El maldito guerracivilismo sanchista declara lugar de Memoria a la Tapia del Cementerio de la Almudena (2.936 fusilados) y olvida la Tapia del Cementerio de Aravaca (entre 2.000 y 2.500)

En otro gesto de guerracivilismo que aviva las brasas de la memoria dividida, Pedro Sánchez ha declarado La Tapia del cementerio de La Almudena como nuevo “Lugar de Memoria Democrática”.
El Acuerdo de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, fechado el 20 de octubre de 2025, reconoce este muro madrileño como sitio de fusilamientos masivos durante la dictadura franquista, donde miles de socialistas, anarquistas y disidentes fueron ejecutados, entre el 16 de abril de 1939 y febrero de 1944, 2.936 personas.
Una barbaridad. Nadie lo discute.
Es el enésimo paso en una ofensiva sanchista que ya suma decenas de espacios similares: desde el Valle de los Caídos hasta checas republicanas rehabilitadas como museos de la resistencia para recochineo a sus víctimas.
Pero, ¿a qué viene este guerravilismo a estas alturas del Siglo XXI?
¿Dónde queda la equidad en esta brutal narrativa selectiva?
No lo sé.
Pero sé que de ello la pregunta surge inevitable:
¿Reconocerá Sánchez también la tapia del cementerio de Aravaca, ese otro muro de muerte que hoy también es un barrio de Madrid?
El cementerio de Aravaca, tan cercano a Pozuelo de Alarcón y pueblo al que perteneció cuando era Pozuelo de Aravaca, se convirtió también en un improvisado matadero de personas por su proximidad a las cárceles y checas de Madrid y su tapia perimetral era ideal para ejecuciones ideológicas.
Formaba parte de la cadena de matanzas conocidas como “Paracuellos y otras sacas”, orquestadas por milicias socialistas, anarquistas y comunistas con la connivencia o pasividad del gobierno de ahora admirado por la izquierda Largo Caballero.
Y allí, en los primeros meses de la Guerra Civil, las milicias republicanas fusilaron a cientos de derechistas, intelectuales y católicos sin juicio alguno.
Figuras como Ramiro de Maeztu, el ensayista vasco asesinado a puñaladas antes de ser ejecutado en octubre de 1936, o Ramiro Ledesma Ramos, ensayista, filósofo y político jonsista, sucumbieron ante esa tapia en noches de terror rojo.
Se habla de una cifra entre 2.000 y 2.500 fusilados. Ni siquiera se sabe el número exacto como se sabe en La Almudena.
El pico de horror en Aravaca se dio el 28 de octubre de 1936, bautizado como el “Wannsee Rojo” por su planificación en una reunión de chequistas: 220 presos fueron sacados de la cárcel de Ventas y fusilados contra la tapia del cementerio del Camino de La Zarzuela.
De las 800 sepulturas que hay en el Cementerio de los Mártires de Aravaca, 500 permanecen sin identificar.
La Tapia del Cementerio de Aravaca también fue testigo de la “desmemoria” que tanto critica la izquierda, simboliza la represión republicana: Un baño de sangre que dejó a familias liberales y conservadoras en el exilio o el luto eterno.
Sin embargo, en esa tapia apenas hay una placa pero ningún recuerdo gubernamental ni siquiera un tuit presidencial. Aravaca permanece en el olvido oficial, como si las balas republicanas no contaran para la historia.
Este es el guerracivilismo puro de Pedro Sánchez: Una memoria a medida, que exalta víctimas de un bando mientras invisibiliza las del otro.
Sánchez, que se presenta como guardián de la democracia, practica un revanchismo tardío que divide más que une, alimentando el independentismo catalán, apoyando a los sucesores de ETA y mostrando un resentimiento hacia la derecha con esta asimetría histórica.
Y aquí radica la reflexión política:
¿Qué significa reabrir las trincheras de la Guerra Civil cuando la Transición de 1978 fue un milagro de perdón colectivo?
Aquel pacto, forjado por España entre Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga y Santiago Carrillo, selló heridas con el consenso de “no mirar atrás”.
Todos perdonaron para edificar una España moderna, europea, sin venganzas.
Pero no contaron con que habría un Sánchez. Un político sin alma. Un Sánchez que no reconoce aquel perdón mutuo y excava en el pasado con maquinaria ideológica, financiada con euros públicos (más de 50 millones en exhumaciones sesgadas hasta 2025). Fueron demasiado ingenuos.
Y es que esto no es memoria, es munición política. Sánchez la necesita para seguir gobernando.
Pero volver a la Guerra Civil es traicionar aquel espíritu transicional de más de un siglo de guerras civiles. Y en vez de reconciliar, Sánchez siembra rencor, como si el 80 aniversario de la victoria franquista (2039) mereciera más balas verbales. Como si quisiera ganar aquella maldita guerra.
¿Aravaca?
No le conviene electoralmente.
Sánchez solo es un guerracivilista. Como su admirado Largo Caballero.
Aprecio la elección de la nueva sede del Museo de Memoria Democrática en Madrid por @sanchezcastejon. A su alrededor, en un radio de solo 600 metros, hubo cinco checas frentepopulistas que podrían servir de anexo para contar toda la verdad. @PPAsamblea pic.twitter.com/jAwv0d9bsx
— Pedro Corral (@corralcpedro) March 21, 2025
Juan Manuel Sánchez






