La política de Pozuelo de Alarcón ya se parece al Algarrobico, ese monumento al despropósito administrativo: Empieza a estar atrapada entre la justicia y la responsabilidad que nadie asume

Estimado Capitán:
Le envío unas líneas sobre la política de promesas precipitadas que luego terminan en aire.
Y es que, como bien sabe, España tiene monumentos muy particulares. No todos son catedrales, ni castillos medievales, ni museos. Algunos son, sencillamente, monumentos al despropósito administrativo. El más famoso es el Hotel El Algarrobico: un mastodonte de hormigón plantado frente al mar del parque natural de Cabo de Gata que nunca abrió sus puertas y que lleva más de veinte años atrapado entre sentencias judiciales, promesas políticas y responsabilidades que nadie quiere asumir.
Un hotel ilegal que no se demuele.
Un error urbanístico que nadie arregla.
Un símbolo nacional del “ya lo veremos”.
Y viendo cómo se desarrollan algunas decisiones municipales en Pozuelo de Alarcón, empieza a surgir una pregunta incómoda:
¿Está construyendo Pozuelo su propio Algarrobico político?
El arte de anunciar cosas que nunca se hacen.
En el Algarrobico, el problema fue levantar algo que nunca debió construirse.
En Pozuelo parece que la especialidad es la contraria: Anunciar cosas que nunca llegan a construirse.
Durante años se han acumulado anuncios que han terminado en el cajón de los proyectos eternamente pendientes:
– La plaza de toros prometida durante varias legislaturas.
– El recinto ferial definitivo, que aparece y desaparece de los planes municipales con la regularidad de un cometa político.
– El Palacio de Congresos, presentado como la gran infraestructura que situaría a Pozuelo en el mapa de los eventos empresariales.
Sobre el papel, todo suena magnífico.
En la realidad, lo único que se ha consolidado es la costumbre de presentar maquetas.
En eso, al menos, la comparación con el Algarrobico es favorable: En Almería levantaron un hotel de 21 plantas. En Pozuelo ni siquiera llegamos al hormigón.
Urbanismo a golpe de titular
La política municipal en Pozuelo lleva años funcionando con un método bastante peculiar: primero se anuncia el proyecto, después se discute dónde hacerlo, luego aparecen recursos judiciales o protestas vecinales y, finalmente, el proyecto entra en una fase mística conocida como “lo estamos estudiando”.
El caso del recinto ferial es paradigmático. Cada cierto tiempo y al caco de muchas legislaturas resurge el debate: Ubicación, impacto, costes, recursos judiciales y vuelta a empezar.
Mientras tanto, las fiestas siguen celebrándose donde siempre y el recinto permanente sigue siendo una promesa en fase de borrador eterno.
El problema no es solo que los proyectos se retrasen (eso ocurre en cualquier administración), el problema es que en Pozuelo parece que el urbanismo funciona como una campaña electoral permanente: anuncios, renders, declaraciones optimistas y silencio administrativo cuando llega la hora de ejecutar.
Cambios de liderazgo, misma sensación de parálisis.
El gobierno municipal del Partido Popular en Pozuelo ha atravesado distintos liderazgos y reajustes internos en los últimos años. Sin embargo, hay algo que parece mantenerse constante: La sensación de que muchos proyectos estratégicos nunca terminan de arrancar.
El resultado es un curioso fenómeno político:
Pozuelo es uno de los municipios con mayor renta de España, pero en materia de grandes infraestructuras municipales vive instalado en el eterno “ya veremos”.
No hay hotel fantasma frente al mar, como en Almería.
Pero sí empieza a haber una colección de proyectos fantasma.
El Algarrobico se convirtió en un símbolo porque el edificio estaba ahí, enorme, visible, imposible de ignorar.
En Pozuelo el riesgo es diferente: aquí el monumento no sería de hormigón, sino de promesas incumplidas.
Un Algarrobico invisible hecho de:
-proyectos eternamente anunciados,
-obras que nunca empiezan,
-y planes urbanísticos que terminan en tribunales o en cajones administrativos.
La paradoja es evidente: mientras en Almería llevan dos décadas intentando demoler lo que nunca debió construirse, en Pozuelo parece que seguimos intentando construir lo que nunca termina de empezar.
Y así, entre anuncios, recursos y cambios políticos, la ciudad corre el riesgo de especializarse en una disciplina muy española:
La arquitectura de las promesas.
Porque, si algo ha demostrado la historia del Algarrobico, es que cuando la política se convierte en un ejercicio de improvisación urbanística, los símbolos del fracaso pueden durar décadas.
En Pozuelo todavía estamos a tiempo de evitar tener el nuestro.
Pero para eso, quizá habría que empezar por algo revolucionario en política municipal: cumplir lo que se anuncia o mejor no anunciarlo para salir en los papeles.
Juan Pozuelo






