La memoria de un vecino de 84 años de Pozuelo: Antes, cuando era un muchacho, se cuidaba el monte (no recuerda un solo incendio) y pide volver a esas tareas para evitar estas tragedias

Estimado Capitán:
Cada verano España vuelve a vivir la misma tragedia. Miles de hectáreas arrasadas por el fuego, pueblos desalojados, familias que lo pierden todo y un paisaje que tarda décadas en recuperarse. Es una imagen que se repite año tras año y que muchos ya contemplan con resignación.
Yo no.
Yo soy un vecino de Pozuelo de Alarcón, de 84 años, que quiero compartir con El Correo de Pozuelo mis recuerdos de infancia. No pretendo dar lecciones a nadie. Solo contar cómo era la vida en el campo cuando yo era un niño y por qué creo que aquellos montes estaban mucho mejor cuidados que ahora.
Recuerdo perfectamente mis vacaciones de verano en un pequeño pueblo, a seis kilómetros de Segovia. Allí estuve desde los ocho hasta los quince o dieciséis años.
Aquellos veranos estaban muy lejos del descanso. Eran meses de trabajo duro. Mis tíos empezaban la jornada a las cinco de la madrugada segando a mano con hoces el trigo, el centeno y la cebada.
Después llegaba una cadena de tareas que hoy casi han desaparecido. Había que recoger lo segado, hacer haces, cargarlos en los carros y llevarlos hasta las eras para trillarlos. Más tarde se aventaba el grano para separarlo de la paja.
Nada se desperdiciaba. La paja se almacenaba para alimentar a vacas, ovejas, cerdos y gallinas. El grano también se guardaba para el ganado y una parte del trigo se llevaba al panadero del pueblo para elaborar aquellas grandes hogazas que duraban toda la semana sin ponerse duras.
Cuando terminaba la cosecha de los cereales todavía quedaba segar la hierba con guadaña, dejarla secar y almacenarla para el invierno.
Tres meses de trabajo continuo.
Después llegaban las fiestas patronales, con la flauta, el tambor, los bailes, las misas y las procesiones. Eran días de celebración tras el esfuerzo de todo un verano.
Pero el trabajo no terminaba ahí.
Todos los hombres del pueblo dedicaban una semana a limpiar los arroyos por donde llegaba el agua para regar y para beber. También limpiábamos las fuentes donde llenábamos los cántaros y los botijos.
Y todavía quedaba otra tarea que hoy considero fundamental.
Durante otra semana se limpiaba el monte. Se cortaba la hierba, se recogían las ramas secas y caídas y los carros volvían llenos de leña para las chimeneas de las casas.
No recuerdo ni un solo incendio durante aquellos años.
No se trata de recuperar aquella forma de vivir pueda por completo. Los tiempos han cambiado, la mecanización ha sustituido gran parte del trabajo manual y muchos pueblos han perdido población. Pero sí creo que hay una enseñanza que no debería olvidarse.
Los montes no pueden abandonarse. Hay que limpiarlos durante el otoño y el invierno. Hay que mantener los cauces de los ríos y hacer cortafuegos amplios que frenen el avance de las llamas.
Quizá no exista una solución única para evitar los grandes incendios forestales. Las altas temperaturas, el viento, la despoblación del medio rural y las manos asesinas que le dan fuego también forman parte del problema. Pero la experiencia de quienes conocieron otra forma de cuidar el campo merece, al menos, ser escuchada.
Porque, a veces, la memoria de los mayores no solo recuerda el pasado.
También puede señalar el camino hacia un futuro más seguro.
Juan Pozuelo
(Te adjunto fotos de mi calle la noche del viernes)







Pues efectivamente este vecino tiene razón, pero ahora viene un señor que dice que ha estudiado no se que, y te prohibe tocar una zarza de tu huerto en un río, te dice que los cortafuegos hay que dejaros con vegetación para no se que, que las ramas que se caen no se pueden coger porque el habitat de no se que especie, se ve afectada, etc….. y así llevamos 40 años con el “Todos contra el fuego”, pero sin poder hacer nada contra el fuego.
Gracias por su participación. Saludos