Acerca de desastres naturales, cambios climáticos y otros folclores políticos o la estupidez de los iluminados o de los tontos de los árboles líquidos o los jardines verticales

Con motivo de la tragedia que viven nuestros compatriotas de Valencia estamos asistiendo a las tradicionales muestras de miseria política. Nuestros responsables políticos, tanto a nivel nacional como europeo, han corrido a culpar a ese ser fantasmal que denominan “el cambio climático”. No por habituales nos acostumbrarnos a este tipo de declaraciones.
El cambio climático viene a reemplazar al antaño Lucifer, al convertirse en un ser maligno que causa todas nuestras desdichas en la tierra. En última instancia, nosotros somos los culpables, porque los seres humanos somos como virus que destruyen el planeta. Pecado original 2.0. Todo está inventado desde hace mucho tiempo, incluido al apocalipsis, ahora travestido de emergencia climática.
Michael Shellenberger, ecologista de pata negra, toda una vida luchando por una verdadera defensa del medioambiente, en una obra publicada en 2020 lo expresaba de la siguiente manera:
“El ecologismo hoy es la religión secular dominante entre las élites educadas de clase media-alta, en la mayoría de los países desarrollados y en gran parte de los países en desarrollo. Esta provee una nueva historia acerca de nuestro propósito individual y colectivo (…) particularmente, los ecologistas rechazan la idea de que los humanos deban tener dominio o control sobre la Tierra”.
Me pregunto si un mayor (y mejor) control racional del entorno natural no hubiera salvado muchas vidas y ahorrado tan tremendos daños materiales en Valencia.
En 1979, James Lovelock, el prestigioso biólogo británico, publicaba su tesis sobre la vida en la tierra, acuñando el término de GAIA para referirse a un ente que se comporta como un ser cibernético, esto es, dotado de mecanismos de autorregulación. Como obra científica es muy interesante. El problema surgió cuando otros menos dotados para la ciencia tergiversaron sus tesis concediendo a la tierra un carácter divino con no poca dosis de esoterismo.
Destacaba Lovelock en su magistral clásico:
“Es muy posible que el intenso impulso emocional de los ecologistas nos haga falta para permanecer alerta ante riesgos reales o potenciales de la contaminación, pero hemos de tener cuidado en no responder hiperreactivamente (…) tan descabelladas exageraciones pueden ser buena política, pero son mala ciencia”
Podemos descontar que los sacerdotes de la nueva religión van a seguir empleando su credo para lo que siempre sirvieron estas cosas: pastorear el rebaño. El problema radica en los tontos útiles que hacen seguidismo de sus postulados sin el más mínimo juicio crítico, sin el menor escrúpulo y con grandes dosis de oportunismo.
En este punto me vienen a la cabeza las chuminadas del “árbol líquido” que meses atrás expuso nuestro flamante ayuntamiento, o los diez millones de euros que pretenden destinar nuestros próceres a “los jardines verticales descontaminantes en la -M502 y la M-503”. Son burdas distracciones pseudo-ecologistas de la misma corporación que apoya la destrucción del bosque natural de Montegancedo: un bosque maduro de especies autóctonas. Extraña manera de luchar por el medioambiente.
Tengo la impresión de que la política hace tiempo que dejó paso al folclore. Vivimos en un concurso diario de ocurrencias con las que gastar un dinero que no tenemos. Alguien se encargará de facturarnos.
Estaremos atentos a la próxima ocurrencia de las folclóricas de la casa rosada. Ya corren las apuestas sobre quién será el adjudicatario del nuevo monumento a la frivolidad.
Juan Pozuelo






