El Fantasma de don Agustín hace unas cuantas consideraciones sobre cómo la causante de un incendio municipal ha tratado de apagarlo situándose, a la fuerza, en cabeza del duelo

La niebla, otra vez esa maldita niebla vuelve a difuminar los edificios que contemplo desde mi torreón. Una niebla que produce una especie de adormecimiento, que lo enlentece, que lo apaga todo y que amortigua hasta los sonidos.
Hay niebla en la calle, pero tengo que decir que también la hay en el interior del edificio. Hace tiempo que comencé a notarla, a sentirla. Al principio fueron solo pequeños retazos, pequeños signos de su presencia. Pero luego, de una forma terca, se fue extendiendo lentamente, envolviéndolo todo y ha terminado por adueñarse de toda “la Casa”.
Y la niebla, esa maldita niebla, que lo ha invadido todo, proporciona a todas las dependencias un aspecto lúgubre y triste que ni las luces, que ya están encendidas, son capaces de disipar.
Poco a poco comienzan a llegar los primeros trabajadores, al principio de forma aislada, como un lento goteo, para después hacerlo en grupos más numerosos. Pero todos lo hacen de forma lenta, muy lenta, casi arrastrando los pies.
Se intercambian saludos. Se sientan frente a los ordenadores. Fijan su mirada en las pantallas, que permanece apagadas, y dejan pasar unos instantes hasta que, por fin, se deciden a encenderlos.
¡Comienza otro día más!
Otro día más, pero también un día diferente.
Al principio ha sido un simple comentario, pero el comentario empieza a extenderse, de una mesa a otra, de un corrillo a otro. De un grupo a otro. Y así, más pronto que tarde, toda “la Casa” termina por enterase.
Lo conocen, pero nadie se lo dice oficialmente.
Esperan alguna reacción, pero ésta se retrasa.
Se retrasa tanto, que termina por no llegar.
¡No puede ser!, comentan.
Pero desgraciadamente, lo es.
Y ante esa cruda evidencia, se comienza a reaccionar. Se ha vencido la inercia. La niebla parece que comienza a retirarse. A disiparse.
Se toma la iniciativa. Se toman medidas. Medidas lógicas y razonables. Y se anuncian.
Ha sido, sin duda, una buena respuesta.
Pero repentinamente a este fantasma le asalta una inquietud.
La inquietud de que el amedrentamiento, causado por la respuesta, no lleve a quien ha causado el incendio a tratar de querer apagar el fuego situándose, aunque a regañadientes, en cabeza de la manifestación.
Ya son largos años aquí, y ejemplos de actuaciones similares a esa, los he podido ver, y muchos, en esta “Casa”.
Don Agustín, “El Fantasma del Torreón”





