Un décimo aniversario de los atentados del 11 M con algo positivo

(11-03-14) Hoy se cumplen diez años del mayor atentado terrorista cometido en España y me va a permitir, amigo lector, que me salte las reglas del blog. Acabo de ver una encuesta en una televisión en la que muchos españoles ya no recuerdan lo que pasó aquel 11 de marzo de 2004 y el cuerpo me pide hacer una reflexión sobre ello. Porque yo sí lo recuerdo.
Desgraciadamente, recuerdo todos los atentados que me tocaron vivir profesionalmente. Que fueron muchos. Incluso, el que sufrió el Papa Juan Pablo II aquel 13 de mayo de 1981. Yo estaba entonces trabajando con Alejo García en RNE. Hacíamos Directo-Directo. Los recuerdo todos.
Recuerdo el asesinato de Gregorio Ordóñez. Yo era subdirector de Carlos Herrera. Y el atentado que sufrió Irene Villa. Yo era subdirector de Javier González Ferrari. Y recuerdo el del catedrático Tomás y Valiente y el de tantos y tantos asesinatos que se producían día sí día no en el País Vasco y que yo tenía que trabajar en ellos de una manera u otra.
Podía seguir recordando todos y cada uno de los que me tocó vivir en el tiempo en que tuve responsabilidades en COPE o en Radio 9. Fueron muchos. Sin mérito alguno por mi parte. Sólo porque mi carrera en la radio fue muy larga.
En cambio, los atentados del 11 de marzo de 2004 que, precisamente, no viví en directo, son los que más vivos tengo en la memoria. Más que ninguno. Y no porque sean los más trágicos o recientes sino porque recuerdo cómo se usaron políticamente y cómo, por primera vez, sentí que volvía el fantasma de las dos Españas del que tantas veces había oído hablar y sobre el que tanto había leído.
Esta vez, yo no estaba en un programa informativo ni tenía responsabilidad alguna a la hora de conseguir información. Trabajaba de tarde y sólo fui un observador. Tal vez, mejor. Así pude ver la angustia que vivieron mis compañeros de RNE tratando de averiguar la autoría del crimen y asistir, de paso, al resurgir de la bestia.
En todos los atentados de ETA (recuerdo el atentado de la calle Juan Bravo cuyo sonido del bombazo recogieron en directo los micrófonos del programa de Manuel Antonio Rico), todos teníamos detectado al enemigo. Hijos de la puta. Todos teníamos un frente común. En los atentados del 11-M, que pasaron de ser ETA a ser Al Qaeda, nada estaba claro y, lejos de apoyarnos unos a otros para hacer un frente común contra el terrorismo, dividieron a España. Aún sufrimos las consecuencias.
La tarde-noche del día siguiente, en aquella gran manifestación de repulsa y condena y con el dios de la lluvia llorando sobre Madrid, se puso de manifiesto la división. Ay de ti, Rubalcaba y tu operación política en los días siguientes. Aquel Gobierno no mentía. Le mentían. Y tú conseguiste dividir a España sólo porque había que ganar unas elecciones. No te lo perdonaré nunca.
Por eso, hoy, cuando se cumplen diez años de aquella locura, el hecho de que haya muchos españoles que no recuerden qué pasó aquel 11-M, puede llegar a pensarse que es una bendición aunque duela el pensamiento.
He leído, también, que todas las asociaciones de víctimas están unidas conmemorando la efeméride. Y eso me emociona. Ya no hay víctimas buenas y malas.
Ese es el camino para que no se repita aquella barbarie y para que yo también olvide.






