradores.
En mi mente infantil se quedó grabado como los viejos se echaban los platos de avellanas, enteritos, en los bolsillos de la pelliza. Cosas de la gente que pasó la guerra y lo que vino después.

Ya en los años ochenta fueron mi padre y Sebastián los que organizaban el festejo, que eran de los poquitos que aún vivían de la tierra y tenían ganas de meterse en líos.
Tras los actos religiosos de rigor, se hacía un rondón de bares y luego se comía en la casa de Cristo Rey, con el hermano Vicente Capellán, que ya es un santo del cielo, cantando jotas de su tierra Riojana.
Más adelante, la cosa acaba en la finca de Sebas, al final de la vereda del Gansino, trasegando vino y cordero asado hasta la puesta del sol, donde él nos enseñaba los restos de la guerra que su tractor había desenterrado al pasar por estas tierras.
El bueno de Sebastián, ya hace años que nos ha dejado también.
Unos años después, se sumó a las celebraciones el ayuntamiento a través de la brigada de jardines, que eran a los que más les pegaba lo del santo labriego.
Recuerdo un año en que la chuletada se hizo en un descampado junto a la casa de Campo, a la sombra de unas grandes encinas. Pepe Martín Crespo quería hacer en aquel paraje que no era más que un secarral infumable, un parque forestal y los de jardines se miraban con guasa, pero ahí lo tienen: el parque forestal Adolfo Suarez.
Y poco a poco se murió… Lo de la práctica religiosa no está pasando buenos tiempos y los que tiraban del carro se hartaron.
El Pozuelo rural ya no existe: sale mucho más rentable plantar casas y eso que la abundancia de aguas debería hacer rentable nuestra huerta. Pero el campo es duro y desagradecido.
El caso es que cada vez que viene una sequía y a pesar de toda la ciencia y de toda la tecnología, seguimos necesitando el agua como la necesitaba mi abuelo para que brotaran los garbanzos.
La última rogativa se la encargó mi padre al nuevo cura, Don Mario, a principios de este año. Y el hombre tuvo que preguntar como se hacía eso porque nunca se la habían encargado.
El cura será novato en rogativas, pero San Isidro sigue estando ahí, para enviarnos el agua. Deben de rezarle tan poco al santo, que en cuanto oyó su nombre se puso manos a la obra y puso en fila una docena de borrascas camino de las Españas.
El caso es que a las dos semanas de acabar las rogativas se puso a llover y ya saben ustedes con que esmero lo ha hecho hasta hace unos pocos días.
Pobre Santo. Ha habido algunos intentos de resucitar la fiesta, pero no han tenido eco.
Y no soy de resucitar cadáveres. Eso lo hizo un tal Frankestein y le salió mal.
Juan José Granizo




