Hace 38 años, los marqueses de Urquijo fueron asesinados en su mansión de Somosaguas, en Pozuelo, y el caso tuvo y tiene todos los ingredientes de una trama de misterio sin resolver

La misteriosa trama comenzó en la madrugada del 1 de agosto de 1980, cuando María Lourdes Urquijo y Morenés, de 45 años, y Manuel de la Sierra y Torres, de 54, marqueses de Urquijo y suegros de Escobedo, fueron asesinados de varios disparos a bocajarro en su lujosa mansión de Somosaguas (Pozuelo de Alarcón). La noticia impactó a la España que ese día iniciaba sus vacaciones y a la que regresaba de ellas. El sello aristócrata del matrimonio, propietarios de uno de los principales paquetes accionariales del Banco Urquijo, convirtió el suceso en uno de los hechos delictivos con mayor seguimiento mediático en el país. El crimen del siglo, como se le bautizó, ha alimentado varias películas y libros, el último publicado hace apenas diez meses.
En el momento de su suicidio, Rafi Escobedo era el único condenado por el asesinato de sus suegros. El joven, casado en 1978 con la hija de los marqueses, Myriam, fue condenado por la Audiencia de Madrid a 53 años de cárcel por cometer el homicidio «por sí solo o en unión de otros». Este fue el fallo después de un farragoso juicio en el que se presentaron liosas pruebas y testimonios contradictorios y en el que se llegó a implicar al hijo de los fallecidos, Juan.
Aunque culpaba a los finados de su distanciamiento de Myriam, de la que ya vivía separado, Escobedo proclamó su inocencia durante el proceso y con posterioridad a él. La mayor prueba en su contra, una firma de confesión que atribuyó a un pacto con la Policía, desapareció enigmáticamente de los archivos. En 1990, el marqués de Torrehermosa, Mauricio López-Roberts, fue condenado a diez años de prisión como encubridor. Falleció hace cuatro años. En 1987, un íntimo amigo de Escobedo, Javier Anastasio, huyó de España y en 2010, al prescribir el delito, se retiraron los cargos que pesaban sobre él como coautor. En varias entrevistas, Anastasio apuntó que el crimen fue realizado por un profesional y que en el móvil anidaban intereses políticos y financieros.
Numerosos episodios extraños envuelven el asunto. La pistola del crimen desapareció, al igual que cantidad de pruebas, un reportero encontró un casquillo de bala en un cubo de la basura de la casa, el administrador de los marqueses ordenó lavar los cadáveres y destruir documentos de la caja fuerte, alguien llamó al semanario de sucesos ‘El Caso’ antes que a la Policía… Todos los ingredientes de una perfecta trama de misterio.
El miércoles 27 de julio de 1988, a mediodía, Rafael Escobedo, de 33 años, aparecía ahorcado con una sábana en su celda del penal cántabro de El Dueso. Se determinó que el suicido fue la causa de su muerte, aunque seis meses después, el entonces juez instructor de Santoña y hoy ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, resolvió que el fallecido había recibido ayuda para quitarse la vida. Otra pieza en el aire flotando sobre un confuso tablero de ajedrez.
(Gentileza de El Norte de Castilla)






