Las redes sociales de la Policía Municipal vuelven a enmudecer cuando más falta hacen: Ayer, con árboles caídos, techos volados y el alarmante sonido de las sirenas, no informaron

A veces, algunas veces, pienso que la Policía Municipal de Pozuelo, tan bien pagada, vive más de cara a la galería que al servicio público. Lo pienso a veces.
Y es que nos venden cosas que no se corresponden después con la realidad… Y no solo hablo de los drones, las pistolas táser, el muñeco Güito, las famosas cámaras de vigilancia o, recientemente, las redes sociales.
Pero, hoy, solo quiero referirme a las redes sociales, esas que nos vendieron como la pera limonera y, en realidad, parecen vivir en una realidad paralela.
Una realidad donde todo funciona, donde siempre hay motivo para la autocelebración y donde los problemas reales del municipio, curiosamente, nunca ocurren cuando más afectan a los vecinos.
Ayer, sin ir más lejos, Pozuelo sufrió episodios de fuerte viento, con sirenas de policía y bomberos sonando a todas horas, especialmente por la tarde. Árboles caídos, techos volados como el del Centro Cultural Padre Vallet (ahora renombrado Centro Cultural Esperanza Morón) calles cortadas y ciudadanos preguntándose qué estaba pasando y qué debían hacer.
La respuesta lógica, en pleno siglo XXI, sería clara: Buscar información inmediata a través de las redes sociales oficiales de la Policía Municipal que tanto nos han vendido.
Pero no.
Silencio.
Bueno, sí. Un aviso en un tuit a las 14:36 horas:

Ni más avisos, ni más recomendaciones, ni más mensajes de prevención, ni una mísera información de lo que estaba pasando.
Nada. Las redes sociales de la Policía Municipal, tan activas cuando toca presumir, desaparecen cuando deberían cumplir su verdadera función: informar y proteger.
Y es que resulta llamativo porque, hace apenas unos días, esas mismas redes se mostraban especialmente orgullosas de una actuación policial: la detención de dos personas tras ser localizadas mediante cámaras de tráfico. “Cámaras de nuestra ciudad”, dicen.

Un anuncio difundido con entusiasmo, sin demasiadas explicaciones y con un tono más cercano al autobombo que al servicio público.
Y aquí surgen preguntas incómodas, pero necesarias.
¿Las cámaras de tráfico están para vigilar delitos comunes?
¿Quién autoriza ese uso?
¿Encaja esto con la normativa de protección de datos?
No se trata de cuestionar la labor policial, sino de recordar que la legalidad también se aplica cuando se comunica, y que no todo vale por conseguir un titular o unos “me gusta”.
Lo paradójico es que, cuando la ciudad realmente lo necesita, cuando hay riesgos, incidencias, viento peligroso y situaciones potencialmente graves, las redes oficiales callan.
Todo esto refuerza la sensación de que las redes sociales de la Policía Municipal no responden a una estrategia de servicio público, sino más bien a un capricho personal, atribuido en más de una ocasión al comisario Antolínez. Un escaparate donde caben drones, fotos, mensajes triunfalistas y tecnología llamativa, pero donde no parece caber la información útil y urgente.
Las redes sociales institucionales no están para alimentar egos ni para construir relatos épicos. Están para servir al ciudadano, especialmente en situaciones de emergencia. Cuando eso falla, el problema no es técnico, es de seriedad.
Porque si la Policía Municipal quiere redes sociales, perfecto.
Pero entonces que estén a la altura de la responsabilidad que conllevan.
Y que no se enciendan solo cuando toca aplaudirse, mientras los vecinos, ahí fuera, se quedan a oscuras informativamente hablando.
Ya vale de chuminadas y caprichitos ¿no?
Juan Manuel Sánchez






