Periodismo zombi

Es bien sabido que el periodismo ha sido uno de los sectores profesionales que más ha sufrido durante la pasada/presente crisis. Según informes oficiales, en España hasta 2015 se cerraron 375 medios de comunicación y se perdieron nada menos que 12.000 puestos de trabajo. El antaño prestigioso oficio perdió su pujante vitalidad de antaño y se convirtió en un penoso y agonizante zombi que camina con el paso inseguro de los muertos vivientes dando tumbos, sin saber si éste será su final y a veces pareciendo que ni siquiera le importa.
Como bien señala Enrique Bullido en su artículo Las etapas de la crisis del periodismo “Cuando alguno de nosotros tenemos alguna mala noticia (…) inicialmente nos sentimos incrédulos ante lo que está ocurriendo, buscamos culpables fuera y muchas veces probamos soluciones alternativas desesperadas.”
Y es muy probable que algunas de esas causas sean ciertas y parcialmente (pero no totalmente) responsables de la hecatombe. Algunas de ellas serían, según cuenta Sergio J. Valera en Cuadernos de periodistas, “la crisis de la calidad informativa de los medios, la tendencia a la banalización de la información, la pérdida de credibilidad, la crisis de gestión empresarial y redaccional, crisis estructural de la industria mediática, dependencia extrema de los ingresos publicitarios, inadaptación a las nuevas audiencias y tecnologías, etc”.
Para mí, el declive del periodismo convencional se debe, antes que nada, a la proliferación informativa de Internet. Por un lado, estoy de acuerdo con Bullido cuando resalta que “Los periodistas vimos cómo nuestros textos eran compartidos, leídos y distribuidos en las ediciones digitales de los medios. Las audiencias digitales eran muchísimo más grandes que los lectores en papel. El contenido era gratis, pero por qué íbamos a cambiar, los ingresos del periódico pagaban la fiesta.” La verdad es que este mal tiene una difícil cura, en tanto los derechos de autor que deberían proteger el trabajo de un periodista igual que el de un novelista, un cineasta o un compositor, no existen. Así que llegan los buitres, copian descaradamente contenidos y, lo que es peor, los presentan en cualquier red social, blog o página web como si fueran originales suyos, sin citar siquiera el origen de sus fuentes.
Pero, al menos en mi opinión, uno de los pilares fundamentales del periodismo que se ha venido abajo estrepitosamente ha sido el que de forma prioritaria, definía su tarea: La veracidad y sus hijos naturales, la independencia y la objetividad. Los que ya peinamos canas recordamos con nostalgia aquellos tiempos en que la gente comentaba tal o cual información basándose en el principio de autoridad: “Sí, lo he leído en el periódico de hoy, o lo he visto en la televisión, o lo contaron en la radio”. Ese es el cimiento que se ha resquebrajado por todas partes hasta casi desintegrarse. Y como opina el periodista Sergio J. Valera, “El retroceso de la calidad y el aumento de la banalización tienen como gravísimo resultado el menoscabo de la credibilidad y de la reputación que atesora cada marca periodística. Una cualidad, la de ser creíble, de poder ser o merecer ser creído y considerado como una fuente fiable, absolutamente vital para los periodistas y para los medios”.
Las audiencias de los medios, sobre todo en relación a la información política, se componen fundamentalmente de quienes comparten la ideología a la que ese canal, medio escrito o cadena radiofónica parecen estar permanentemente abonados. Y no es tanto porque en ellos se difundan mentiras, sino porque lo que se cuenta son las más creíbles, pero mucho más falaces, medias verdades. Aparte del entusiasmo con que los seguidores acérrimos escuchan a sus creadores de opinión, resulta tan triste como evidente para un observador neutral darse cuenta de que antes de que tal o cual periodista abra la boca opinando sobre un tema de actualidad, ya se sabe lo que dirá, cómo lo dirá y de qué modo lo argumentará. No sólo por su tendencia política sino porque seguramente le hemos escuchado esos mismos testimonios en los espacios de otros medios afines.
Hace poco, el periodista Sergio Rodríguez tenía el acierto de publicar el Informe del Grupo 2020 de The New York Times donde siete periodistas del NYT elaboraban un magnífico trabajo sobre la actividad profesional del periódico que, aun justificando su comprensible éxito, no pierden de vista las grandes lagunas que aún restan por rellenar en la profesión periodística, sirviendo como un excelente ejemplo para todos los empresarios y trabajadores que combaten en este arriesgado terreno. El patético zombi periodístico parece confiar en recuperar su antigua dignidad de ser vivo.
Pero repito: nada de esto será válido ni útil si no se muestra un respeto casi sagrado hacia la autenticidad. No olvidemos que, en su modestia, cualquier ciudadano armado de un smartphone puede mostrarnos con total evidencia lo que sucede realmente en tal o cual lugar, pudiendo poner así en entredicho al mejor informador del mundo que no haya respetado esos principios.
Y por último, aunque muy brevemente, hacerse conscientes de que la crítica que suele hacerse a un periodismo que ha apostado por lo banal, por las andanzas amorosas de los famosos, por la risa sin humor o por los reality shows… es tan cierta como inevitable la aparición de tales subproductos. Nada que añadir salvo que hoy parece inevitable resignarse ante la invasión de ese hombre-masa del que ya hace muchos años nos hablara nuestro ilustre Ortega y Gasset. Tan sólo quiero recordar que en una entrevista que hice años atrás al Premio Nobel de Medicina Sir John Eccles, me aseguró que cuando una persona mira ciertos (sub) programas de TV, su actividad cerebral cae hasta niveles inferiores incluso al que muestra cuando está durmiendo.
El zombi contagia a otro zombi
Poseso.
Abelardo Hernández
http://enriquebullido.com/la-etapas-de-la-crisis-del-periodismo/
https://hojaenblanco.net/periodismo-sobresaliente-c1cdcdccf6c5#.7kcdbwpga




