Pozuelo, por fin, ya es reconocida como una de las ciudades de España con mejor arbolado urbano (algo que se sabía): Pero ¿servirá para que Tejero corrija su política medioambiental?

Ayer, la alcaldesa de Pozuelo Paloma Tejero hizo pública una nota de prensa muy interesante. Anunciaba, como lo hizo el día anterior el alcalde de Madrid José Luis Martínez Almeida, el reciente reconocimiento de Pozuelo de Alarcón como una de las 21 “Tree Cities of the World 2025” (Ciudades con Árboles del Mundo 2025) de España.
Impulsado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y la “Arbor Day Foundation” (Fundación del Día del Árbol), sitúa a esta ciudad en el mapa internacional de la gestión del arbolado urbano.
Y debo reconocer que se trata, sin duda, de una buena noticia para esta ciudad pero solo confirma una realidad conocida desde hace años.
Pozuelo de Alarcón destaca, desde hace muchos años, por su extraordinaria masa arbórea, tanto en términos absolutos como relativos. Con más de 230.000 ejemplares, cerca de mil hectáreas de zonas verdes y una ratio superior a los 120 metros cuadrados por habitante, el municipio ha sido históricamente un referente ambiental.
Sin embargo, este reconocimiento, amén de alegrarnos, también invita a una reflexión más profunda sobre la penosa política medioambiental actual del Gobierno, presidido por Paloma Tejero. Porque una cosa es contar con un valioso patrimonio natural heredado y otra muy distinta es gestionarlo de manera coherente, sostenible y respetuosa con la identidad del entorno. Incluso, ¿por qué no? gobernar políticamente en función de esa fortaleza medioambiental tan envidiada.
Y lo digo porque la realidad que perciben muchos vecinos dista de esa imagen idílica que proyecta la nota de prensa institucional que ha publicado.
Espacios clave como el Parque Forestal presentan signos evidentes de abandono, con infraestructuras cuestionadas como el aparcamiento delincuencial heredado de la legislatura anterior y un mantenimiento escaso en zonas sensibles como sus famosas lagunas.
A ello ha que sumar el deterioro de los caminos del Monte de Pozuelo, cuya falta de limpieza y cuidado afecta tanto a su valor ecológico como a su uso ciudadano.
Otros enclaves emblemáticos, como la finca El Maisan, tampoco atraviesan su mejor momento, mientras que episodios como el intento de intervención en Montegancedo, finalmente paralizado por la justicia, han generado preocupación entre quienes defienden la conservación del entorno natural.
Este tipo de actuaciones, o intentos de ellas, parecen contradecir el discurso oficial de sostenibilidad.
A todo ello se añade el progresivo abandono de elementos fundamentales del ecosistema local, como los más de treinta arroyos y fuentes que recorren el municipio. Estos espacios no solo tienen un valor ambiental incalculable, sino que forman parte de la identidad medioambiental histórica de Pozuelo.
Resulta especialmente llamativo que, en un contexto como el actual y en el que agua y árboles están tan unidos en la conservación del Medio Ambiente, ni siquiera se haya previsto una mínima programación relacionada con motivo del Día Mundial del Agua (próximo domingo 22 de marzo), una fecha clave para sensibilizar sobre la importancia de este recurso que sirviese para exponer el interés por una importante política de Medio Ambiente.
En este contexto, esa política medioambiental, en Pozuelo, parece orientarse más hacia el desarrollo urbanístico que hacia la protección integral del entorno.
La percepción de una apuesta por el “ladrillo”, sin una comprensión profunda de la idiosincrasia de Pozuelo, genera dudas sobre el rumbo que se está tomando. Sin necesidad de entrar en debates más amplios como la construcción del Recinto Ferial en una zona medioambiental, lo cierto es que existen suficientes indicios para cuestionar la coherencia entre el discurso institucional y la realidad sobre el terreno.
El reconocimiento internacional, por tanto, debería ser entendido no como un punto de llegada, sino como una oportunidad. Una oportunidad para reforzar las políticas de conservación, recuperar espacios degradados y apostar por una gestión verdaderamente sostenible que vaya más allá de los datos y las cifras.
Serviría, y perdonen la insistencias, para combatir los Mil Pozuelos y buscar el Prestigio de una ciudad que solo se sostiene porque en ella viven los muy ricos.
Si esta distinción sirve como punto de inflexión y marca el inicio de una etapa política más comprometida con el medio ambiente real (el que se pisa, se cuida y se vive cada día), será, sin duda, bienvenida.
Pero para ello será necesario pasar de las palabras a los hechos y demostrar que el orgullo por el arbolado de Pozuelo se traduce en una política ambiental a la altura de su riqueza natural.
Y mira que es fácil…
El Capitán Possuelo






