El Ayto del Gran Pozuelo de Alarcón tarda 14 días en tramitar un escrito presentado en una oficina de Registro General cuando Isabel Díaz Ayuso está prometiendo simplificar la Admón

La simplificación administrativa se ha convertido en el nuevo mantra político de Isabel Díaz Ayuso. Una palabra mágica. Un concepto etéreo. Un eslogan cuidadosamente envuelto en libertad, agilidad y modernidad. Menos papeles. Menos plazos. Menos trabas. Más ciudadano. Más eficacia. Más sencillez. Todo suena bien. Todo queda estupendo en un atril.
El problema llega cuando ese discurso baja de la Puerta del Sol a la acera. Cuando aterriza, por ejemplo, en el autoproclamado Gran Pozuelo de Alarcón la magia se desvanece.
Porque mientras el Gobierno regional promete guerras épicas contra la burocracia y anuncia el silencio administrativo positivo como si fuera la panacea universal para 2026, un vecino de Pozuelo (y tengo la queja) puede esperar tranquilamente catorce días para que un simple escrito presentado en el Registro General sea tramitado. No resuelto. No informado. No contestado. Solo tramitado. Derivado. Leído. Catorce días para que alguien lo mueva de una bandeja a otra.
Dos semanas. En 2026. En el envidiado Pozuelo. Con presupuesto récord. Con digitalización presumida. Con discursos sobre inteligencia artificial y administración del siglo XXI.
La contradicción no puede ser más obscena. La narrativa regional vende velocidad y desregulación, pero la praxis municipal pozuelera funciona a ritmo de expediente polvoriento.
Y es que ese retraso inicial de catorce días actúa como un tapón burocrático que invalida cualquier promesa posterior.
¿De qué sirve acortar plazos legales si el primer paso, el más básico, se eterniza por pura ineficiencia interna?
¿De qué sirve hablar de libertad administrativa si el ciudadano queda atrapado en un limbo procedimental sin explicación ni plazos claros?
Pozuelo no es un municipio cualquiera. Es uno de los más ricos de España. El que más. Uno de los que, incompresiblemente, más presumen los estúpidos. En otros sitios sería una simple torpeza aquí es una falta de respeto. Al tiempo del vecino. A su dinero. A su paciencia. Y también a la inteligencia colectiva.
El Gobierno se suma sin rubor al relato político de Ayuso. Se envuelve en sus consignas. Las repite. Las aplaude. Pero no las ejecuta. Vende una administración “ágil” mientras mantiene estructuras lentas, desordenadas y desconectadas de la realidad diaria del ciudadano.
Una administración donde un escrito puede dormir el sueño de los justos durante medio mes sin que nadie se sonroje es un pecado de lesa administración en el Siglo XXI.
La crítica no es solo por la espera. Es por la hipocresía. Por el contraste entre el discurso y la ventanilla. Por la diferencia entre el marketing político y la gestión real. Simplificar no es anunciar decretos ni posar con titulares grandilocuentes. Simplificar es que un escrito entre hoy y se mueva hoy. O mañana. No dentro de catorce días.
El Gran Pozuelo es grande para cobrar. Grande para imponer tasas. Grande para presumir. Pero sorprendentemente pequeño cuando se trata de responder con rapidez.
Al final, el vecino de Pozuelo queda atrapado entre la brillantina del discurso ayusista y la cruda realidad de una administración local que sigue funcionando como si el tiempo no importara.
Y sí importa. Porque el tiempo del ciudadano también es libertad.
Aunque en Pozuelo aún no se hayan enterado.
Qué vergüenza, madre…
Juan Manuel Sánchez






