El perro que pasea por los pasillos del Ayto de Pozuelo no es una anécdota divertida, es el síntoma de una legislatura fallida y de un Gobierno de paso que, presuntamente, malversa

Estimado Capitán:
Asombrado y lastimado (soy ex afiliado del PP y votante) tras leer la noticia que ha publicado El Correo de Pozuelo sobre la existencia de un perro deambulando por los pasillos del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, le envío unas consideraciones sobre el tema por si son de su consideración ya que lo considero muy grave.
Y es que lejos de ser una simple anécdota, incluso divertida, constituye un reflejo inquietante del estado de la institución municipal.
Es más, si es verdad que su dueña-concejala manda a eventuales a pasearlo, eso es mucho más grave todavía porque podría ser una presunta malversación…
(Mal uso del dinero público que cuesta ese eventual para que haga su trabajo y sin embargo se usa para favorecerse otra)
Y esto es muy grave para el PP de Pozuelo y para el PP de Madrid.
Lo que en cualquier administración ordenada sería un hecho excepcional e inmediatamente corregido, en el Pozuelo actual se percibe con una normalidad tan reveladora como preocupante…
Alarma pensar en lo que está pasando y ha podido pasar…
Cuando lo leí, no me lo podía creer…
(Y yo que pensaba que era imposible superar la locura de las dos legislaturas de Susana Pérez Quislant, aparece Paloma Tejero y la hace buena…)
Bajo el mandato de la alcaldesa Paloma Tejero, la gestión pública ha derivado en una sucesión constante de decisiones improvisadas, expedientes tramitados por vía de urgencia y modificaciones presupuestarias reiteradas que han evidenciado a lo largo de la legislatura una preocupante ausencia de planificación.
(Era casi normal que apareciera un perro en los pasillos… O una camada de gatos o de conejos… Cualquier cosa podría pasar…)
Las Juntas de Gobierno Local y los Plenos han dejado de ser órganos de dirección política para convertirse en meros instrumentos de convalidación de medidas adoptadas sin la debida reflexión estratégica y, en muchos casos, con una falta de transparencia que asusta.
(¿Esto lo sabe Ayuso?)
Y no se trata únicamente de una cuestión de formas, sino de fondo. Gobernar a golpe de urgencia implica, en la práctica, renunciar a la previsión, debilitar los mecanismos de control y trasladar a la administración una dinámica de inestabilidad permanente.
Cuando esta forma de actuar se consolida, el resultado inevitable es la degradación progresiva del funcionamiento institucional.
La alcaldesa se obsesionó con unas obras que nadie pedía y no escuchó a sus votantes. Solo quería recaudar dinero para llevarlas a cabo incumpliendo, incluso, su programa de bajar impuestos.
(No ha cumplido ni una de sus promesas)
Lógicamente, tanta locura ha contribuido a agravar esta desconexión entre la acción política y las necesidades efectivas del municipio.
Estos denominados “proyectos estratégicos”, más próximos al titular que a la ejecución viable, contrastan con la incapacidad para garantizar una gestión ordinaria rigurosa.
Y es en este contexto donde la presencia de uno -o incluso dos, según algunas fuentes- perros en dependencias municipales adquiere un significado que trasciende lo meramente anecdótico.
No es el hecho en sí lo que resulta relevante, sino el marco en el que se produce: una administración donde los estándares de funcionamiento parecen haberse relajado hasta extremos difícilmente justificables.
Por eso, la historia del perro en el Ayuntamiento no debería despacharse únicamente como una curiosidad. Es, más bien, una metáfora involuntaria pero precisa de una institución donde los límites de lo razonable se han difuminado.
Y si la anécdota resulta hoy llamativa, quizá lo verdaderamente preocupante es que refleje un modo de actuar y cale en la opinión pública.
(Estamos a un año escaso de las elecciones municipales de mayo de 2027)
Porque cuando todo parece posible dentro de una administración, incluso lo más impropio, es señal de que el problema no está en el perro que pasea por sus pasillos, sino en quienes han permitido que ese paseo no sorprenda a nadie.
Han perdido la cabeza definitivamente.
Una pena.
Aparte de otra legislatura perdida, pueden terminar mal…
Pepero Pozuelero






