A propósito de la Semana de la Historia, Tejero debería recordar también a Francisco de Humera, el personaje más ilustre de Pozuelo, para hacer que los vecinos sientan orgullo de él

La celebración de la VIII Semana de Novela Histórica en Pozuelo de Alarcón ha comenzado con un rotundo éxito de participación y una excelente acogida por parte del público. Y así nos lo ha vendido el Gobierno. Y yo me alegro.
La iniciativa, que año tras año consolida su prestigio cultural, vuelve a situar a la ciudad como un referente en la promoción de la literatura histórica y del diálogo entre escritores, lectores e investigadores. Desde El Correo de Pozuelo lo hemos dicho en más de una ocasión y hoy toca repetirlo con satisfacción aunque el premio de novela necesitaría una repensada como también hemos criticado.
En cualquier caso, enhorabuena. Cuando Pozuelo apuesta por la cultura, acierta.
Pero en medio de estos fastos históricos, las fotografías y los discursos bienintencionados surge una pregunta incómoda:
¿Cómo es posible que celebremos con tanto entusiasmo la historia de España mientras mantenemos en un silencio casi absoluto la vida de uno de los hijos más ilustres de nuestra propia villa?
Hablo, claro está, de don Francisco de Humera. Figura pozuelera que hemos reivindicado también muchas veces en este periódico pero pocas veces se nos ha escuchado.
Y es que, tal y como recoge el pozuelero don Ángel Montero en su obra “Don Francisco de Humera: un ilustre, glorioso y desconocido personaje de Pozuelo”, este sacerdote ocupó responsabilidades de enorme relevancia en su tiempo.
Fue nada menos que Protonotario Apostólico (distinción concedida por el Papa y reservada a apenas media docena de personas en toda la cristiandad ya que es el más alto rango no episcopal en la Curia Romana). Fue también vicario general de los Tercios españoles en los Países Bajos, amigo personal de don Juan de Austria y administrador de los Hospitales Reales para esos tercios entre 1579 y 1590.
Dicho en lenguaje llano, un pozuelero que llegó muy alto cuando llegar alto era verdaderamente difícil.
Sin embargo, lo que convierte a don Francisco en una figura extraordinaria de la Historia de Pozuelo no son sus títulos (que también) sino su compromiso con su pueblo.
Pudo vivir cómodamente lejos de Pozuelo (entonces se llamaba Pozuelo de Aravaca) pero decidió mirar hacia su lugar de origen.
Y en 1615 fundó, por ejemplo, un pósito destinado a prestar grano a los labradores pobres en los años de malas cosechas y a repartir harina entre quienes nada tenían. Y para hacerlo no recurrió a discursos ni a gestos simbólicos. Hipotecó su propia casa y la huerta de los Abades, junto al Arroyo de las Huertas. Caridad verdadera, de la que implica sacrificio personal.
Conviene detenerse un instante en la importancia histórica de los pósitos:
Regulados por Felipe II en 1584, los pósitos almacenaban trigo para garantizar el pan en tiempos difíciles y ofrecían préstamos a bajo interés a los agricultores, evitando que cayeran en manos de la usura. En otras palabras, constituían una auténtica red de protección social siglos antes de que existiera siquiera ese concepto.
En el Pozuelo de entonces, con recursos escasos, fue un hijo del pueblo quien asumió esa responsabilidad. Cabe preguntarse, con justicia, si ha habido mayor generosidad en nuestra historia local.
Don Francisco falleció el 17 de julio de 1620 y fue enterrado en la capilla lateral de la antigua iglesia de Pozuelo (hoy lugar donde se encuentra la Virgen de la Consolación), que él había mandado construir para enterrar a su madre.
Tras la destrucción del templo durante la Guerra Civil y su posterior reconstrucción, sus restos desaparecieron. Un estudio municipal con “georradar”, promovido por el admirado maestro Domingo Domené, desgraciadamente nos lo confirmó.
Pero eso importa poco para que, ahora, el Gobierno de Pozuelo abriese la puerta a un reconocimiento digno de quien fue tan ilustre y tanto dio por sus vecinos.
La Semana de Novela Histórica demuestra que Pozuelo sabe mirar al pasado con interés y orgullo y más en los tiempos políticos que corren, en los que se desprecia la gloriosa Historia de España.
Pero, precisamente por eso, quizá haya llegado el momento de dirigir también la mirada hacia la propia historia local. Es hora de rescatar del olvido a don Francisco de Humera y a otros grandes de esta ciudad. Acto que no sería solo de justicia histórica, sino también un gesto de gratitud colectiva y de respeto hacia los valores que construyen esta ciudad.
Porque celebrar la historia está muy bien pero empezar por la nuestra sería, sin duda, mucho mejor.
Sobre todo en una ciudad sin alma propia como es el Gran Pozuelo de Alarcón. Recuperar la historia de esta ciudad es comenzar a que sus vecinos empiecen a sentirse orgullosos de ella.
Muchas veces, el desapego de los vecinos hacia su ciudad nace del desconocimiento. Cuando se recupera la historia, los espacios cotidianos dejan de ser simples bloques de ladrillo y cemento y se convierten en escenarios de vida.
La historia propia proporciona lo que se llama continuidad histórica. En un mundo globalizado donde todas las ciudades empiezan a parecerse (mismas franquicias, misma arquitectura), conocer lo que hace única a tu ciudad genera un sentido de pertenencia exclusivo.
Y no hablo solo de un Centro de Ciudad egocéntrico.
Hablo de los Mil Pozuelo y de Pozuelo Prestigio…
El Capitán Possuelo






