Suicidio: un hecho incómodo, pero cotidiano, sobre el que es mejor guardar prudente y respetuoso silencio. Un artículo del doctor Juan José Granizo

No me gusta hablar sobre el suicidio. Sin embargo, mi primera publicación siendo todavía residente, trató sobre la epidemiología del suicidio. Mis tutores quisieron que cambiara de tema, pero se encogieron de hombros y tras la publicación del artículo en 1996 cambié de línea de investigación. Para siempre.
Lo que he leído en los medios de comunicación sobre el reciente suicidio de varios personajes de cierta relevancia pública es el motivo por el que abandoné este campo de trabajo. Hay demasiadas opiniones, prejuicios y valoraciones políticas o morales de hechos cuyo primer abordaje debería ser psico-patológico. Y por supuesto, desde el respeto que debería merecer la vida de una persona.
En España se quitan la vida unas 4.000 personas al año. Es la primera causa de muerte no natural en nuestro país. La tendencia, en todo el mundo, es creciente desde hace muchos años.
El registro del suicidio, como causa de la muerte, es incorrecto. Pero no porque sea un tabú (que lo es) si no porque es complicado que el resultado de la investigación legal sea procesado a tiempo por el Instituto Nacional de Estadística. Es un problema técnico que, desde hace unos años, se ha resuelto originando espectaculares titulares sobre “alarmante incremento de suicidios por la crisis”. Lo único que ha pasado es que la información judicial se ha incorporado a tiempo a los datos estadísticos. El último informe de la OMS a escala global descarta que la crisis aumentara de manera significativa la incidencia de suicidio en el mundo. Sin embargo, históricamente es cierto que las crisis o las guerras han alimentado la muerte autoprovocada.
El suicidio es un problema complejo en el que se cruzan muchas causas médicas, sociales y culturales.
Algunos hechos: consuman el suicidio tres hombres por cada mujer. La incidencia crece con la edad: es más propio de ancianos, pero los jóvenes y los adolescentes presentan una incidencia mayor que los adultos de 30 años y lo que es peor, ésta crece año a año.
Los Japoneses se llevan la fama, pero son las dos Coreas los países donde hay más casos por cada 100.000 habitantes. En Europa, es el Este el que sufre mayor incidencia, incluyendo Polonia, tirando por tierra eso de que en los países católicos se suicidan menos.
En nuestra cultura, las personas que se suicidan son, en una gran proporción, enfermos psiquiátricos. La depresión (especialmente la endógena, que no tiene un factor externo desencadenante), la esquizofrenia y sobre todo, el trastorno bipolar (maniaco-depresivo) son las enfermedades mentales con mayor riesgo. Las adicciones a drogas, empezando por el alcohol, y los trastornos más graves de personalidad le siguen en frecuencia. Poseer una enfermedad grave o incurable es un factor de riesgo conocido.
Un acontecimiento vital grave no es causa de suicidio por sí solo. Pero puede serlo en una persona que carezca de una adecuada red social de apoyo (léase familia) y sobre todo, si carece de salud física y mental.
A pesar de todo, como pasa siempre en Medicina, en una pequeña proporción de sujetos (en torno al 10 %) no se encuentran estos factores de riesgo y el suicidio parece responder a una decisión vital.
Aún así tenemos que saber que el suicidio es prevenible. Desde eliminar los elementos físicos que lo facilitan (recordamos el vallado del viaducto de Madrid) hasta mejorar la atención psiquiátrica pasando por el amparo social de las personas más vulnerables.
A pesar de ello, hay pacientes que deciden tirar la toalla. En mis 21 años de ejercicio, varios compañeros de hospital se han quitado la vida. A menudo los recuerdo. Una muerte así interpela las conciencias y es intelectualmente incomprensible. Son reacciones normales en los que viven en el entorno del fallecido que no tendríamos si la causa de la muerte fuera un infarto o un cáncer.
Hay que entender por qué la gente se quita la vida para poder prevenir este problema. Y, sobre todo, no especular. Siempre es mejor guardar prudente y respetuoso silencio.
Juan J. Granizo, Doctor en Medicina, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública






