¿Qué está pasando en el Ayto de Pozuelo para que el Gobierno esté dando la sensación de haberse parado? ¿Lo ha mandado Madrid o, simplemente, es para detener el enfado vecinal?

Atención, pregunta:
¿Alguien sabe qué pasa en el Pasillo del Infierno del Viejo Convento para que todo sea un dejar correr el tiempo hasta el punto de volver a las chuminadas políticas, y pocas?
Algo pasa sin duda.
Y no hace falta ser un lince político ni tener acceso a la segunda planta del Consistorio para percibirlo. Basta con observar. Hace apenas unos meses, pocos, el Gobierno arrancaba el año con brío, como caballo desbocado, presentando un presupuesto de 207 millones de euros y lo llenaba todo con anuncios, promesas y una actividad que rozaba lo febril.
Hoy, sin embargo, el silencio administrativo y político resulta, cuánto menos, llamativo.
No es una crítica. Es una constatación. Y por eso pregunto.
Porque donde antes había titulares gloriosos, ahora hay discreción. Donde antes había agenda o lo que se gaste en el Gobierno, ahora hay perfil bajo.
Y en política, como bien saben quienes la practican y quienes la observan, los silencios también hablan.
Así que la primera pregunta es inevitable:
¿Quién ha ordenado levantar el pie del acelerador?
Porque esto no parece fruto de la casualidad. En un año con aroma electoral, nadie frena sin motivo.
Otras preguntas más:
¿Ha llegado la consigna desde instancias superiores?
¿Algún despacho en Madrid ha sugerido que menos es más hoy en Pozuelo?
No sería la primera vez que el Partido Popular de Madrid opta por la prudencia estratégica en ciudades clave. Alfonso Serrano, en persona, ya llamó al orden a la alcaldesa Tejero a finales del mes de febrero de 2025, como contamos en El Correo de Pozuelo…
Pero después, eso sí, la alcaldesa volvió a coger una entusiasta carrerilla…
¿Qué pasó entonces y qué pasa ahora?
No lo sé. Pero para saber hay que preguntar.
También, claro está, cabe otra lectura, quizá más incómoda. Tal vez no se trate de órdenes externas de Madrid sino de cálculo interno propio.
Tras tres años de legislatura con más fuegos artificiales que resultados tangibles (proyectos grandilocuentes, anuncios de corte casi faraónico y pocas promesas cumplidas), el desgaste empieza a pesar. Y pesa, sobre todo, en la calle. Y hay que pensar en mayo de 2027.
Los vecinos no olvidan fácilmente. Ni la tasa de basuras (que llegó sin anestesia y con alevosía), ni la prometida bajada de impuestos, que nunca siquiera se intentó… Ni tampoco las decisiones que han tensionado barrios concretos, como la Avenida de Europa o Humera, donde la paciencia vecinal ha ido menguando al mismo ritmo que crecía la sensación de desconexión con el Gobierno de un Ayuntamiento lejano son temas muy fuertes para dejarlos correr…
En ese contexto, bajar el perfil puede ser una estrategia de manual: Menos exposición, menos desgaste. Menos ruido, más contención. Esperar a que amaine el temporal, aunque el cielo siga nublado. Ya habrá tiempo aunque apenas quede tiempo…
Claro que también existe otra explicación más prosaica y menos épica: La gestión.
Un presupuesto de 207 millones no se ejecuta, pese a venderlo a golpe de titular, porque requiere trámites, expedientes, licitaciones. Es decir, esa parte gris de la política que no sale en la foto pero que ocupa la mayor parte del tiempo… Y en esto estamos…
El problema es que esa “cocina” administrativa, por necesaria que sea, no alimenta la percepción pública si no se cuenta. Y no se está contando. Más al contrario.
Pero no se está contando por falta de credibilidad. Y ahí radica, quizá, el verdadero riesgo para el Gobierno local al confundir discreción con invisibilidad.
Porque el vecino, al final, no mide en expedientes sino en sensaciones. Y la sensación ahora mismo es clara que algo se ha detenido.
¿Es una pausa táctica o un síntoma de agotamiento?
¿Un silencio calculado o una falta de pulso?
En Pozuelo, de momento, nadie responde.
Pero la pregunta ya está en la calle y de boca en boca va…
Juan Manuel Sánchez





