In memoriam de Esperanza Morón, la mujer que nos explicaba quiénes éramos y de dónde veníamos y que se nos ha ido sin poder darle las gracias. Un artículo de Goyito el de la Poza

Mira que uno ya peina canas —las que me quedan—, pero hay noticias que te pillan con el paso cambiado. Este lunes nos dejó Esperanza Morón, la cronista oficial de Pozuelo. Y digo “oficial” porque de “oficiosa” ya lo era desde que yo correteaba por La Poza con los pantalones llenos de polvo y la merienda a medio comer.
Ella llevaba décadas explicándonos quiénes éramos, incluso antes de que muchos descubrieran dónde está Pozuelo en el mapa (algunos concejales aún andan con el GPS buscando la Atalaya… en fin).
Esperanza era una mujer de esas que no necesitan alzar la voz para hacerse escuchar. Afable, sí, pero con carácter del bueno, del que deja huella. Cuando me veía por el pueblo, me saludaba siempre con un “¿Qué tal va la Poza, muchacho?” que a mí me llenaba de orgullo y a veces me dejaba sin palabras, cosa difícil en este que les escribe.
Fue impulsora de nuestras tradiciones, que aquí más de uno presume de pozuelero pero luego no sabría distinguir la Fiesta de las Viejas del Black Friday.
Ella rescató el manteo del pelele, que si llega a depender de algunos lo cambian por un “Pelele Market Experience Premium Edition” con foodtrucks de tofu y DJ, y nos quedamos tan pichis.
Siempre trabajando con la asociación cultural “La Poza”, tan nuestra, tan mía, apoyando tradiciones como la Ronda de Los Mayos o la Romería de San Gregorio.
También se empeñó en que no perdiéramos lo poquito de patrimonio que nos queda, que es casi milagroso: la Cruz de la Atalaya, la fuente y el lavadero de la Poza… lugares que para algunos son “cosas viejas” y para los que somos de aquí son parte del alma de Pozuelo.
Y no contenta con eso, va la mujer y se marca una tesis doctoral sobre la historia de Pozuelo, más varios libros que, sinceramente, deberían ser lectura obligatoria para cualquiera que aspire a gestionar este pueblo sin confundirlo con un resort de la Milla de Oro.
Recuerdo una conversación con ella, hace años, que me dejó descolocado.
Yo, tan chulito, le dije que qué bonito eso de que el morado de la bandera de Pozuelo viniese por las famosas lombardas que se cultivaban aquí, tan nuestras, tan de La Poza. Y va Esperanza, con su sonrisa tranquila, y me suelta que no, que el morado viene del color de los Comuneros de Castilla.
Yo me quedé como si me hubieran cambiado el nombre a la calle de repente: sin saber si reír, llorar o desorinarme de la sorpresa.
Esperanza tenía ese don: Te desmontaba mitos sin derribar el cariño. Te dejaba pensando, pero con una ternura que solo tienen los que aman de verdad lo que cuentan.
Hoy, Pozuelo pierde a su cronista pero también a una de esas personas que hacen pueblo de verdad, sin postureos ni discursos huecos. Se nos va una memoria viva, una voz que explicaba quiénes somos cuando otros solo ven cifras, parcelas y proyectos con logos muy modernos.
Yo solo puedo darle las gracias. Por su trabajo, por su empeño, por defender mi Poza y por ese saludo cariñoso que siempre me regalaba. Gracias, Esperanza, por querer este pueblo incluso cuando este pueblo parecía empeñado en no quererse a sí mismo.
Descanse en paz.
Y, si me permite la licencia, que allá donde esté siga tomando nota, no sea que un día tengamos que rendir cuentas históricas y solo ella sepa por dónde empezar.
Goyito, el de la Poza






