Los códigos éticos no sirven para nada: La decencia se demuestra, no se firma y es cuestión de ética personal
¡Madre mía! La que se ha liado con los llamados “códigos éticos”. Ahora a todos los partidos políticos les ha dado un ataque de integridad que quieren demostrar firmando unos manifiestos rimbombantes que han dado en llamar así: “códigos éticos”.
A mí, la verdad, me provoca un poco de estupor. En mi época la gente de honor no tenía que andar firmando papeles y menos publicándolo en las gacetillas. Era honrada y punto.
Pero qué le vamos a hacer, las cosas han cambiado y ahora estamos en la carrera desenfrenada del Parecer, mucho más que en la del Ser.
A pesar de modas, me gusta más el Ser. No es que esté en contra de las formas, no. Pero me preocupa esta honradez de apariencia con tan poca esencia.
Ya ven, yo sigo igual, no tengo remedio. En el Madrid en el que yo viví lo “cool” era ser afrancesado o más bien parecerlo. Yo me rebelé contra el francés y así me fue. Mi defensa de lo que creía justo y cabal me trajo a este barrio (para ustedes, el otro) con sólo 17 añitos.
Eso sí, lo bueno que tiene morir joven es que se pasa una la eternidad en plena forma. Vamos, que me he convertido en una rebelde a perpetuidad. Así que por muy de moda que se hayan puesto esas declaraciones campanudas de algunos políticos empeñados en ser el azote de la corrupción, a mí no me convencen.
Miren, estoy segura de que muchos, por no decir todos los políticos que han pasado por la cárcel, hubieran firmado esos papelitos “demuestrahonra” sin dudar. Vamos, hubieran firmado hasta en las cortinas de su casa sin despeinarse.
Y lo malo además es que ya nada es suficiente. Esta enloquecedora carrera por la pureza y la santidad empieza a ser un dislate.
Los propios políticos se sacrifican unos a otros sin dar oportunidad a sus compañeros a defenderse. Hemos convertido al investigado, antes imputado (por cierto, no sé que suena peor), en un condenado sin capacidad de amparo social, cuando la realidad demuestra que al fin y a la postre la mayoría de ellos son absueltos.
Da igual. Esta competición por tener el “código ético” más implacable nos está llevando a una situación de esquizofrenia absurda.
Así que no me extrañaría que ya metidos en faena, los partidos políticos obliguen a sus cargos públicos a firmar el siguiente manifiesto:
1º.- Todo el que se dedique a la política es un corrupto
2º.- Si por casualidad se demostrara que no lo es, se le aplicará el artículo primero
¿Les parece surrealista? Pues, háganme caso, no estamos lejos de esto.
A ver, no es que esté en contra de hacer gestos en política, pero no engañen a la gente. Firmar esos “honorables” papeles no significa nada. ¿Alguien piensa que los sinvergüenzas y mangantes tendrán el más mínimo pudor en firmar?.
Estos “códigos” no van a perjudicar a quienes están dispuestos a corromperse sino a quienes se ataca por interés político.
Estos códigos están pensados para dar titulares de prensa y forman parte de esa política espectáculo tan en boga. Pero deberíamos reflexionar sobre los efectos secundarios que producen. Si sabemos que la simple imputación provocará la dimisión inmediata de un cargo público ¿No es tentador judicializar todo hasta conseguir que los adversarios e incluso algún compañero “incómodo” sea investigado?
¿Quién querrá dedicarse a lo público si hacerlo tiene muchas posibilidades de acabar con tu carrera y tu reputación?
Y lo peor de todo es que son los propios políticos los que han promovido esa situación delirante, con la complicidad, eso sí, de algunos medios de comunicación y de algunos actores de nuestro Estado de Derecho.
¿Cómo vamos a salir de este estado de opinión si los políticos son lo que se ven a si mismos como presuntos corruptos?¿En qué va a beneficiar esta opinión a la gobernabilidad de España? ¿Qué valor real tienen estos papeles?
Sinceramente creo que es hora de que los políticos dejen de hacer sólo gestos para la galería y hagan cosas útiles porque no son tiempos para andar posando para la foto.
Todo esto me recuerda a la Constitución de 1812 que en su artículo 6º decía: El amor a la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, ser justos y benéficos.
Hombre, como declaración de intenciones vale pero, ¿saben?, ningún papel hará a nadie más honesto, más honrado, más justo o más íntegro.
La decencia se demuestra, no se firma y es cuestión de ética personal. Esperemos que este “postureo” no se nos vuelva en contra.
Manuela Malasaña


