Elogio del balompié, aunque no lo parezca, por servir de desahogo de la agresividad que habita en nuestro interior

Si, hablo del fútbol, claro. ¿Pero es que acaso existe otra cosa durante estos días? Ojo, que lo dice alguien que durante sus años infantiles y juveniles se reía de este deporte, e incluso lo criticaba agriamente. Cierto: “Nunca digas de esta agua no beberé”. El logro del Real Madrid al conquistar la Copa de la Champions, que en tiempos pasados me habría pasado prácticamente desapercibido, me ha llenado por completo mis ratos de ocio (muchos en un jubilado) Tras el partido triunfal, los aficionados merengues que no pudieron estar en Cardiff (la mayoría), se reunían en el Santiago Bernabéu que vibraba con un grandioso espectáculo de luz y sonido más parecido al escenario de un concierto de Madonna o de los Rolling que al de una competición futbolística.
¡Pero qué digo! Ya querrían los astros del pop -y no digamos los más populares políticos del momento- reunir unas masas de gente tan numerosas, y sobre todo tan enfervorizadas, como lo ha logrado el Madrid. Partidos de fútbol semejantes se han convertido en acontecimientos cósmicos, en sucesos universales, como lo demuestran los 380 millones de personas que en todo el mundo han seguido la final de la Copa de Europa. Salvo quizá los norteamericanos, que siguen refugiados en su propia y extraña versión del fútbol y en ese raro deporte que es el béisbol. No sólo Europa, sino América del Sur y Central, Asia e incluso África han seguido apasionadamente el devenir de un campeonato que ha mantenido un alto voltaje de incertidumbre hasta sus últimos partidos. No sé si se debe celebrar que los personajes más conocidos en todo el orbe representando a España sean Ronaldo y Messi, y no Cervantes o Colón. Pero los hechos son irrebatibles.
Muchas son, sin embargo, las críticas que se vuelcan y han volcado contra el deporte rey. Empezando por sus protagonistas, jóvenes millonarios cuyos emolumentos alcanzan cifras astronómicas… Un espectáculo violento, lleno de empujones, patadas intencionadas o no, violencia que se extiende hasta los aficionados más radicales que prosiguen expresando sus filias y sus fobias en forma de enfrentamientos salvajes que con frecuencia acaban en vandalismo con víctimas. Panem et circenses, espectáculo de masas que como los viejos combates de gladiadores en el Imperio Romano, distrae la atención de los marginados de la sociedad, más pendientes de las hazañas de sus ídolos que de los culpables de la miseria que constituye su existencia cotidiana. Incluso se le reprocha al fútbol el ser uno de los refugios del más rancio machismo constituyendo un mundo del cual se ha excluido sistemáticamente a la mujer…
¿Violento? Bueno, sí, en realidad delicado no es. Pero tampoco la violencia es su principal objetivo, sino más bien un accidente circunstancial. Nada que ver con aquél bárbaro juego maya de pelota que se jugó en casi toda Mesoamérica del que nos han hablado los historiadores y que a menudo terminaba con el sacrificio del capitán del equipo perdedor.
Justamente la virtud del fútbol es la de ritualizar el sentido de una verdadera batalla. Así lo afirma el antropólogo Jordi Salvador Duch, autor del libro “Fútbol, Metáfora de la Guerra Fría”. “En el fondo, somos los mismos que disfrutaban en el circo romano con los gladiadores y los leones, pero ahora el nivel de tolerancia de la violencia es menor”. En efecto, en el fútbol hay vencedores y vencidos, pero afortunadamente nunca ya víctimas mortales. Y la inmensa mayoría de sus espectadores, después de gritar, patalear y gesticular durante 90 minutos lanzando tremendos insultos y maldiciones contra el equipo contrario, contra los árbitros, los entrenadores y contra todo bicho viviente, han logrado quemar inofensivamente la bilis acumulada durante toda la semana contra la pareja, el jefe, los gobernantes y los deudores y salen mansamente del estadio… Cariacontecidos si su equipo fue derrotado. Sonrientes, exultantes y felices si resultaron vencedores.
Dudo yo que exista otra terapia psicológica tan eficaz como el balompié para el desahogo de la agresividad que con tanta frecuencia habita en nuestro interior. Pero además, presenta otra ventaja añadida. En una sociedad civil tan desabrida y tan desunida como la nuestra, el fútbol crea unas señas de identidad comunes que llegan hasta convertirse en un sentimiento de hermandad hacia tus cofrades del equipo. Sí, porque la hinchada es siempre un fenómeno de unión y colectividad. Los forofos van al estadio juntos, incluso emprenden largos viajes al extranjero si el partido tiene lugar en otro país; y si no tienen entradas, acuden al bar de la esquina que se llena hasta la bandera con otros apasionados componentes de la hermandad con quienes comentar y desgañitarse según las incidencias del encuentro. Y si ni eso es posible, se juntan en la casa de alguien con el hermano, el yerno, el sobrino y otros que se unen al evento para gozar o sufrir, según toque, con nuestras estrellas.
Y lo de marginar a la mujer quizá tuviera sentido antaño, pero hoy corren otros tiempos. Las chicas también se apasionan con los triunfos de sus colores, y por otra parte, los equipos femeninos ya han comenzado a dar que hablar.
Sí, sí. Ya lo he dicho al principio. Sé que todos esos jovenzuelos son supermillonarios, tienen casas de ensueño, novias espectaculares y automóviles que quitan el hipo. Pero el verdadero futbolero lo da por bien empleado y contribuye gustoso con su granito de arena a engordar la cuenta corriente del astro del balón.
Y a quienes no les convenza el fútbol… Pues ajo y agua. Y si no, probad a ver algún partidito. Quizá ahí os pique el virus. A mí me sucedió y estoy tan contento… ¡Doce Copas de Europa! ¡Ahí es nada la pomada!
Abelardo Hernández





