El Fantasma de Don Agustín reflexiona sobre los muertos por coronavirus y pide que no se les olvide en medio de cifras como están intentando y luego terminar con la libertad

Hoy, a la hora de escribir esta columna, luce un sol radiante en Pozuelo, pero sigue siendo un día gris. Uno más a añadir a los que ya llevamos a cuestas. Ya no sé cuántos son, he dejado de llevar la cuenta, ¿para qué hacerlo? El tiempo si no se mide, deja de existir. Solo queda el hoy y el ahora.
No me interesan las cifras, ahora que se dan tantas. Ninguna cifra, ni siquiera la que recoge cuántos de nuestros vecinos que se van quedando en la cuneta. Ni tampoco me interesa la que refleja la de cuantos batallan duramente, día tras día, para no quedarse en ella.
No me interesan las cifras, me interesan únicamente sus nombres. Poder ponerles cara para recordarles y llorarles como se merecen y que dejen de ser víctimas, además del virus, de las frías estadísticas.
Ninguno de ellos es un simple dato más a añadir.
Es una persona.
Eso no parece contar ahora. Lo que interesa son los números. A eso se puede quedar reducida la pandemia: a una sucesión de números, de datos, de informaciones.
No debe ser así. No puede ser así. No deberíamos permitir que esto sea así.
El valor de una vida, de una sola de ellas, es muy superior, infinitamente superior a la de los guarismos.
Y si el valor una vida es importante, también lo es el de la libertad. Y esa libertad corre el riesgo de que nos la arrebaten.
El miedo, el lógico miedo que nos acecha, que convive con todos desde que todo esto comenzó, no puede ser manipulado. No puede ser aprovechado para cercenarnos nuestra libertad individual.
Algunos lo van a intentar, lo están intentando y, si les dejamos, lo van a hacer.
Porque nada es más fácil que obtener, a costa de las emociones de los demás, beneficios para sí mismos. Y siempre hay quienes son expertos en ese execrable arte de sacar de una situación, por grave y triste que esta sea, el mayor partido posible.
Se empieza por controlar los medios de información públicos, por subvencionar a aquellos que son afines y por poner trabas a quiénes no lo son. Se continúa por tratar de coartar nuestras comunicaciones privadas y podar las redes sociales. Se sigue por transmitir como única verdad, la verdad oficial para adueñarse del relato. De usar y abusar de las comparecencias públicas con la única finalidad de adoctrinarnos.
Muchos de esos que se van quedando en la cuneta, pelearon en su día por conseguir la libertad. No dejemos ahora, no permitamos ahora que su lucha de entonces solo haya servido para hacer un paréntesis en nuestra larga historia.
Al miedo se le hace frente con la razón y el conocimiento, no con la ocultación y la desinformación.
Defendamos una libertad que nadie tiene que darnos, sino que debe ser ganada por nosotros mismos.
Don Agustín “El Fantasma del Torreón”





